Entre los animales también existen el incesto, la homosexualidad, el sadismo o el masoquismo. Pero los sentimientos y la moral están lejos del mundo animal. En cada caso, se trata simple y llanamente de la mejor solución que ha encontrado la evolución para el éxito de algunas especies.

Quien piense que sólo el hombre es capaz de vivir y sentir intensamente la pasión sexual, se equivoca. También los animales, aunque no razonen, experimentan ese tipo de sensaciones y de manera tan profunda que llegan a perder la noción del tiempo, la propia estima y hasta la autoprotección.

Ni tabúes ni moral

En un reciente estudio dirigido por el biólogo evolutivo Nathan Bailey, se afirma incluso que en todas las especies se encuentran conductas homosexuales, aunque conviene distinguir que no todas las especies tienen las mismas razones para igual comportamiento. "En las moscas de la fruta, dice Bailey, por ejemplo, el macho corteja y copula con otro macho porque carece de un gen que le permite discriminar entre los sexos". Pero en los delfines mulares o los bonobos "el comportamiento sexual entre el mismo sexo les facilita la interacción de grupo". Se han documentado al menos 500 especies que muestran este comportamiento.

Los animales no conocen los tabúes ni las trabas sociales, sin embargo las pautas sexuales de los animales no sólo incluyen mecanismos o conductas tan pretendidamente humanas como el acercamiento, el cortejo o la delicadeza a la hora de seducir a la pareja; también presentan otras conductas que en algunas sociedades humanas se considerarían moralmente inaceptables.

Sexualidad extraordinaria

¿Qué podríamos pensar, por ejemplo, de los humildes caracoles y babosas? Todos los individuos de esta especie son macho y hembra a la vez. Llegado el momento del apareamiento, dos de ellos se buscan y acoplan sus sexos opuestos, permaneciendo así durante horas. Y qué decir de las orgías de ciervos y leones marinos, cuyos poderosos sultanes se lo montan con diez, veinte o cuarenta hembras. O del sadomasoquismo entre las mantis: cuando el macho comienza la cópula, la hembra lo sujeta con los infalibles cepos de sus garras y lo decapita sin miramientos. Sólo en ese momento el sufrido galán logrará eyacular.

La mayor parte de las especies son incapaces de racionar los encuentros a voluntad. Practican el sexo, sobre todo si la hembra o el macho se muestra receptivo, hasta que sus fuerzas se lo permiten. Esta fogosidad, unida a un mayor descuido en la alimentación, acarrea, como es lógico, un mayor gasto de energía. Las consecuencias se reflejan en una evidente pérdida de peso, a veces superior al 30%, sobre todo por parte del macho, como ocurre con el pequeño hamster dorado, capaz de copular 65 veces en una hora.

Un ejemplo reseñable de homosexualidad animal lo protagonizan los bonobos, muy cercanos al chimpancé. Los machos de inferior rango se ofrecen al dominante, quien establece una relación de homosexualidad. Pero además resulta una práctica común de relación, destacando el lesbianismo.

Pingüinos, elefantes y jirafas

Los pingüinos "gays" se unen en pareja de por vida. El 8% de los carneros muestran preferencias sexuales por parejas masculinas. Entre los elefantes, tanto africanos como asiáticos, se organizan "grupos de compañeros" formados por un macho de mayor edad y uno o dos más jóvenes con los que se establece una relación homosexual.

Las hienas hembra no sólo fabrican más tetosterona que sus compañeros masculinos, sino que adoptan actitudes machistas, incluso sexuales, con otras hienas del mismo sexo. Entre las jirafas, 9 de cada 10 emparejamientos se produce entre machos. Un estudio sobre algunas poblaciones salvajes de gaviotas occidentales, señala que de un 10 a un 15 por ciento sostiene relaciones lésbicas.

Sin machos

En algunas especies de lagartijas y gecos, las hembras no necesitan a los machos: se reproducen por partenogénesis. En determinado momento adoptan un rol masculino con otras hembras para estimular la ovulación porque así se incrementa el éxito reproductivo. El 100% del código genético hembra pasa a las crías, en lugar del 50% del macho y de la hembra, como sucede en la sexualidad convencional.

Los devotos de libros sagrados y doctrinas absolutas harían mal en invocar lo "natural" para explicar un determinado comportamiento sexual en el ser humano. Precisamente, si algo nos muestra la etología (el estudio del comportamiento animal) es que ninguna actividad sexual es "pecaminosa" para la naturaleza.