Un hecho de características épicas, una batalla desigual ganada, unas consecuencias importantes para el vencedor. Nada mejor para empezar una reconquista que a la postre llevaría casi 800 años. Los musulmanes habían invadido la Península Ibérica, lo que era la Hispania romana y visigoda, en el año 711, cuando la lucha fratricida del Reino Visigodo los invitó a tomar lo que se les ofrecía. El Reino Visigodo tenía sus problemas intestinos desde hacía décadas: una historia de intrigas, matanzas palaciegas, guerras civiles y traiciones que no cambiarían ante la llegada del peor enemigo que pudieran tener los cristianos de ese momento: los fanáticos musulmanes del norte de África y su guerra santa.

Las consecuencias de la derrota de Guadalete

La batalla de Guadalete, en la que el Reino Visigodo cayó, ocurrió en el año 711, poco después de la invasión. El impacto por la gran derrota y la muerte del rey visigodo Don Rodrigo, hicieron que en pocos años los musulmanes fueran ocupando casi toda la península y exigiendo vasallaje y tributos, donde no tenían guarniciones. Los visigodos e hispano-romanos que no se sometieron, huyeron hacia el norte, donde desde el año 713 la invasión intensificó su objetivo. Entre los cristianos estaba Don Pelayo, un noble de origen godo nacido en Cantabria, que había estado prisionero de los muslimes hacia 717; se fugó hacia el norte y pasó a ser intensamente buscado por sus enemigos. Llegado a Asturias, inició su liderazgo entre pueblos distintos e hizo que muchos lo siguieran, generando el primer núcleo de resistencia a los invasores.

La rebelión de los astures

La insurrección fue ganando en intensidad. Empezaron por no pagar impuestos y después se inició la lucha armada por la guerra de guerrillas. Los musulmanes, en parte por la velocidad que imprimieron a su conquista y que les impidió estar adecuadamente organizados, y en parte porque le dieron importancia a la continuidad de su avance en Francia, no prestaron la suficiente atención al núcleo de rebeldes montañeses. Entre los musulmanes, estaba al mando el competente Al Samah, quien fue derrotado en Tolosa por el Duque de Aquitania, Eudón, muriendo incluso en la batalla en 721. Esta primera derrota en Francia fue un duro golpe para los sarracenos, no solo por las pérdidas, sino por la muerte de su comandante. Ahora necesitaban reivindicarse y golpear a los cristianos de forma ejemplar y nada mejor que los revoltosos e insubordinados montañeses astures. El nuevo emir de lo que sería Al-Andalus, Anbasa, armó un ejército al mando del bereber Alqama quien hizo caer las aldeas y señoríos del norte bajo su dominio. El gobernante delegado musulmán, de nombre Munuza, recuperó su poder y se instaló en Gijón. Pelayo y sus hombres optaron por retirarse a los valles de Cangas y a los escarpados acantilados que los rodean.

La batalla de Covadonga y la de Olalíes

Alqama partió en su búsqueda en el año 722, confiado en los éxitos obtenidos y en la organización de su ejército. Don Pelayo y sus huestes los esperaban en el estrecho Valle de Covadonga, de pronunciadas pendientes cubiertas de vegetación; el lugar impide maniobras tácticas y rápidas de cualquier ejército respetable que se decidiese a atacar en el lugar. Al final del valle, están la colina y cueva de Covadonga -Santuario de la Virgen María-, en la que se escondieron Pelayo y 300 guerreros. Los demás combatientes se ubicaron en las laderas, esperando el momento para atacar. Hubo un intento de evitar el combate por parte del obispo don Oppas, hermano del ex rey godo Witiza, pero Pelayo no quiso parlamentar y la lucha se trabó inmediatamente. Las selectas huestes de Alqama avanzaron hacia el fondo del Valle de Covadonga, cuando fueron atacadas desde las laderas por cientos de furiosos montañeses astures y cántabros. Los invasores intentaron utilizar sus flechas y piedras contra los atacantes pero la posición elevada dominante de estos hacía ineficaz la defensa. Las pérdidas empezaban a pesar en el bando invasor cuando don Pelayo y su grupo escondido, salieron de la cueva, masacrando a las sorprendidas tropas enemigas. Alqama cayó en combate y los que lograron huir fueron eliminados por los rebeldes. Para el gobernante Munuza fue una dura sorpresa y no le quedaba otra alternativa que la huida de Gijón hacia el sur, pero fue atacado por los cristianos rebeldes en el Valle de Olalíes - actualmente Valle de Proaza -,donde fueron también masacrados, incluso Munuza cayó en combate. Pocos sobrevivientes llegaron a la meseta leonesa, donde había protección de tropas propias.

Las consecuencias de las batallas de Covadonga y Olalíes

Las derrotas de los musulmanes en Covadonga y Olalíes no fueron definitivas, pero marcaron el inicio de la resistencia y reconquista al invasor muslim. Pelayo, murió hacia 737, y algunos dicen que nunca fue nombrado como Rey, ni tampoco su hijo Fáfila. Pero lideró a los rebeldes, a los que se incorporaron los visigodos y los hispano romanos que en un principio, no se habían unido a la rebelión. Las huestes rebeldes estaban integradas también por cántabros, entre las que estaba uno de los hijos del Conde de Cantabria, un tal Alfonso, uno de los que acompañaba a don Pelayo. Alfonso se casó con la nieta de Pelayo, la hija de Fáfila. Al unir su linaje a Pelayo y sumada su capacidad de liderazgo, hicieron que fuera ungido rey de Asturias, por votación de astures y cántabros, con el nombre de Alfonso I y comenzó una línea dinástica que se enfrentaría a los invasores musulmanes durante 8 siglos, hasta su definitiva expulsión en el año 1492