El equipo grande recluido contra su área. Los hinchas en silencio. El arbitro anulando goles del rival, y todos deseando los inciertos penales, porque solo el azar puede devolverle al equipo lo que ha perdido, el rumbo. Un perfecto homenaje, pero no al Independiente de Enáo, o al de Bochini, sino al Boca de Bianchi, el último gran campeón de copas, precisamente el que le discutió al Rey de Copas su corte y nobleza. Una consagración opaca desde lo futbolístico pero brillante, cegadora, desde lo emocional. Si no, mire hacia la tribuna.

Independiente, “el rojo”, tras consagrarse campeón de la Sudamericana

Los tiempos han cambiado e Independiente quiere refundarse. Primero fue el estadio. Moderno, hermoso, incompleto. Y después esta Copa Sudamericana, obtenida a puro nervio contra el humilde Goiás, con un estilo que se halla a años luz de los grandes equipos del "rojo", pero alcanzada por jugadores que se hallan a años luz sus grandes jugadores. Valga para ellos, entonces, el reconocimiento. Porque fueron ellos, Hilario Navarro, Tuzzio, Mareque, Silvera, quienes devolvieron a Independiente al triunfo, a la lista de los que ganan. Ése parece ser el sueño futbolero en Argentina por estos días: sumar, sumar; si no se puede en calidad, hacerlo en cantidad.

La final de la Copa

Independiente salió obligado a buscar el triunfo. Lo ahogaba el 0-2 en Goiana. Con todo el equipo apretando en bloque, buscaba forzar a la defensa brasilera o, en su defecto, obtener faltas para desarrollar las jugadas preparadas de su técnico, el "turco" Mohamed, uno de los puntos fuertes del equipo. Y así fue como llegó el gol. Rebote tras un remate de Matheu y definición de Velázquez.

Un cabezazo aislado de Moura, el centrodelantero más peligroso del Goiás, le dio el empate al conjunto visitante. Pero, como en un gesto del destino, o un reconocimiento a la búsqueda ofensiva, quiso la fortuna, tras un par de rebotes, que Independiente igualara la serie. Parra, el único delantero-delantero dispuesto por Mohamed, anotó en dos jugadas curiosas para sellar el tempranero 3 a 1. Iban apenas 34 minutos e Independiente ya había equilibrado la derrota en Brasil.

Ochenta minutos de sufrimiento y goles anulados

Pero el tercer gol enfrió al "rojo". Y lo que comenzó como el inevitable relajo de quien ha alcanzado el objetivo inmediato en poco tiempo se agravó cuando Goiás se hizo dueño y señor de la pelota. Tan sencillo que parecía al principio, el partido se había complicado definitivamente.

El corazón se vería puesto a prueba en varias ocasiones. Moura seguía probando y Navarro, el excelente arquero del equipo de Avellaneda, respondiendo. Y fue en dos ocasiones cuando todo pareció venirse abajo. Goiás convirtió dos goles, ambos anulados por el polémico arbitro Ruiz, por posición adelantada. Una señalada incorrectamente, la otra, acertada.

Para el tiempo del alargue Independiente ya apostaba todo a los penales, donde lo futbolístico concluye. El sufrimiento continuaría hasta el último segundo, cuando el terrible Moura erró un gol debajo del arco. Y tras los penales se desataría el tremendo festejo.

Independiente, de cara al futuro

¡Salud Rey de Copas, señores! Felicitaciones a esas 45.000 almas que se aprietan en las gradas del nuevo estadio. Ése que, aún terminado, será insuficiente para albergar la inmensa hinchada roja. Salud a su gente, que espera resurgir tras este título, porque confía en que el jugador moderno se agranda futbolísticamente con triunfos. Se tranquiliza, gana en oficio, juega mejor. Como si la nueva lógica fuera "ganar para jugar bien", en reemplazo del viejo postulado "jugar bien para ganar". Quizá este plantel humilde se transforme en un plantel ganador ¿por qué no?

Independiente quiere refundarse. Los tiempos han cambiado y aggionarse es la misión. Porque según los dichos modernos, un campeón brillante y un campeón por penales suman un título cada uno. Por Independiente, ojalá así sea.