El dios de la antigua religión es el demonio de la nueva”, dice Margaret Murray, antropóloga, arqueóloga y egiptóloga en su libro El dios de los brujos. Las hadas, por ser originalmente manifestaciones de las diosas paganas no podían quedar exentas de esta malignización.

Para acabar con ellas y con la religión pagana los lugares de culto en donde solían aparecerse fueron absorbidos por el cristianismo. En cada uno de ellos se colocó una imagen sacra, principalmente de la virgen María, de manera que los devotos paganos comenzaron a rezarle a una nueva deidad casi sin percatarse de ello. Lourdes, en Francia es un buen ejemplo de este sincretismo.

Los ángeles caidos

Sin embargo, aún sin “casa”, las hadas continuaban dejándose ver. “¿Por qué son malas?” debió haber preguntado algún devoto confundido. La iglesia no tardo en dar una explicación: durante su caída del Cielo, Lucifer arrastró consigo a un sin número de ángeles aliados, pero no todos ellos eran igualmente malignos, algunos no eran del todo leales a Lucifer aunque tampoco eran del todo leales a Dios.

Esos espíritus de moral ambigua quedaron atrapados entre el Cielo y el Infierno, es decir en la Tierra. El pueblo feérico pertenecía a esta categoría. La explicación tenía sentido, sin embargo el arraigo pagano no era cosa sencilla de disolver.

Hadas y brujería

Con el siglo XIII y la recién creada cacería de brujas llegó la oportunidad que se deseaba. Cualquiera era susceptible de ser acusado de brujería, pero aquellos que decían tener contacto con la “gente pequeña” se condenaban a si mismos.

Las hadas eran ya demonios encarnados y quien sintiera afinidad hacia ellas se proclamaba como enemigo del cristianismo. Los bien conocidos “círculos de hadas”, en donde antaño el pueblo feérico se reunía a bailar, se convirtieron en los llamados “corros blancos”: aquelarres feérico en los que se presentaba el mismo demonio.

Brujas y hadas trabajaban en equipo y hacían las mismas cosas: ambas robaban niños sin bautizar para utilizarlos en el aquelarre, ambas volaban, ambas tenían el poder de cambiar de forma, ambas hacían hechizos o sanaban. La única diferencia era que las hadas tenían un poco más de poder y de conocimientos por ser de naturaleza espiritual.

Hadas malas y brujas

Por esta superioridad tanto en poder como en conocimientos se creía que era frecuente que las brujas fueran a visitarlas en busca de su consejo.

Tal fue el caso de John Walsh de Dorset en 1566, el como muchos otros, fue ejecutado por su contacto con las hadas. En su confesión dijo haber obtenido sus poderes como un obsequio de la gente pequeña, quienes daban consulta bajo las colinas de Dorsetshire si se acudía en la tarde o la media noche.

Walsh dijo también que existían tres tipos de hadas; las verdes, las blancas y las negras, y que las negras eran las peores.

Los cuentos infantiles

La rivalidad entre brujas y hadas como la conocimos en los cuentos infantiles es un asunto relativamente reciente. Los folkloristas que recopilaron las historias pasaron por alto o minimizaron la mala reputación que se le había conferido al pueblo feérico. Con ello, sin proponérselo, echaron por tierra el arduo trabajo de demonólogos e inquisidores.

Las hadas felizmente llegaron al siglo XX y al XXI como dadoras de dones y como guías en tiempos oscuros. Las hadas rebeldes o malhumoradas fueron transformándose en brujas. Para el imaginario colectivo hoy día resulta difícil asociar la imagen de un hada con el concepto del mal. ¿O es que existirá una sola niña capaz de creer que el hada de Cenicienta en realidad era un demonio?