El virus de la hepatitis C fue reconocido como tal en el año 1989. Con anterioridad se denominaba hepatitis no A no B.

La hepatitis C la padecen más de 170 millones de personas en todo el mundo. Se calcula que en España la cifra se aproxima al millón de personas. Muchas de las personas infectadas no son conscientes de su enfermedad, ya que la hepatitis C puede ser asintomática. El virus de la hepatitis C puede provocar una infección aguda que, en más de la mitad de los casos, llega a convertirse en crónica, al contrario de lo que sucede con la hepatitis A. De ellos, un 20% derivará en cirrosis en los 10 años siguientes. Es relativamente habitual que se diagnostique la enfermedad cuando los pacientes van a donar sangre o se efectúen análisis de rutina.

Contagio de la hepatitis C

El virus de la hepatitis C se contagia fundamentalmente a través de la sangre, raramente mediante las relaciones sexuales y, más raramente aún, se contagia de madre a hijo. No son pocos los casos en que se desconoce el modo de contagio. De todos modos cabe señalar que las personas más expuestas al contagio son los hemofílicos, los adictos a las drogas intravenosas, las personas que se realizaron transfusiones sanguíneas (muy poco probable en la actualidad) y el personal sanitario. La hepatitis C no se contagia con el contacto, la comida, el agua, los estornudos, la tos o el uso compartido de utensilios de comida. Tampoco se contagia por la leche materna.

Causas del virus de la hepatitis C

El virus de la hepatitis C, conocido como VHC, es el causante principal de la mayoría de casos de hepatitis crónica. Se considera crónica cuando persiste por un periodo superior a los seis meses. Puede ocurrir que detrás de este virus encontremos la acción de ciertos medicamentos, enfermedades hereditarias, el alcohol o el virus de la hepatitis B. Por lo general, la infección del virus de la hepatitis C no suele conllevar complicaciones serias a lo largo de la vida, a pesar de que en muchos casos el virus no desaparece nunca. Sin embargo, debido al elevado número de casos registrados, cabe decir que la hepatitis C es el principal responsable de los trasplantes hepáticos, del 20% de los casos de cirrosis y del 70% de cáncer de hígado que se diagnostican.

Sintomas de la hepatitis C

Aunque en muchos casos los síntomas no se manifiestan, cuando lo hacen son comunes en todos los tipos de hepatitis. Los afectados suelen sentirse como si estuvieran padeciendo una gripe. Algunos síntomas son muy comunes, como el cansancio, la fiebre, náuseas, diarrea, pérdida de apetito o dolor de estómago. Otros, sin embargo, se presentan solo en algunas personas, como puede ser la ictericia, excrementos de color claro u oscurecimiento de la orina.

Diagnóstico de la hepatitis C

Habitualmente se realizan dos pruebas para confirmar el diagnóstico de la hepatitis C: un análisis de sangre o una biopsia, extrayendo una muestra del hígado. Con estas pruebas se comprueba si hay un aumento de la bilirrubina en sangre o un incremento de la actividad de las transaminasas. Con ello se averigua el tipo de la enfermedad así como la gravedad de la misma.

Tratamiento y medicamentos para la hepatitis C

No existe vacuna contra esta enfermedad. La hepatitis C suele tratarse con interferón alfa, que se aplica mediante inyecciones subcutáneas tres veces por semana. En ocasiones se utiliza combinada con ribavirina, dando buenos resultados en la erradicación viral. El tratamiento suele durar unos cuatro meses, en el caso del interferón y un año para la ribavirina, que se administra por vía oral. En algunos casos puede llegar a ser necesario el trasplante de hígado.

Paralelamente existen una serie de terapias alternativas que han demostrado su eficacia, como la homeopatía, las plantas medicinales o las dietas macrobióticas.

Las asociaciones para la hepatitis C constituyen otra de las posibilidades que tiene el afectado para enfrentar la enfermedad con un mayor apoyo y mejor comprensión del problema.

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