Luego de algún tiempo de estar juntos, muchas parejas suelen sufrir desencantos. Según algunos psicólogos, las relaciones pasan por varias etapas, que comienzan por un primer estado ideal, que va cambiando gradualmente, hasta finalmente alcanzar su real dimensión, cuando se ha llegado a conocer un poco más al cónyuge.

El primer estado ideal

En la primera etapa, todas las relaciones donde el amor está presente están cargadas de emociones, expectativas, mucha fe en el futuro conyugal y una pasión tan intensa que, por una parte, impulsa a las personas a esforzarse al máximo por agradar a su compañero o compañera, aunque pueda incluir algunos sacrificios que de otra manera no serían hechos tan fácilmente, y, por otro lado, no sólo se suelen opacar los defectos, sino que, en muchos casos se le agregan o aumentan cualidades que en realidad son escasas o no poseídas en lo absoluto por el otro.

En la medida en que va pasando el tiempo, el roce frecuente va revelando más rasgos de la verdadera identidad de cada cual, cambiando poco a poco la percepción sobre la pareja, la pasión comienza a disminuir y pueden llegar a surgir sinsabores y decepciones.

Los momentos difíciles en la pareja

No todas las uniones reaccionan de la misma manera ante los problemas, puesto que todas las personas no son iguales, ni tienen la misma actitud ante la vida. Por eso hay matrimonios que duran “hasta que la muerte los separe” y otros sólo un breve tiempo. Pero, vale destacar que donde hay dos, siempre van a existir diferencias, y es en esos momentos duros donde se puede conocer la habilidad individual y colectiva para enfrentar las crisis

Las dificultades en la pareja se observan cuando comienzan los reproches contra la familia, los amigos y aún hacia la forma propia de conducirse.

Ciertamente, el ritmo de vida en la actualidad genera mucho estrés en las personas. Causas como la pérdida de tiempo, la presión económica y otras necesidades no resueltas, influyen mucho en el estado anímico, lo cual repercute negativamente en el hogar. Entonces, el matrimonio se ve sujeto a condiciones que no esperaba y para las que no estaba preparado.

Generalmente, al llegar la noche, sobre todo luego de aquellas jornadas agitadas, las personas se encuentran negativamente predispuestas, ariscas, ansiosas, cansadas y, al llegar a casa, caras largas esperan con incomodidad al cónyuge con un número considerable de quejas y lamentaciones por todo aquello que falta o requiere de la intervención del otro.

Crece el rechazo en silencio

Cuando se vuelve un hábito esta actitud en uno o ambos cónyuges y se sustituye el romance, la diversión, la plática agradable por atender las obligaciones propias de la convivencia, comienza el rechazo en silencio. Hablar solamente de los problemas por resolver, y de dinero es dejarse atrapar en el vicioso círculo de la rutina, y perder la atmósfera de intimidad, en la cual es delicioso hablar de ilusiones compartidas, de planes inmediatos y futuros.

Entonces la comunicación se vuelve monótona y, a veces, repudiable. La unión deja de ser fuente de amor para convertirse en una “sociedad de negocios” que se dedica a solucionar problemas pragmáticamente y no para tratar asuntos sobre el placer de estar juntos.

Como resultado, la pareja se va alejando cada vez más, teniendo actividades por separado, y va perdiendo toda motivación. Aparece, entonces, la decepción; ya no es placentera la compañía del otro.

Del “trago amargo” a la ruptura

Cuando terminan las responsabilidades diarias en el trabajo, en la escuela y aún en el mismo hogar, al reunirse la pareja por la noche, suelen están cansados y, generalmente existen todavía algunos deberes domésticos. La reacción común de ambas partes en esos momentos es dejarle al otro esa responsabilidad, o asumirla de mala gana. Y en vez de comunicar abiertamente los problemas y las diferencias con la delicadeza necesaria y el ánimo de resolverlas, comienzan las peleas y las desilusiones. Luego aparece la evasión, generalmente forzando toda atención hacia algún programa televisivo y esto impide cualquier posible comunicación.

Cuando la relación se deja caer en esa lamentable inercia, en que la pareja realiza su vida independiente del otro, uno o ambos cónyuges puede sentirse excluido y desvalorado. En ese momento el rechazo y la decepción pueden ser tan grandes que, acaso no haya remedio para evitar la separación; la ruptura es casi inevitable.

La alternativa

Si se quiere salvar la relación, es necesario reflexionar con honestidad y empeño para encontrar el origen de la indiferencia y poder hallar una solución. En algunos casos, la terapia de pareja puede ayudar mucho. Debe considerarse que, la vida matrimonial tiene muchos encantos y es, sin duda, una magnífica opción.