La Galia, más o menos el actual territorio de Francia, era el lugar donde se asentaron muchos de los celtas, pueblo caucásico proveniente de Europa del Este.

Los romanos los llamaron galos y los conocían por una invasión que llevaron a cabo en Roma hacia el siglo IV a. C., incluso ocuparon el norte de Italia, llamada la Galia Cisalpina.

Sin embargo fue en el territorio de las actuales Francia, Inglaterra e Irlanda, donde fiinalmente dejaron la huella imborrable que los caracteriza como pueblo, entre estos aspectos distintivos se destaca la religión, regulada por los poderosos druidas, los sacerdotes celtas.

Los druidas de la Galia

Los druidas representaban la casta dirigente del pueblo celta y junto con los guerreros estaban en el pináculo del poder.

Druida significa "hombre de la encina", definición que los relacionaba con sus ritos en los bosques y como conocedores de los poderes curativos de las plantas.

En la Galia integraban una gran cofradía proveniente de todas las tribus y se reunían una vez por año en el bosque sagrado de los Carnutos (tribu gala) cerca de la actual Chartres en el centro de Francia, donde elegían un jefe.

Su función era la de ser medios entre los hombres y las divinidades celtas a las que honraban con toda clase de sacrificios, entre ellos hombres. Además hacían de jueces, adivinos y curanderos, por sus conocimientos de las propiedades curativas de las hierbas y plantas.

Antes de llegar a druidas hacían una especie de noviciado de varios años en los que debían memorizar miles de versos: los druidas no dejaron ningún tipo de escritura de sus conocimientos.

No guerreaban pero su poder consistía en que eran los únicos que podían llevar a cabo los sacrificios a los dioses y además dictaban sentencias para resolver conflictos, que de no ser acatadas, se disponía un interdicto de relación con el incumplidor, su familia o incluso un pueblo. Era una medida de ostracismo, que para los antiguos representaba una sanción terrible.

Los druidas no tenían templos. Las ceremonias se hacían recintos descubiertos al aire libre, en la cima de una montaña o en un claro del bosque.

Los druidas y los sacrificios humanos

Los sacrificios humanos han sido uno de los motivos de mayor fama de los druidas, sobre todo por sus métodos.

Los sacrificados eran prisioneros de guerra o condenados a muerte. El día del solsticio de verano se encerraba a las víctimas en una jaula de mimbre gigante con forma humana. Los druidas le prendían fuego y cantaban para que no se escucharan los gritos de los infortunados. Parte de esta tradición se ha mantenido en las hogueras de San Juan que se llevan a cabo en esa fecha.

En su función de adivinación los druidas también sacrificaban personas. El druida le clavaba una espada o un puñal a la víctima en el lugar sagrado y de acuerdo a como caia la sangre predecía el porvenir. Por lo demás, los otros métodos de adivinación no variaban de otros pueblos: vuelo de las aves o lectura de las entrañas de animales.

Los druidas, el muérdago y las plantas medicinales

Los celtas creían que algunas plantas tenían propiedades sobrenaturales, entre ellas la más buscada era el muérdago, una parásita que los druidas se afanaban por ubicar en las encinas, aunque eran los menos de los casos (esta rareza la hacía milagrosa).

La cosecha del muérdago era una ceremonia religiosa que se hacía al final de la última luna del invierno: un druida vestido de blanco iba a cortar el muérdago con una hoz de oro y las plantas eran sumergidas en agua consagrada.

Aparte de la propiedad sobrenatural que se le otorgaba al muérdago, los druidas conocían una amplia variedad de plantas curativas, lo que les permitía hacer de médicos del pueblo.