A lo largo de su historia, la Arqueología como disciplina científica y trabajo de campo, no ha sido precisamente lo que se dice una tarea sencilla o agradecida para sus practicantes. Su desarrollo y práctica han estado, demasiado a menudo, puestos al servicio de intereses particularistas o políticos que nada tenían que ver con la ciencia, algo tristemente constatado, especialmente, bajo los regímenes totalitarios o las tiranías.

Por eso mismo, brillan con doble intensidad las personalidades de ciertos arqueólogos, que han sabido lidiar con los obstáculos y las penalidades impuestas a su actividad por poderes externos a la misma. Dos ejemplos notorios de estos arqueólogos valientes, dignos de alabanza por su humanidad y amor al trabajo, son Walter Andrae y Donny George.

Walter Andrae, el arquitecto convertido en arqueólogo de corazón

Walter Andrae (Leipzig, 1875-Berlín, 1956) es considerado uno de los más grandes arqueólogos de todos los tiempos, "maestro de maestros" para muchos, y una de las personas más humanas e interesantes de los albores de la Arqueología. Con sus trabajos de campo, pero no menos con sus teorías y esfuerzos, contribuyó como nadie a dignificar su profesión como disciplina científica de pleno derecho.

Andrae contribuyó al descubrimiento de algunas de las mayores ciudades del Próximo Oriente antiguo, como la mítica Babilonia, la grandiosa Assur (capital del Imperio Asirio), o la Sam'al de los hititas. Reconstruyó la magnífica Puerta de Ishtar al mismo tiempo que instituía en su país, Alemania, uno de los mejores museos arqueológicos de Próximo Oriente de todo el mundo, el de Berlín. Y limpió el buen nombre del humanismo alemán al desligarlo de las locuras de los nazis, empeñados en presentar una visión de la Historia acientífica, subjetivista y manipulada, reelaborada según los intereses políticos de Hitler y su camarilla.

Siendo apenas un mozalbete de veintitrés años, con el título de arquitecto de la Universidad de Dresde recién obtenido (1898) bajo el brazo, corrió a participar con entusiasmo como dibujante en el primer gran proyecto arqueológico alemán en el mundo mesopotámico. Esto supuso su primera aproximación real a la Arqueología, mundo que desde entonces le dejaría cautivado hasta el día de su muerte.

Una pasión que cambiaría su vida, y que estuvo en todo momento por encima de cualquier problema o vicisitud en su vía de investigación y conocimiento, incluso los bélicos, pues a menudo se vio obligado a trabajar en condiciones adversas, sufriendo en sus propias carnes la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Donny George, el hombre que salvó el patrimonio de Irak

Donny George Youkhanna (Al Anbar, Irak, 1950 - Toronta, Canadá, 2011), doctor en Arqueología Prehistórica por la Universidad de Bagdad desde 1976, y director del Centro de Documentación del Museo de Irak desde 1980, fue uno de los responsables de la restauración de Babilonia acometida entre 1986 y 1987, y director de excavaciones en Um al-Agareb (1999-2000).

A pesar de sus conocimientos, su celo profesional y su sobrada reputación científica, su trabajo chocó frecuentemente, por desgracia, con Saddam Hussein, cuyo régimen dictadorial, de marcado carácter arabizante radical, se mostró siempre desagradecido con Donny George, dada su categoría de "ciudadano de segunda", al ser cristiano y asirio en un Irak en donde el gobierno buscaba reescribir la historia a su gusto, cometiendo tropelías como considerar árabes a los antiguos asirios, u ordenando a las familias cristianas y asirias bautizar a sus hijos con nombres musulmanes.

Cuando la invasión estadounidense era algo inminente, a principios de 2003, George aconsejó repetidas veces trasladar rápidamente a un sótano la colección del Museo de Irak -con una de las colecciones más ricas de tablillas cuneiformes del mundo, entre otros tesoros arqueológicos mesopotámicos-, para esconderla y protegerla de lo que él auguraba -ya entonces- que acabaría en una oleada de saqueos y expolios incontrolados.

Sus sabios consejos cayeron en oídos sordos. Sus compañeros y las instituciones iraquíes lo tildaron de exagerado, dijeron que nadie entraría en Bagdad mientras Saddam siguiera ahí. Los hechos posteriores demostraron cuánto había acertado Donny George en sus augurios, para su amargura. No obstante, al menos una parte de la colección se había puesto a resguardo, y se salvó del expolio.

Fue nombrado poco después director general de museos bajo el Gobierno de ocupación. En esta nueva empresa, su profesionalidad y empeño fueron esenciales durante la ardua tarea (aún no acabada) de recuperar los 15.000 objetos desaparecidos tras los pillajes del 2003.

Una labor titánica, que suponía detectarlos pacientemente y captarlos de nuevo de sus escondrijos, dispersos por todo el mundo en oscuras colecciones privadas o subastas de antigüedades. Al respecto, sobresale su famosa intervención en la sala Christie's de New York, cuando logró paralizar la venta de unos pendientes reales neoasirios del Tesoro de Nimrud en el 2008.

Un minuto de silencio por Donny George

Su inestimable labor, amparada empero bajo la administración estadounidense, fue mal vista por muchos de sus antiguos colegas. Pese al rechazo, juró no abandonar Irak, pues aún le quedaba mucho trabajo por hacer, recuperando su patrimonio histórico.

Sin embargo, amenazado constantemente por los fundamentalistas islámicos por su colaboración con el enemigo americano, se vio obligado a abandonar su amada patria, cuando a finales de 2006 su hijo Martín, de 17 años, recibió una carta con una bala, amenazándole con decapitarle.

En 2007, Estados Unidos le dio permiso de residencia para él y parte de su familia (mujer e hijo pequeño; los otros dos hijos, mayores, tuvieron que quedarse en su refugio en Siria), y fue invitado como profesor por la Stony Brook University de New York, en donde prosiguió su carrera hasta su reciente muerte, el 11 de marzo de 2011.

Ese día, Donny George se desmayó en el aeropuerto de Toronto, donde iba a impartir una conferencia, y murió horas después de ataque al corazón en el hospital, sin que los médicos pudieran hacer nada para salvarle. Una triste pérdida, que quizá Irak no sepa aún valorar del todo. Y desde aquí, un pequeño homenaje.