El cine de Claude Chabrol suele promulgar el gusto por ese clasicismo formal que asentaron grandes cineastas como Fritz Lang o Alfred Hitchcock. No sólo en la apuesta por la forma siguió Chabrol la estela de los cineastas que admiraba, también y, en cierta medida, cogió el testigo creando personajes intrigantes y ambientes cargados de tensión psicológica. Es probable que, "Gracias por el chocolate" contenga algunas de las imágenes más conseguidas del director galo, y también sea un claro ejemplo para subrayar las características indispensables de su cine.

El legado literario en Chabrol

El poso de escritores realistas como Flaubert o Balzac en el cine de Chabrol está ligado, sin duda, a un retrato irónico de la sociedad burguesa. Aún existiendo un distanciamiento temporal que supera los cien años, los acontecimientos, personajes e incluso diálogos que Chabrol muestra en sus películas de temática contemporánea, bien podrían salir de las páginas de algunas novelas de los literatos antes citados. La hipocresía del mundo burgués está tan presente en los ceremoniales eventos de la escena "chabroliana" como en los concurridos salones parisinos de las narraciones costumbristas del siglo XIX.

Un cine en las provincias

Otra de las características del cine de Chabrol, también abastecida con pinceladas de la novela realista, es el entorno provinciano de sus películas. La cámara se suele alejar de las ciudades más concurridas y cosmopolitas para adentrarse en la autóctona campiña francesa. Allí se construye "Gracias por el chocolate", tras los muros de un palacete donde irán surgiendo intrigas y acciones inexplicables que sugieren, y más tarde revelan definitivamente, el lado más perverso de la mente humana. Carreteras comarcales zigzagueantes que enlazan grandes villas con pequeñas ciudades sirven como coartada para el asesinato.

En Chabrol, los rostros jubilosos de los habitantes de provincias, la armonía que se respira en la vida campestre o la placentera y pacífica relación entre familiares, esconden rincones de malicia y momentos de tensión más terroríficos que cualquier película encorsetada en ese género.

La ambiguedad en el cine de Chabrol

En esta película, una mera anécdota desencadena la urdimbre malévola que se va tramando alrededor de la historia. Vuelve a ser lugar común en el cine del francés la mascarada ocultando la maldad, intrigantes juegos psicológicos bajo la dulzura, la amabilidad o la distinción de las apariencias. La simple acción de tomar un tentempié es suficiente para preparar la trampa y que el espectador sienta el suspense. En ese termo amenazador, el chocolate no pierde ni el calor ni su intenso aroma, y además, oculta el sabor de la muerte, al igual que, un rostro amable y angelical puede disfrazar de bondadosas intenciones lo que en realidad son oscuros y perversos instintos. Con este doble juego moral Chabrol expone sus verdaderos intereses cinematográficos. Ahí radica su esencia, en diseccionar como un entomólogo la inclinación del ser humano a realizar el mal.

Isabelle Huppert

Un apartado en el artículo merece la gran Isabelle Huppert, musa de Chabrol en 7 películas, y una de las actrices europeas que demuestra su talento y solvencia con cada filme. En "Gracias por el chocolate", es ella quién compone el personaje ambigüo que encarna el mal. Mika (Huppert) maneja con astucia el juego maquiavélico en el que se verán envueltos el resto de personajes. Tramará el destino de sus vidas durante segundos, mientras el pianista golpea con precisión las teclas del piano, ella, no con menos precisión, teje con las agujas un chal similar a una tela de araña.

En uno de los mejores momentos de la película, con el rostro inocente, casi infantil, hundido sobre esa prenda o "trampa" que tejió, afirma: "Yo en lugar de amar, digo Te amo, y la gente me cree", es la revelación final que ofrece a su marido el personaje de Huppert, tan dulce como afligida, mientras las lágrimas se resisten a caer de unos ojos ausentes.

La elegancia de un clásico

Es prodigioso el último plano de esta película, capital para sintetizar la "moraleja" de la historia y, visualmente de una elegancia exquisita. Las palabras acaban y la imagen del marido, que comienza a arrancar solemnes notas al piano, se barre del encuadre hasta el rostro de Isabelle Huppert en primer plano. Sus labios sellados, sus ojos, de donde ahora si brota un torrente de lágrimas, desenmascarados por un rostro descompuesto. Chabrol aguanta ahí la cámara para que el tiempo fílmico-real mantenga viva la emoción del momento. El mal ha sido descubierto, derrotado por una vez, y entonces, el personaje que lo encarna se vuelve vulnerable, timorato y huidizo, su cuerpo comienza a enroscarse sobre si mismo, atrapado por la tela de araña. Con delicadeza en el movimiento, la cámara invisible de Chabrol sube hasta el techo para descubrir la escena; el aislamiento de Mika, el mal derrotado se presenta luminoso, en una ceremonia fúnebre, a los acordes de una música que lo sepulta.