Parece que tiene un columpio, una farola y un banco de madera. En apariencia, tampoco le falta un contenedor y unas cuantas botellas de cerveza al lado de una papelera llena. Incluso se podría jurar que se oye a los pájaros piar, a una lechuza ulular y a los patos de un lago elíptico pelearse por un trozo de pan. Si no fuera porque el césped es artificial, reúne todos los requisitos (o no…) para ser el Parque del Capricho, el de La Bombilla o el del Buen Retiro. Pero en estos apacibles (o no…) jardines públicos de la capital, no se reúne cada noche un ciberacosador sexual con su víctima menor de edad, como sucede en el parque que, hasta el 11 de marzo, se ha instalado en el Teatro de la Abadía de Madrid para representar Grooming, la última obra del dramaturgo Paco Bezerra.

Una obra cibernética sobre el acoso sexual

“Es la función que escribí después de ‘Dentro de la tierra’”, señala el joven autor. Hasta ahora, todo lo que el ganador del Premio Nacional de Literatura Dramática había escrito estaba ambientado en el campo –“quizá porque yo soy de un pueblo, todo rodeado de invernaderos”. Sin embargo, cansado de la etiqueta de “autor rural”, se autoimpuso el reto de hacer algo que le alejara de las huertas de su Almería natal: una obra cibernética inspirada en una noticia de actualidad. Un día leí en un periódico la transcripción de una conversación virtual entre una chica y un hombre que se hacía pasar por menor para hablar con adolescentes en un chat, y me resultó dramáticamente interesante.”

Gracias a este reportaje –publicado en El País en 2007 –el autor se enteró de que grooming es el nuevo término que la Reserva Federal nos ha prestado para referirnos al acoso sexual a menores a través de una red social. Un mal que, aun estando cada vez más presente en los medios de comunicación, todavía no había irrumpido sobre ningún escenario.

Las parafilias

El director de La Abadía, José Luis Gómez, ha sido el encargado de trasladar, de forma sencilla (o no…), el texto de Bezerra a las tablas. Con la ayuda de austeros elementos audiovisuales y escenográficos, se narra la historia de Carolina (Nausicaa Bonnín), una adolescente de 16 años (o no…) a quien un cuarentón (Antonio de la Torre) le obliga (o no…) a tener un encuentro real fuera del chat. Se citan, a última hora de la tarde, en el rincón solitario de un parque. Allí nada es lo que parece ser, y lo único que queda claro es que víctima y verdugo, además de ser intercambiables, son dos enfermos mentales. “De lo poco que cuentan los personajes, enseguida se atisba que sus relaciones familiares han sido difíciles –sugiere Gómez –. Y, se quiera o no se quiera, el eslabón fundamental de la cadena neurótica es el parental.”

Cuenta el miembro de la Real Academia Española (RAE) que todos tenemos un punto de neurasténicos; pero, si su equipo de trabajo acudió a la consulta de un psiquiatra, no fue para sentarse en su sillón, al menos en esta ocasión. “Nos dio bastante información acerca de los aspectos clínicos de las parafilias, y encomió la forma extraordinariamente certera con que el autor había dibujado a los personajes –apunta el director –. Pero no creo yo que Paco Bezerra se haya puesto a estudiar manuales sobre cómo son los rasgos caracterológicos y comportamentales de los parafílicos… Lo que da vida a sus personajes es la calidad del escritor. Lo clínico no da ese perfume.

Bezerra y Alicia en el país de las maravillas

Con todo, oyendo hablar al aludido, cualquiera diría que, mientras escribía Grooming, se sacó un master en desviaciones sexuales. Existen cientos de parafilias que van desde las más comunes, como la pederastia, la zoofilia, el voyerismo, el masoquismo o el exhibicionismo; hasta las menos usuales, como, por ejemplo, la keraunofilia –el placer sexual aparece sólo con rayos y truenos en el cielo –, la hibristofilia –sólo se excitan con los malos de la película –, el gomfipotismo –necesitan contemplar los dientes para ponerse calientes –o el canibalismo –si no devoran a tu pareja, ¿qué gracia tiene?” Y un sinfín de -ismos y -filias más entre los que, por aquello de que los griegos aún no tenían ADSL, se cuela el grooming o ciberacoso sexual.

Le cuenta Carolina a su hostigador que, médicamente, su enfermedad no tiene solución. El único arreglo es reconocerlo (o no), y, como la Alicia en el país de las maravillas a la que alude el texto, dejarse caer por una madriguera hasta chocar contra el suelo. “Es un gran compendio de metáforas sobre el despertar del individuo al saber trascendente –aclara Paco Bezerra –, entendiendo trascendente como el conocimiento de algo que estaba oculto y que empieza a saberse”. Una apostilla que hubiera sido de gran utilidad (o no…) a los que, al ver sobre el escenario a Antonio de la Torre disfrazado de Conejo Blanco, salen de la función algo despistados. Muy decididos, eso sí, a revisar a fondo la obra de Lewis Carroll.