El alemán Karl Georg Büchner vivió sólo 23 años en los que desplegó notable capacidad para muchas disciplinas, adelantándose a corrientes artísticas que tendrían gran fuerza entre 30 y 50 años después de su muerte: el expresionismo, el teatro del absurdo, el fenómeno social del teatro de Bertolt Brecht. Sólo escribió tres obras de teatro de las que Woyzeck es la más representada. La puesta en escena de Gerardo Vera en estupenda versión de Juan Mayorga, aprovecha todos los elementos de los que el autor fue precursor y por el escenario parece deambular él mismo, perfectamente imbricado en la piel de un pobre hombre perdido en su propio infierno y en el infierno en el que le meten los demás.

La belleza de lo terrible

"La belleza de lo terrible, único modo que tenemos los espectadores de comprender lo que nos pasa, o al menos intentarlo", expresa Vera en la teoría y en la práctica, porque en esta versión ha hecho lo imposible por medir al milímetro los gestos y las emociones de su extraordinario reparto para que las fragmentadas escenas y los diálogos en base a monólogos breves, compactos, escalofriantes o desbordantes de sexualidad lleguen al espectador de hoy con un mensaje renovado de ferocidad y belleza: todos creen que dialogan pero en realidad todos están ensimismados, hablando consigo mismos.

La estética no puede ser más rica: sobre una base en negro y azul, espejos en los laterales, una pista circense cuadrada, hombres y mujeres miserables que padecen y gozan; se desplazan puertas correderas, un piano en escena (Mariano Marín); un bosque inmóvil que cobra vida para que los personajes se extasíen o teman; sus voces son pensamientos o sentimientos liberados en el recorrido que arrastra al pobre Woyzeck que se busca a sí mismo entre diversos tormentos.

Un soldado que se ha convertido en el barbero del cuartel donde un capitán (Jesús Noguero) lo mismo le elogia "eres un hombre bueno" que le atormenta apuntándole a la cabeza con un arma o advirtiéndole que carece de virtud, de moral; pero Woyzeck (Javier Gutiérrez) replica con certeza: "los pobres no tenemos virtudes, cuesta mucho sudor ganar el pan". Raptos de lucidez en quien está en manos de un médico (Helio Pedregal) —médico eximio fue el padre del autor, médico él mismo estuvo a punto de ser— que le ve volverse loco, deambular como alma en pena con voces en la cabeza y debilidad creciente, toda una tragedia que aplaude ante sus discípulos, ya que considera un éxito "la vida de este hombre que lleva 92 días alimentándose con guisantes" .

El sexo y la muerte se desbordan

Woyzeck aumenta su ansiedad, su deambular como en una pista circense en cuyo centro una mujer (Lucía Quintana) hace el amor con gozoso desenfreno; lo hace con un soldado, no con Woyzeck con quien tuvo un hijo sin casarse y ni siquiera viven juntos. Los celos no le atormentan. Lo que le atormenta es que se desborden las pasiones mientras él permanece dando vueltas, víctima del militar y el médico. Y cuando ya no puede más y mata a cuchilladas cae en un abismo autodestructivo; sin embargo, cuando el capitán y el doctor ven el cadáver, sin saber siquiera quién fue el culpable, se felicitan del descubrimiento, les encanta el resultado: "un hermoso asesinato", "un asesinato todo lo bello que puede llegar a ser".

El coito desenfrenado está montado con la pareja de pie, merced a una coreografía precisa y muy bien lograda por los actores: vestidos, él es el partenaire que la lleva y la abraza y besa, la deja y la retoma; ella es la muchacha encendida, meramente escotada en la que sólo parece que saldrán sus pechos y siempre dice "más" y se deja enlazar, se trepa al soldado mientras Woyzeck, que ni es marido ni vive con ella, pues prefiere vivir en el cuartel donde le humillan una y otra vez, lo ve todo y sufre. Pero no por clásicos celos, sino porque en el gozo libertino de la mujer vislumbra la perdición de su vida miserable, en el gozo de alguien que tuvo en sus brazos pero ya no puede dominar, ve su propio fin: el fin de un pobre hombre a merced de las despiadadas circunstancias que le han tocado en suerte.

La compañía que da vida a todos estos elementos tiene un nivel muy alto de talento y creatividad, tanto en los actores ya mencionados, como en los escenógrafos y músicos. Pero llama la atención la reaparición de una anciana actriz que hacía tiempo no veíamos después de larga y maravillosa trayectoria: Ana María Ventura, desde los años 40 en teatro, cine y televisión.

Su última aparición teatral fue en Doña Rosita la soltera, de García Lorca, en el 2004: actuación por demás humorística que se llevó las mayores ovaciones. Esta actriz admirable, primera esposa de José Luis López Vázquez, tiene aquí varias apariciones breves, mudas algunas, otras "pronunciadas" con su aún firme voz, pero sobre todo tiene el poder de hipnotizar al espectador con el relato de un niño y su soledad en un mundo cruel. Un tono, una emoción contenida, un desgarramiento suspendido en la altura justa de la poesía de una gran actriz que envejece en escena con un encanto superior.

Un espectáculo que merece ser visto y debatido, pues de todo hay en él para hacer surgir reflexiones ante los temas que despliega, desarrollado sobre una escenografía de Max Glaenzel y Estel Cristià, y Silvia de Marta como ayudante.

Un acontecimiento teatral donde la grandeza de sus componentes hace posible eso tan difícil en este arte: la armonía absoluta de muchos lenguajes para llegar a la cabeza y el corazón del espectador.