Cuando se habla de la presión arterial alta se hace referencia a la fuerza que ejerce el bombeo de la sangre por parte del corazón contra las paredes de las arterias. Esta fuerza se mide en milímetros de mercurio y en la lectura se dan dos números, donde uno o ambos pueden estar demasiado altos. El número superior se corresponde con la presión sistólica, y el inferior con la presión diastólica. Los valores son los siguientes: la presión sistólica debe estar por debajo de 120 en condiciones normales, mientras que la diastólica debe estar por debajo de 80.

Hipertensión y embarazo: preeclampsia

En las mujeres embarazadas pueden distinguirse cuatro tipos fundamentales de hipertensión:

  • Preeclampsia. Suele desarrollarse a las 20 semanas del embarazo y se trata de un trastorno bastante serio. Se caracteriza por una presión arterial alta y la presencia de proteínas en la orina. Desaparece tras el parto.
  • Hipertensión gestacional. Aparece también tras las 20 semanas de embarazo y desaparece tras el parto. En este caso no hay proteínas en la orina, aunque en ocasiones se puede desarrolar preeclampsia en etapas posteriores del embarazo.
  • Hipertensión crónica. Se trata de la presión arterial alta diagnosticada antes del embarazo o anterior a las 20 semanas del mismo. En este caso no desaparece tras el parto.
  • Hipertensión crónica con preeclampsia. Se calcula que aproximadamente el 25% de las mujeres con hipertensión crónica terminarán desarrollando preeclampsia.

Causas de la hipertensión

Son diversos los factores capaces de influir en una presión arterial alta, como por ejemplo la cantidad de agua y sal que se tiene en el cuerpo, el estado de los riñones, del sistema nervioso y los vasos sanguíneos, así como los niveles hormonales del cuerpo.

La hipertensión suele aumentar con la edad y es más frecuente en los hombres que en las mujeres, situación que se equipara cuando estas alcanzan la menopausia. Junto a otros factores de riesgo, la hipertensión aumenta las probabilidades de padecer un ataque cardíaco, una enfermedad renal o un infarto cerebral.

Los principales factores de riesgo son:

  • Obesidad.
  • Ansiedad o estrés. Exceso de sal en la dieta.
  • Antecedentes familiares.
  • Diabetes.
  • Tabaquismo.
  • Alcoholismo.
  • Arteriosclerosis.
  • Enfermedades renales.
  • Consumo de cocaína.
  • Síndrome de Cushing.
  • Ciertos medicamentos.

Sintomas y consecuancias de la hipertensión

Por lo general no hay síntomas asociados a la hipertensión, sino que los síntomas se deben a otros factores provocados por la hipertensión. En cualquier caso hay que prestar atención a:

  • Dolor torácico.
  • Fatiga.
  • Dolor de cabeza.
  • Zumbidos en los oídos.
  • Vértigos.
  • Confusión.
  • Hemorragia nasal.
  • Latidos irregulares del corazón.
  • Cambios en la visión.

Tratamiento de la hipertensión

La hipertensión no puede curarse en la mayoría de casos, pero sí puede controlarse, así pues, el principal objetivo del tratamiento, como es obvio, consiste en reducir la presión arterial. Para ello existen medicamentos cuyo objetivo consiste en mantener estable la presión en un tratamiento que suele ser de por vida.

Por lo que respecta al afectado se le recomienda hacer ejercicio, bajar peso si procede y seguir una dieta saludable. En caso de fumar, dejarlo. Reducir la cantidad de alcohol al equivalente de un par de tragos a lo sumo. Evitar el café. Reducir la cantidad de sal. Evitar en la medida de lo posible todo aquello susceptible de provocar estrés.

Dieta recomendada para hipertensión

En Estados Unidos se desarrolló un estudio que concluyó con un programa alimenticio especialmente indicado para hipertensos. Esta dieta, conocida como DASH (Dietary Approaches to Stop Hypertension), ha demostrado su eficacia en los enfermos sobre los que se llevó a cabo la prueba. Se basa en una ingesta no superior a 2.000 calorías entre los que se recomienda:

  • 4 ó 5 raciones de verdura al día.
  • 4 ó 5 raciones de fruta al día.
  • 8 raciones diarias de cereales integrales.
  • 2 ó 3 raciones de productos lácteos desnatados.
  • 2 raciones diarias de pollo, de pescado o de carne que no sea roja.
  • 4 raciones semanales de semillas, frutos secos o legumbres.
  • 2 ó 3 raciones diarias de grasas
  • 5 raciones de dulces a la semana.
Elemento fundamental en la dieta es la reducción al mínimo de la cantidad de sodio que se ingiere, aunque tampoco hay que eliminarla por completo. En realidad los alimentos ya contienen sal en pequeñas dosis, así que lo más adecuado sería no añadirle más. A tener en cuenta que los alimentos precocinados o preelaborados suelen contener dosis de sal bastante más elevadas que los alimentos frescos, de ahí la importancia de leer el etiquetado. También ciertos fármacos, sobre todo los efervescentes, suelen tener un alto contenido de sal. La solución, en lo que se refiere a la alimentación, se basa en sustituir la sal por hierbas y especias.

Medicamentos para la hipertensión

Existe una amplia gama de medicamentos para tratar la hipertensión arterial. Estos suelen emplearse por etapas en función, también, de lo que resulte idóneo para cada paciente.

El primer medicamento que suele emplearse es el diurético. Existen tres grupos; las tiacidas, como clorotiacida o indapamida; los diuréticos de asa, como la furosemida o la bumetanida; o los ahorradores de potasio, como la espironolactona o la amilorida.

Los betabloqueantes tienen el efecto de ralentizar los latidos del corazón y que estos lo hagan con menos fuerza. Entre los utilizados están atenolol, bisopropol o metopropol.

Otro de los fármacos utilizados son los antagonistas del calcio, que impiden el estrechamiento de las arterias. Hay tres grupos; dihidropiridinas, como nifedipino o amlodipino; benzotiacepinas, como ditiacem; y fenilalquilaminas, como verapamilo.

Los inhibidores de la enzima convertidora de angiotensa tienen un efecto similar a los antagonistas del calcio, aunque con otro mecanismo. Hay tres grupos: sulhídrido, como captopril; carboxilo, como enalapril; y fosfonilo, como fosinopril.

Otros medicamentos que pueden utilizarse son los vasodilatadores, como hidralazina o monoxidilo; así como también los alcaloides totales, como la reserpina o la bietaserpina.

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