Italia organizó de nuevo el Mundial, casi seis décadas después, con el objetivo de ser campeona en casa como en 1934, pero se quedó a un paso. Argentina fue su verdugo y la República Federal de Alemania la campeona. Tricampeona ya. Eso es lo que más se recuerda de un torneo con muy poco fútbol, el peor en la historia, y con escasas estrellas destacadas. El italiano Schillaci fue, por sorpresa, el máximo goleador.

El buen juego brilló por su ausencia, y la media goleadora fue la más baja de la competición, sólo 2,21 tantos por partido. Al tiempo que el juego defraudaba, los penaltis se convirtieron en los protagonistas del Mundial de 1990.

En los cuartos de final, Argentina pasó en la tanda decisiva, el Inglaterra-Camerún tuvo tres penas máximas y Alemania se clasificó con un gol desde los once metros. Las dos semifinales llegaron a los penaltis después de un 1-1. Y la final se resolvió con otro, anotado por Brehme en el minuto 85.

Tres finales seguidas

Alemania ganó su tercer título después de haber jugado y perdido las dos últimas finales. Por primera vez en la historia, se repitieron los finalistas de cuatro años antes, la República Federal germana y Argentina, pero el desenlace fue diferente en casi todo.

Esta final, en realidad, pasó a la historia por cuestiones negativas. Fue la primera en la que uno de los dos equipos se quedó sin marcar. Argentina sufrió en ella dos expulsiones en el partido, y llegó al último partido con cuatro jugadores sancionados. Así parecía imposible frenar a Alemania.

Además, Maradona tampoco fue el de 1986. Fue el síntoma más claro de que Italia 90 no fue un Mundial de jugadores y estrellas. La fortaleza táctica y el rigor de los árbitros a la hora de sacar tarjetas, a veces excesivo, impidió que se jugara demasiado. Y en ese terreno, la fuerza alemana reinó con facilidad.

Beckenbauer, campeón como jugador y entrenador

Beckenbauer, técnico germano, sumaba así la Copa del Mundo a su palmarés como jugador y como entrenador. Matthaus fue su líder dentro del campo y también su máximo goleador. La RFA sólo encajó cinco goles en todo el torneo, dos en los últimos cuatro partidos.

Italia, con el sorprendente Schillaci como máximo goleador, soñó con ganar de nuevo en casa, pero no pudo. Fue silbada por su público en la primera fase, sobre todo por la decisión de Vicini de dejar en el banquillo a Roberto Baggio, pero no encajó un gol hasta las semifinales. Su portero, Zenga, ostenta el récord de imbatilidad con 517 minutos.

A Italia sólo la pudo frenar Argentina. O más bien su portero, Goycoechea. El meta detuvo a los transalpinos dos penas máximas en la tanda de semifinales y otras dos en la de cuartos a Yugoslavia. Él eclipsó a un Maradona, que además falló su lanzamiento ante los balcánicos.

Milla y la sorprendente Camerún

La gran sorpresa del Mundial fue Camerún, capitaneada por Roger Milla. Venció a Argentina en el partido inaugural y pasó a cuartos eliminando a Colombia, gracias a un clamoroso error de Higuita. Allí cayeron ante Inglaterra, de lo mejor del torneo, con un Shilton de récord, por edad (40) y por partidos internacionales (alcanzó los 124).

La República de Irlanda fue la otra gran sorpresa. Aunque sólo marcó dos goles y no ganó ningún partido, llegó a cuartos de final e ilusionó a un país que salió a la calle para recibirles como héroes. Llegaron más lejos que la campeona de Europa, Holanda, que cayó en octavos ante los alemanes.

Brasil, también silbada por los suyos, defraudó con un juego rácano y poco vistoso. Cayó en octavos ante Argentina 1-0, aunque años después se supo que su entrenador, Bilardo, había adulterado con somníferos una botella que los masajistas argentinos dieron a beber a los jugadores brasileños. Bilardismo en estado puro.

"Me lo merezco"

España también falló. La primera fase la marcó Míchel, con sus tres goles a Corea y sus gritos de me lo merezco en respuesta a las duras críticas que había recibido en la prensa. Pero no pasó de octavos. Yugoslavia fue su verdugo en la prórroga con un gol de falta que pasó por el hueco que precisamente Míchel dejó en la barrera. Ironías del destino.

Fue el primer mundial moderno para el espectador, con todas las localidades ya de asiento. Y fue un mundial al que precedió un escándalo. En la clasificación, el portero de Chile, Rojas, fingió una agresión desde la grada contra Brasil. Se autolesionó con una hoja de afeitar. Chile fue expulsada de dos ediciones y Rojas sancionado de por vida.