En tiempos todavía recientes, en la época de Franco para ser precisos, se admitía que “el marido podía corregir físicamente a mujer e hijos siempre que no los dejara lisiados”. Lo que ahora a muchos le puede parecer demencial, sigue formando parte de la mentalidad de no pocos hombres. De ahí las cifras que en la actualidad dan a conocer los medios de comunicación con tanta prestancia.

Apenas hace unos años que las mujeres, venciendo el miedo y la vergüenza, se han atrevido a denunciar este tipo de violencia. Sin embargo, y a pesar de algunas valientes, aún queda mucho camino por recorrer.

El origen del maltrato

En algún infausto momento de nuestra civilización el matriarcado pasó a mejor vida. El politeísmo inherente a la mayoría de civilizaciones antiguas dio paso al monoteísmo y a los dioses masculinos, con lo que la devaluación de la figura femenina quedó revestida de argumentos divinos.

Es bien sabido que la Biblia, en general, no deja bien parada a la mujer. Ya en el primer libro, el Génesis, se argumenta que la creación de la mujer fue debida a que no era bueno que el hombre esté solo. La aparición de la mujer, entonces, no parece tener mayor relevancia que la de acompañar y servir al hombre. No mucho después se nos presenta a Eva como la culpable del pecado original. Y así hasta el día de hoy.

La familia

La familia es el escenario por excelencia donde se producen los malos tratos, bien se trate de violencia de género, de abusos sexuales infantiles o de cualquier otro tipo de maltrato que, por lo general, tiene como triste protagonista al varón. La mujer y los hijos, por su debilidad así como por la larga tradición machista de la sociedad, son las víctimas propicias del maltratador.

No ha pasado mucho tiempo desde que se consideraba que los trapos sucios debían lavarse en casa, lo que ha supuesto una impunidad casi absoluta para el maltratador. Y a pesar de que las leyes y la conciencia social se van modificando lentamente, la realidad continúa siendo tan terca como descorazonadora.

La mujer y la ciencia

Cuando alguien como Aristóteles, considerado como una de las figuras más relevantes de la historia de la humanidad, afirmaba que las mujeres eran “hombres mutilados” y, en definitiva, seres inferiores con escasa capacidad para razonar, queda claro que algo no va bien desde hace siglos.

Si la religión ha hecho grandes aportaciones a la hora de denigrar a la mujer y, por ende, para ensalzar la superioridad masculina que, a la postre, justifica los malos tratos, la ciencia no puede decirse que se haya desvivido a la hora de desmantelar este absurdo.

El maltratador

Las características más destacables del maltratador son la personalidad antisocial, rasgos paranoides, impulsividad, poca tolerancia a la frustración o sentimiento de inferioridad, todo ello asociado con frecuencia a una infancia violenta que puede verse exacerbada por el consumo de alcohol y drogas.

Las estrategias más comunes del maltratador se basan en lograr el máximo aislamiento de la víctima, tanto por lo que respecta a las relaciones sociales como a las familiares.

Una vez rotos los lazos que podrían ser de ayuda para la víctima, el maltratador hace uso de la violencia, tanto física como psicológica, para lograr la sumisión y la obediencia, manipulando y distorsionando la realidad de tal modo que, en muchas ocasiones, las actitudes de sumisión de la víctima para evitar los malos tratos, terminan por convertirse en sí mismas en una recompensa. Al final, la dependencia pasa a ser un círculo vicioso para el que no se ve salida.

La víctima pierde su autoestima, queda atrapada en el miedo e incluso puede acabar creyendo que se merece lo que le está pasando.

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