Una antiquísima cultura como la localizada entre las cuencas del Tigris y el Eufrates, la mesopotámica, que inventó la escritura y la rueda, la división del día en 12 horas, la astrología y tantos otros elementos que aún perviven, se caracterizaba por manifestar una devoción absoluta hacia los dioses que, según su fe, regían la totalidad del Universo.

Los dioses mesopotámicos tenían las virtudes y los defectos de los seres humanos. Así, se enamoraban, se aburrían, se embriagaban, hacían la guerra e incluso, en el caso del descenso de Innana a los infiernos, podían morir.

Aunque a lo largo de la historia el panteón evolucionó notablemente, algunas de las divinidades de esta cultura mantuvieron un lugar preeminente, y de alto valor simbólico, durante miles de años.

El Cielo y su hijo

Anu, el dios del Cielo, fue originariamente el dios principal, pero su papel fue pronto relegado por la influencia y el empuje de sus propios hijos, en especial Enlil. Esto no significa que no fuera respetado como padre de los dioses, y se levantaron en su honor importantes templos, incluido un zigurat en Uruk.

Enlil, el hijo de Anu, tomó el relevo como líder de los dioses mesopotámicos, ya que separó al Cielo (Anu) de la Tierra (Ki). Su nombre significaba “Señor del Viento”, y en este sentido se le relacionaba con las tormentas, y las tempestades. Enlil fue quien, cansado del ruido de la primera humanidad, desató el Diluvio Universal con intención de destruirla, y fue también quien causaba periódicamente inundaciones, cambiando a voluntad el curso de los ríos. El santuario más importante que se conoce hasta la fecha consagrado a Enlil es el Ekur de Nippur.

El dios sabio

La Triada mesopotámica está formada por los tres dioses más influyentes del periodo arcaico: Anu, Enlil y Enki. Enki es la divinidad asociada a la sabiduría, a las artes y la escritura, es quien crea a la Humanidad para servir a los dioses, quien salva a Utnapishtim (el Noé bíblico) del diluvio provocado por su hermanastro Enlil, y quien salva a Innana de su muerte en los Infiernos.

Como dios del agua, le estaba consagrada la ciudad de Eridu, donde se encontraba su morada, el Apsu, y donde ejercía su responsabilidad de guardar los Me, o Leyes Divinas.

La divina Innana

Si la Triada estaba formada por divinidades masculinas, no es menos cierto que en el panteón mesopotámico tuvieron gran protagonismo las diosas, en especial Innana, a quien se le construyó un zigurat en Uruk, y en cuyo honor se celebraban importantes festivales en toda Mesopotamia.

Innana fue la diosa de la fertilidad y del amor, pero también de la guerra. Era hija del dios de la Luna y hermana del dios del Sol, y se atrevió entre otras imprudencias, a robarle a Enki los Me y a descender al mundo de los Infiernos –gobernado por la terrible Ereshkigal, su hermana-, aun a riesgo de no poder regresar a la superficie. Una vez en el inframundo, fue ajusticiada y colgada de un gancho, pero la sabiduría de Enki pudo rescatarla y, tras una serie de peripecias, recuperó su vida y regresó a su trono.

Ereshkigal: Reina entre los muertos

Raptada en su juventud, esta hija del dios Anu vivía en el Infierno sin más compañía que las almas de los muertos. Según el mito, logró que Nergal, su marido, compartiera con ella el gobierno del Inframundo, donde su voluntad era ley. Mató a Innana por atreverse a bajar a sus dominios sin permiso, pero aceptó que ésta regresara a su hogar si enviaba a alguien para sustituirla, papel que correspondió al marido de Innana, Dumuzi.