En la historia de la escritura, las reglas y los signos de puntuación han tenido aplicaciones y usos, diversos y variables.

La coma en la historia antigua

En un texto antiguo, los signos de puntuación; si estaban, respondían a criterios diferentes a los que se adoptarían hoy: diversas funciones y forma gráfica.

Existen escrituras en donde las palabras no se separaban jamás, como la scriptio continua, practicada por griegos y latinos; o aparecían signos como guiones verticales u horizontales, barras oblicuas que terminaban en uno o dos puntos.

En Roma, Cicerón desconfiaba de los signos de puntuación de los copistas: sostenía que para modular en el modo justo la cadencia del discurso, había que marcar no con signos externos al texto, sino con la compresión de la estructura, sintáctica y rítmica. Y este concepto se asemeja bastante a las prácticas modernas del buen orador.

En latín, eran tres las posiciones de los signos de puntuación (comma, colon, periodus), para asignarle entonación al discurso: alta, media y baja. Más tarde, estos signos, se convertirían en lo que hoy son la coma, el punto y coma y el punto.

En inglés, los signos de puntuación conservaron la denominación latina: comma (,), colon (:) y period (.) o full stop.

La coma, después de la imprenta

El uso de los signos de puntuación se normaliza con la invención de la imprenta, en el año 1440. Era necesario separar los caracteres para darle ritmo a las palabras.

En 1496, el editor veneciano Aldo Manunzio, imprime una obra de Pietro Bembo, dando origen a un sistema moderno de edición: la coma, como existe hoy; el punto y coma, pausa más breve que los dos puntos; el punto y aparte; apóstrofes y acentos.

A partir del año 1500, comienzan a aparecer tratados sobre cómo utilizar los signos de puntuación. La nomenclatura se complica y se multiplican las propuestas de los escritores, como Machiavelli y Guicciardini.

La coma comienza a tener lógica

En el 1600, se hace referencia a la “puntuación para los ojos”, para señalar no solo la duración de las pausas, sino para delimitar nexos entre los elementos del discurso. La coma adquiere ahora una doble función: rítmica y lógica.

En el 1700, está de moda el estilo “cortado”, las frases breves que favorecen el uso de la coma y con lo cual se llega a una “súper población” de signos de puntuación, que dificultan la lectura.

Más adelante, en los años 1800 y 1900, cada autor adopta un estilo diverso y personal, como por ejemplo el escritor irlandés James Joyce, que en el último capítulo de su obra Ulises, no utiliza una sola coma.

La coma en las ciencias

En matemáticas, como en literatura, la coma tiene la función de separar la parte principal del discurso de la subordinada; se podría decir: la parte decimal, de la parte entera.

También en matemáticas se pueden eliminar las comas, utilizando oportunas perífrasis: por ejemplo, diciendo “un décimo” en vez de 0,1.

En español, el punto de una cifra separa la parte entera de la decimal, 1.000; mientras que en inglés, es la coma la encargada de separarlas: 1,000.

Es posible evitar el uso de la coma, adoptando el código sin comas, introducido por Huffman en 1952, hoy comúnmente usado en informática.

En algún momento se pensó que el DNA fuese uno de estos códigos, pero luego se descubrió que no era así: evidentemente la naturaleza ama las comas, tal es así, que inventó el bacillus comma.

La coma es el instrumento justo para organizar el discurso. A través de los siglos, se convirtió en la gramática interior de cada uno, con ella se habla, se razona y se piensa.