
- Hitler - N/A
La intolerancia, el desprecio y la ira fueron para Adolfo Hitler algunas de las tantas insanidades que promovió y transmitió al pueblo alemán. Sucede que lo increíble del caso fue que éste líder político y religioso, con un hondo perfil ocultista, sedujo a populosas masas con su discurso de odio y superioridad racial.
Hitler convenció a gran parte de Europa de que se arrodillase a sus pies, que las personas le alabasen y validaran todos y cada uno de sus discursos e ideas; y que también justificaran la matanza sistemática y masiva del pueblo judío, que se volvió el más hiriente de todos los genocidios étnicos de todos los tiempos.
Los preceptos del líder Alemán fueron documentados en su libro Mi lucha, escrito en 1924, mientras estuvo preso, detenido por su primer intento fallido de tomar el poder por la fuerza en su país. Este libro se transformaría en la Biblia Nazi, un texto de odio, hermenéutica del desprecio por la vida humana, explicación y fundamentación de la masacre; hojas abominables que huelen a muerte y a locura.
Los símbolos
Los Nazis fueron estrategas que planificaron ejemplarmente su mapa de la destrucción. Plasmaron con horrorosa paciencia una serie de ideas para ir avanzando sobre la sociedad, hasta que ésta llegara a validar la locura partidaria, el autoritarismo y el fanatismo.
Es vasto conocido la afición de Hitler por el esoterismo. Se entrevistaba regularmente con adivinos (y otros de su calaña) porque la predicción del futuro le apasionaba. Incluso él jugó a ser profeta de sus propias "proezas", vaticinando entre otras cosas el tercer Reich que duraría mil años. Además, como notable seguidor del ocultismo, implementó símbolos de alto impacto en su trayectoria que lo identificaran en todo el mundo.
La cruz esvástica, las banderas, la sangre, los desfiles y los discursos en los que arengaba a los alemanes y al mundo, los ademanes, que utilizaba para hablar ante masas fervorosas, son íconos de la memoria mundial y símbolos de la estructura de odio. La representación del personaje nazi de la Alemania nacional-socialista, estaba en su líder mismo.
Superioridad racial
Hitler fue un líder político pero también religioso: aquí se volvió exacerbado y descontrolado. Hizo reescribir la Biblia de la religión católica, para que también validara su exterminio y su despiadado plan. Logró que el pueblo nazi se sintiera realmente como una raza superior a las demás. La Alemania de los años 40 estaba convencida de que su superioridad debía conservarse pura, sin mestizaje étnico y sin elementos débiles en la sociedad.
Los enfermos psiquiátricos, los enfermos crónicos, los ancianos, los disidentes políticos, los judíos, y todo aquel que fuera distinto a la raza aria, sería aniquilado; esto favorecería el mantenimiento de la una raza pura y original que le daría al pueblo mayor solidez para conquistar el mundo. Bárbaro, absurdo.
Los Nazis dejaron una huella de espanto en la historia de la humanidad. La ceguera ideológica en la que estuvieron inmersos, costó millones de vidas. Pero lo escalofriante fue con la opulenta impiedad con la que perpetraron su escabroso y funesto plan.
Los neonazi
La caída del régimen nazi y el suicidio de Hitler generaron un suspiro en la humanidad. Pero lo triste de la existencia de Adolfo Hitler, es que dejó el camino allanado a otros déspotas gobernantes en todo el mundo; que pueden creer que son los mesías que salvarán a su pueblo y al mundo.
Hubiera sido justo que la generación de muerte hubiere acabado con la desaparición de Hitler. Pero lamentablemente este abominable ser se ha perpetuado, y sus ideas han sido repetidas por otros personajes de la historia.
Muchos autores coinciden en que al destino le place repetirse. "Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena", dice Borges en su cuento La trama. El destino circular del que es difícil escapar.
Los grupos neonazi mantienen los conceptos de odio y superioridad racial; hoy, a más de sesenta años de la muerte del más deleznable genocida que conoció la humanidad.
Los execrables miembros de estos partidos alojan más derechos incluso que las personas pacíficas y regulares, porque son capaces de demostrar su ira en manifestaciones en todo el mundo, sin que nadie se lo impida
