La primer mujer que habló del movimiento de la diosa fue Ethel Morgan, quién fue pionera de la Espiritualidad Femenina, la cual logró despertar una conciencia espiritual de género en Argentina que se extendió a toda Latinoamérica en los años 80s.

Las raíces del movimiento de la diosa

El movimiento de la diosa era exclusivamente feminista, de profundas raíces espirituales que no rechazaba la dimensión sagrada de la vida y que criticaba fuertemente el orden patriarcal de las religiones tradicionales en las que prevalecía de manera implícita la violencia hacia la mujer.

La finalidad del movimiento era empoderar a las propias mujeres e incitarlas a que reconstruyeran su identidad a partir de la recreación de su espiritualidad, inspirándose en los arquetipos de las diosas ancestrales, procedentes de épocas pre patriarcales, así como en los arquetipos femeninos que resurgían del inconsciente colectivo e individual de las mujeres.

El trabajo de Ethel consistió en traducir e interpretar una gran cantidad de trabajos de antropólogas, arqueólogas, psicólogas junguianas, etc; así como de revisar la historia sagrada de los arquetipos femeninos más comunes, que revelaban importantes manifestaciones simbólicas, sociales y sexuales que encerraban gran sabiduría respecto al universo femenino y que podrían fomentar el empoderamiento de la mujer, sin embargo, estas fueron “eliminadas de la historia” con la llegada del patriarcado cultural y religioso.

El movimiento de la diosa como búsqueda de la reivindicación del culto a lo femenino para favorecer la equidad de género

Gran parte de los estudios antropológicos realizados por este movimiento surgido en los Estados Unidos, revelaron que gran parte de la humanidad en diferentes épocas históricas habían venerado culto a alguna deidad femenina.

Por tanto, la pretensión del movimiento precisamente era retornar y reivindicar este culto , puesto que la dimensión espiritual del arquetipo actuará como una fuerza creadora cósmica de liberación, que reivindicará el papel y la identidad de la mujer dándole la posibilidad de constituir en su psique un modelo múltiple que integra diversas formas de ser, el cual rompa con los estereotipos más habituales del rol y con la dualidad femenina tradicional de patriarcado que concibe a la mujer en dos polos opuestos (santa o pecadora, madre o puta) y que han limitado las posibilidades de las mujeres en todo el mundo.

La visión de la divinidad femenina y la conciencia femenina potencializadora reprimida por el patriarcado, inspiraron a Ethel a escribir su obra más importante “La diosa en nosotras, 10 formas de ser mujer” publicado en 1993.

Por su parte, el psicoterapeuta Junguiano John Weir Perry planteaba que para que el ser humano pudiera encontrar su individualidad, debía descubrir e integrar la androginia a su psique. Por tanto, afirmaba que el trabajo terapéutico para ambos sexos debía estar encaminado a crecer y recrear su masculinidad y femineidad nativa y aceptar sus lados masculino y femenino respectivamente, tal trabajo redefinirá nuevas pautas acerca de los roles de cada género.

La diosa, el feminismo y religión

Cuando se le cuestionó a Shidona Bolem sobre cuál era la causa que afligía a la humanidad, ella contestó: “La ausencia de la mitad de nuestro potencial interior” ; se refería a la diosa. Pero la diosa no es más que una metáfora del lado femenino de la espiritualidad.

El cristianismo habla de dios como un ente masculino; lo que busca el movimiento de la diosa es romper con este paradigma, planteando un reordenamiento de la comprensión que la humanidad tiene de dios y experimentarlo como la diosa madre, dadora de vida, que se encuentra en todas las cosas de la creación y que es una deidad que se realiza en el interior de la persona.

La religión necesita una transformación radical, dado a que está construida en muchos supuestos jerárquicos que refuerzan la opresión masculina. En la religión monoteísta, el arquetipo predominante es el masculino; si prevalece uno sobre otro se produce una jerarquización en los demás ámbitos de la vida.

El ser mujer

Ethel Morgan planteaba que el sufrimiento femenino tenía sus raíces en que la mujer no encontraba su ubicación en mundo andocéntrico. Sin embargo, aseguraba que los 10 arquetipos que emanan de la diosa creadora (Energizadora, Limitadora, Protectora, Iniciadora, Desafiante, Liberadora, Conectora, Nutricia y Potenciadora) mostraban su verdadera esencia y que una vez que éstos fueran interiorizados y consolidados, permitirían a la mujer conducirse hacia su propia sanación.

Por su parte, Shidona Bolem, psicoterapeuta junguiana y profesora de psicología clínica de la Universidad de California, planteaba que la mujer moderna se encuentra en una encrucijada espiritual.

Según su perspectiva las razones que llevan a una mujer a elegir una cosa sobre otra en determinado momento de su vida, por ejemplo; el ser madre o no, el optar por casarse o permanecer soltera, el elegir una vida independiente enfocada en las aspiraciones profesionales o inclinarse por asumir los roles tradicionales femeninos, son elecciones que causan más conflicto a las mujeres en la actualidad.

Según su visión, dichas elecciones tienen que ver con el dilema que la mujer mantiene consigo misma y que representa una lucha eterna que hace que fluctúe entre dos fuerzas opuestas entre sí; desde el exterior, la mujer responde a las expectativas que le impone la cultura y desde el interior a los arquetipos de la psique profunda. El conflicto aparece al intentar conciliar ambas fuerzas.

Sin embargo, hay veces en que la mujer no atiende esos “llamados interiores” puesto generan soledad y rechazo por la sociedad, por tanto, tiende a inclinarse hacia la fuerza que le impone el exterior que se traduce en satisfacer las exigencias que la sociedad espera de su género, que en algunas ocasiones le provoca insatisfacción y sufrimiento; aunque cabe destacar que no es así en todas las mujeres.

“Que las oigamos o no, dependerá si quedamos alineadas de nosotras mismas, ofrendadas a un inútil sacrificio de una cultura transitoria o si iremos más allá, hacia un futuro que necesita más que nunca de nuestras capacidades más auténticas” aseguraba Ethel Morgan.