La obsesión por una satisfacción sexual al margen de lo socialmente aceptado, a través de un teatro de disertación, de artículo periodístico con informe frío... y muy pocas situaciones dramáticas. Se corrompe el necesario fluir de la acción dramática a favor de unas interpretaciones artificiales, externas, sin sentimiento: no hay manera de comunicar con estos personajes, de identificarse con ellos, pues se ha escogido un camino en exceso racional, de formas más que de emociones.

Sin embargo, tras este fenómeno de creación sumamente calculada, en exceso automatizada por un joven autor y un veterano director en rara armonía, se esconde una bomba de tiempo; se agazapa un oscuro paisaje de sensaciones y sentimientos que no dejan indiferente.

Pasiones realistas, caminos cruzados

Primera parte vivencial, recortada y montada sobre una base incómoda: el personaje masculino atrapa a Antonio de la Torre y lo amordaza, lo obliga a comportarse de una manera externa, pues interpreta un papel dentro de otro: el hombre que ha de ser lo que necesita ser, perdido en la compulsión sexual hacia niñas pequeñas y una jovencita maravillosamente interpretada por Nausicaa Bonnín.

En la primera parte vivencial se combinan estupendamente situaciones realistas como la de los momentos de sumisión —fellatio incluida— con los entrecortados discursos cinéfilos de quien quiere hablar y habla lo que le da la gana, pues se crece en su excitante situación de dominar la voluntad de una criatura sumisa, angelical, indefensa, vulnerable y a la postre sorprendente.

Demasiada disertación sin matices

Cuando se impone el desarrollo de una nueva situación, la actriz-personaje empieza a transformarse. Parece que nace un nuevo circuito. Que la emoción va a adueñarse de la escena o, al menos, a expandir un poco de sincero erotismo o espontáneo suspense. La escena es bellísima, formidable en su poderosa brevedad: de pronto, la joven Carolina se mueve por el parque con mayor seguridad, y en ese parque-prisión, parque-campo de concentración (emocionalmente hablando) abre una puerta para fumar un cigarrillo y dejar que el viento remueva su corta falda; sus muslos adquieren nuevo protagonismo, su voz, y el cuerpo vencido del hombre antes dominador.

Y allí se detiene el alto clímax hasta llegar al rotundo final, pues el desarrollo de la función opta por dar mensajes periodísticos acerca del significado del grooming y luego, con texto más largo aún, sobre las parafilias. Y la densidad dramática se torna torpe, congela y distrae; hay que seguir a pies juntillas la palabra de la mujer que transforma la energía de su personaje porque lo dice la letra, pero nunca su propio dinamismo. Y este cronista echó mucho de menos el gran teatro en el que la palabra es el palpitante corazón de los personajes a través de un crecimiento dramático y no de informes convencionales.

Grooming: extraño viaje hacia un final perfecto

Un teatro más discursivo que palpitante, con más ideas que personajes bien desarrollados. No obstante —en una creación muy extraña por parte del director; de hecho nunca le vi jugar con estas contradicciones—, en el tramo final, a partir de una sucesión de pantallazos, el clímax se recupera, y la línea maestra se impone: un batido de ensueño y claustrofobia, de persecución y ansia de libertad; un deseo de matar, una fantasía alucinante, un contenedor entre mágico y fatal... una pala de acero para cavar... Todo esto se suma hasta adquirir una dimensión más compleja, tenebrosa, que expande susurros en el espectador tiempo después de abandonar la sala.

Un sala que algunos espectadores abandonan a disgusto, con la sensación de haber visto un ensayo, una obra inacabada, pretenciosa, con apariencia de hermética; en muchos aspectos se trata de una experiencia teatral frustrante en la que se da muchísimo menos de lo prometido en su dossier y rueda de prensa.

Pero forma parte, a su vez, de otra experiencia teatral inquietante: la de dejarse llevar por el poder de la imaginación, como si lo presenciado no fuera más que un prólogo salpicado de obsesiones con las que cada espectador habrá de vérselas después de la función. A solas con su imaginación y su recuerdo de sí mismo más que de estos seres escénicos apenas apuntados, sin auténtica dimensión de personajes.

En el Teatro de La Abadía, hasta el 11 de marzo, Grooming, una obra teatral de Paco Bezerra con más pretensiones que logros; demasiada sugerencia y poco contenido, con una dirección del maestro José Luis Gómez en exceso fría, demasiado temerosa de caer en el melodrama o el gran guiñol. Ambas deficiencias aportan una experiencia tan frustrante como interesante. Tan helada en su recorrido como enormemente sensual en el final en el que uno de los dos personajes al fin "parece" desnudarse, al fin "renace" de tanto discurso y enfriamiento teatral... y sonríe por primera vez, y lo hace con una sonrisa placentera, aunque exprese una satisfacción muy parecida a la muerte.