Almacenar en la retina el cine de Yasujiro Ozu es una gratificante experiencia para los sentidos. La cercanía y emoción con que el cineasta nipón nos acerca a sus personajes manifiesta la universalidad del cine, más allá de arraigos culturales o barreras artísticas. Estudiando el conjunto de su obra, siempre decantada en el profundo análisis de las relaciones humanas, se aprecia, no sólo el dominio que Ozu tenía de su oficio, sino también su delicada sensibilidad hacía las estructuras familiares. "Había un padre", como pieza embrionaria de lo que más adelante serían sus obras cumbre, sirve de ejemplo para analizar algunas características esenciales de su cine.

Padre e hijo

Eran las historias más sencillas y simples las que convertía Yasujiro Ozu en puro arte sensorial. En esta ocasión, "Había un padre" cuenta la vida de un profesor viudo, Shuhei Horikawa ( un espectacular, como siempre en todas las películas de Ozu, Chishu Ryu) que arrastra sobre su conciencia el duro golpe de sentirse responsable por la muerte accidental de un alumno, y ahora afronta, como único reto en la vida, hacer de su pequeño hijo Ryohei un hombre de provecho. Las circunstancias harán que padre e hijo vivan durante muchos años alejados, aunque sin renunciar nunca a la esperanza de volver a convivir bajo el mismo techo.

El sacrificio de Ryohei

Padre e hijo finalmente asumen con entereza el sacrificio de vivir separados. La obsesión del padre será la de conseguir un mejor trabajo, sea en la ciudad que sea, para mantener a su hijo en un buen internado y que posteriormente pueda ingresar en la universidad. A pesar de su corta edad, el hijo comprenderá el sacrificio de su padre para que él pueda estudiar y, aceptará, con responsabilidad y lágrimas en los ojos, la vida alejada de su progenitor.

Soledad

El sacrificio al que se enfrentan los personajes es palpable en el desconsuelo de la soledad. Serán los viejos amigos quienes ocupen un pequeño hueco en el vacío dejado por el ser querido. Ozu introduce inteligentemente escenas que reflejan que, a pesar del paso del tiempo, uno siempre esté en la memoria del otro y viceversa. De este modo, el padre, desde su puesto de trabajo en Tokio, hablará a un compañero de los progresos de su hijo. Y el hijo, ahora profesor en Akita, cederá melancólico ante la insistente petición de un alumno por ir el fin de semana a ver a su familia.

Muerte

Se traga saliva varias veces al contemplar la incómoda escena de la muerte del padre. Postrado en la cama de una habitación del hospital, flaco y agonizante, ofrece el último aliento a los que le rodean. Implora el padre, con débiles y postreras palabras, a la prometida de su hijo que cuide de Ryohei. Horikawa deja el mundo con la tranquilidad de que su hijo se ha convertido en un buen hombre y, si la última de sus inquietudes era no dejarle sólo tras morir, el lecho de muerte le sirve como vínculo con su futura nuera para asegurarse que su hijo continúe el curso de la vida acompañado.

Poética visual de "Había un padre"

Escenas como la descrita anteriormente de la muerte y otras tan corrientes como ver a Horikawa comprobando que su hijo va correctamente vestido, limpio y con las uñas cortadas a la escuela, el tiempo sereno de la comida en el tatami, aconsejando a su hijo Ryohei que coma despacio, o el ritual de beber sake o cerveza en compañía de seres amados o apreciados, son momentos cotidianos construidos con la simplicidad de la vida real, que adquieren una belleza sobrecogedora cuando el espectador se da cuenta que está ante una imagen que es más hermosa por su naturaleza innata que por su intención artística.

Elipsis

El tratamiento del paso del tiempo adquiere también un lirismo sin precedentes en cuanto a modernidad para el año 1942. Ozu no necesita transiciones de laboratorio, fundidos, cortinillas o subtítulos, para saltar en el tiempo, sus elipsis son de una naturalidad apabullante, ajustando con precisión el tiempo entre la recreación poética de la imagen y su progreso narrativo. Un plano detalle de la tetera humeante, una regadera en el jardín, una bolsa de viaje en el suelo, un cerezo en flor, permanentes máquinas funcionando como símbolo del progreso o trenes siempre en marcha hacia el horizonte, son algunos ejemplos de los cortes empleados por el director para unir escenas separadas en el tiempo.

Uso del tiempo fílmico

Padre e hijo pescan en la lejanía, frente a ellos, el inmenso follaje del monte, a su espalda, un árbol solitario que sirve al cineasta como marco para encuadrar la descomunal primera imagen de la escena. Corte que acerca al espectador a los personajes, con pies firmes ante la embravecida corriente del río, lanzan sus cañas al caudal en perfecta sincronía. Comienza la conversación, el padre tantea al hijo con alguna pregunta sobre sus deberes, finalmente le comunica que debe ingresar en un buen internado para continuar sus estudios. El tamaño de las imágenes varía, y Ozu nos acerca a los protagonistas de una manera individual y cercana, primero, mostrando la serenidad y determinación del padre, después, contraponiendo la imagen taciturna del hijo al recibir la noticia. Cuando el drama ha sido incrustado en la escena, la imagen vuelve a la posición inicial, a la cotidianeidad de los personajes, que siguen su tarea dando la espalda al espectador, distanciados, no sólo fisicamente unos metros, ahora también emocionalmente.

Con el avance del metraje, Ozu volverá a mostrar el momento de la pesca. Ambas secuencias transcurren en el mismo escenario, pero ahora, el paso del tiempo ha convertido a Ryohei en adulto y a Horikawa en anciano. Si la primera escena tramaba el drama de la despedida, la segunda, contemplativa y totalmente muda, representa la añoranza del pasado y la alegría del reencuentro.

Arquitectura en el cine de Yasujiro Ozu

Y si la filmación en exteriores es visualmente sencilla pero con un montaje meticulosamente calculado, los interiores también son construidos con milimétrica precisión. Una cámara invisible, permanentemente asentada en una perspectiva a la altura del tatami y que apenas se mueve, distribuye y orienta los espacios. Cincelar pacientemente el tiempo fílmico para familiarizar la mirada del espectador con los lugares por donde acontecen las vidas de los personajes.

Ozu siempre demostró con sus películas que, para poder armar una historia, primero hay que dominar el tiempo y los espacios.