Es famosa la anécdota de un prestigioso montañero que, cuando le preguntaron por qué subía a los picos más peligrosos, simplemente contestó "porque están ahí". Algo similar ocurre con los astrónomos aficionados. Dirigen sus ojos hacia la Luna, porque está ahí. A la puerta de casa. La luz tarda apenas un segundo en llegar desde la Luna hasta la Tierra. No es demasiado, muchos coches recorren en su vida útil una distancia similar a la que separa el Planeta Azul de su satélite, unos 380.000 kilómetros.

Para los amantes de la astronomía

La observación de la Luna, por tanto, es una tentación a la que no pueden resistirse los amantes de la astronomía. Conviene recordar que los telescopios astronómicos invierten la imagen, ya que de esta forma "ahorran" la utilización de un prisma, con la consiguiente mayor luminosidad. Los principiantes tendrán que aprender a moverse por esa imagen invertida.

Sin embargo, muchos observadores utilizan prismáticos montados en trípodes o sostenidos a mano alzada, con los que resulta más sencillo seguir las indicaciones de los mapas que ofrecen la imagen lunar tal y como se puede ver a simple vista.

Un telescopio de mediana potencia permite distinguir detalles, objetos o accidentes geográficos (selenográficos, en realidad) de menos de cinco kilómetros. Pero unos simples primáticos firmemente sujetos a un trípode son suficiente ayuda para contemplar en toda su belleza y con bastante nitidez las montañas, los cráteres y los mares que salpican toda la superficie lunar.

Entre sol y sombra

El mejor momento para observar la Luna no es cuando está llena (ya que la luz vertical "aplana" las formas, como sucede en la Tierra), sino en los cuartos creciente o menguante, porque es entonces cuando el juego de luces y sombras hace patentes la altura de las montañas y la profundidad de los cráteres. El terminador es la zona en la que se unen la luz y la oscuridad, la zona que separa el día y la noche lunar. En esa franja se pueden encontrar los mayores contrastes y las imágenes más bellas. Los eclipses son fenómenos especialmente propicios para la obervación lunar, pero eso es harina de otro costal.

En la Luna, al igual que en la Tierra, los diferentes accidentes se localizan mediante un sistema de coordenadas. El meridiano de longitud cero se halla en el centro de la cara visible. Hacia el Este la longitud es positiva y hacia el Oeste, negativa. La longitud de 180 grados (o la de menos 180 grados) se localiza en el centro de la cara oculta. La latitud comienza en el ecuador lunar con cero grados y finaliza en los polos Norte y Sur con 90 y -90 grados respectivamente.

Los cráteres

En una Luna llena llaman inmediatamente la atención algunos cráteres que consiguen atraer poderosamente la mirada del observador. Los cráteres son el resultado del impacto de meteoritos. Algunos tienen 200 kilómetros de diámetro, otros apenas alcanzan el metro. El más grande de la cara visible es el denominado de Clavius (230 kms), seguido de Shickard (202) y Schiller (180). En la cara oculta destaca Apollo con 520 kilómetros de diámetro.

La mayor montaña lunar (el monte de Leibnitz) alcanza los 8.200 metros de altura (poco menos que el Everest terrestre) mientras la principal depresión es la de Newton con una profundidad de 7.250 metros. En la Tierra, la fosa de las Marianas, que es el lugar más profundo de la corteza terrestre, se hunde hasta los 11.000 metros por debajo del nivel del mar.

En el Sur de la superficie lunar destaca el crater Tycho. Da la impresión de ser el pedúnculo de una naranja, ya que se adorna con irradiaciones en todas direcciones. Justo en la parte opuesta, muy cerca del borde Norte, llama la atención el crater Platón, perfectamente circular con un interior muy oscuro.

Los mares de la Luna

Las grandes extensiones llanas son también las partes más oscuras de la superficie lunar. Se denominan mares. Ocupan aproximadamente la tercera parte de la cara visible de la Luna. En el cuadrante noreste del satélite se encuentran los mares de la Tranquilidad y la Serenidad o, según la denominación latina, Mare Serenitatis y Mare Tranquillitatis. En 1969 el hombre puso su pie por primera vez en la Luna en el Mar de la Tranquilidad.

Justo en el centro de la superficie, donde se cruzarían unas hipotéticas líneas que unieran Norte y Sur y Este y Oeste se halla el Sinus Medii o Bahía del Centro. En el oeste destaca un gran Mar, tan grande que desde antiguo se denomina Oceanus Procellarum u océano de las tormentas.

La nomenclatura de los diferentes accidentes lunares es de una gran expresividad, como corresponde a un satélite habitual en la poesía y que posee intensas connotaciones románticas. En la Luna se encuentra, por ejemplo, el Sinus Iridum (Bahía del Arco Iris) o el Palus Epidemiarum (Ciénaga de las Enfermedades).

Los montes

La mayor parte de los montes lunares recibe nombres paralelos a los de algunas cordilleras terrestres. En la vieja Selene se pueden encontrar los Montes Alpes, Montes Caucasus, Montes Apenninus, Montes Pyrenaeus, etc. Son, sin duda, atractivos, aunque no consiguen captar la atención del observador con la intensidad con la que los hacen, sobre todo, los cráteres.

La vieja en brazos de la joven

En ocasiones es posible comtemplar al mismo tiempo la Luna Nueva y parte de la superficie iluminada por el Sol. La Luna brilla porque refleja la luz del Sol. Cerca de Luna Nueva, cuando la porción visible del satélite iluminado por el Sol es pequeña, apenas una "uña" blanca con largos y finos cuernos, se produce el fenómeno denominado de la "Luna vieja en brazos de la joven". Se produce cuando la Tierra (Tierra llena, vista desde la Luna) refleja la luz solar hacia la Luna, lo que permite ver, o vislumbrar más bien, la zona oscura con un ligero resplandor ceniciento.