El 5 de agosto de 1961, medio millón de berlineses pasan de un lado a otro de la frontera. Los del este van al Oeste a disfrutar de las manifestaciones de una sociedad libre: Obras de cine que no son, a la vez, agit-prop, bienes que los occidentales no aprecian, como la fruta, en el Este son un lujo. Ese mismo día, el Commecon, reunido en Moscú, resuelve abrir un muro que separe físicamente la ciudad.

Comienza a erigirse el muro

Walter Ulbricht da la orden de que el 12 de agosto, a las cuatro de la madrugada, se cierre la frontera. Los Grupos de Combate de la Clase Obrera (Kampfgruppen), las SS de la Alemania del Este, se apuestan en puntos estratégicos de la frontera para que nadie la vuelva a cruzar, si no está expresamente autorizado. El Ejército, la Policía… Todos crean el primer muro, humano y armado. La ciudad está también entrelazada por el metro y por el tranvía. Ambos quedan cortados. Indiferentes, los muertos del cementerio quedan también divididos en dos.

La división, claro está, se hizo años antes. Los vencedores de la II Guerra Mundial se reunieron en Yalta y Postdam para repartirse primero Europa y luego Alemania, la potencia vencida. La URSS se quedó con los países adyacentes, y los convirtió en piezas de su imperio. El resto se convirtió en países libres, a excepción de los que sufrían una dictadura no comunista, como era el caso de España. Sobre el tablero de Europa, las primeras partidas de la Guerra Fría. En ese reparto entre las democracias y la tiranía comunista, Berlín quedó dividida primero y separada después.

El otro lado del muro se convirtió en la tierra de una libertad cada vez más anhelada. El paraíso comunista no satisfacía a muchos, que ya no podían disfrutar de la libertad ni por unas horas en la misma ciudad. A muchos, esa opresión se les hizo insoportable, e intentaron cruzar el muro. No pocos de ellos perdieron la vida buscando la libertad.

Huida del comunismo

De hecho lo habían hecho 3,5 millones de personas antes de 1961 (hay fuentes que apuntan a más de 4 millones), el equivalente al 20 por ciento de la población de la Alemania oriental. En los últimos años, quienes huían del comunismo eran sobre todo profesionales e intelectuales. Aunque la principal razón para salir del país era ideológica y moral, la sangría humana era también una sangría económica. Pero el régimen comunista lo vistió exactamente de lo contrario. No es que quisiera frenar la riada humana hacia la libertad, sino que, en sus propias palabras, erigían “una muralla de protección antifascista”.

En 1961 se tendió una valla, que a partir del año siguiente, y hasta 1965, se fue haciendo más alta y fortificada. Ese año, los dirigentes comunistas pensaron que la valla no era suficiente y se erigió el muro de hormigón, que se completó diez años más tarde, en 1975.

Dos centenares de muertos

Es difícil cuantificar el número de personas que se ganaron la libertad jugándose la vida, pero ronda las 5.000. Cuántos perecieron en el intento tampoco no se sabe con certeza, a pesar de haberse abierto los archivos soviéticos. La cifra oficial es de 98 muertos. El Centro de Investigación de Historia Contemporánea de Postdam ha confirmado 136, pero el Museo del Checkpoint Charlie calcula que la cifra debe de haber superado los dos centenares.

El presidente de los Estados Unidos John Fitgerald Kennedy, bajo cuya presidencia se creó el muro, acudió al Berlín a pronunciar su famoso discurso en el que dijo, en alemán, “yo también soy berlinés”, “Ich bin ein Berliner”.

Discurso de Ronald Reagan

Pero el discurso más importante que se pronunció ante el oprobioso muro fue también el más importante de Ronald Reagan. Ante la Puerta de Brandemburgo, Reagan dijo: “Secretario General Gorbachov, si usted busca la paz, si usted busca la prosperidad para la Unión Soviética y Europa Oriental, si usted busca la liberalización: ¡Venga a este muro! ¡Señor Gorbachov, abra esta puerta! ¡Señor Gorbachov, haga caer este muro!”.

El muro cayó, pero no fue una decisión política de Mijail Gorbachov.