Georges Simenon (1903-1989) vivió 86 años con mucha intensidad, con una capacidad insobornable para escribir como sentía, y fumar su notable colección de pipas, interesarse profundamente por la conducta humana y amar a la mayor cantidad de mujeres posibles. Una visión melancólica y a menudo trágica de la existencia no le impidió amar a las mujeres con la misma sensualidad irresistible con que las amaba en la ficción de sus novelas.

Simenon: un triunfador que nos mira perplejo

Taciturno y apasionado: dos extremos que en él confluían. Misterioso a más no poder, nació un viernes 13 de febrero en Lieja, Bélgica, pero por superstición fue declarado como nacido el 12. Como si la marca del infortunio pudiera borrarse tan fácilmente; a Simenon le alcanzó la buena fortuna profesional y económica, y en los aspectos sentimentales generó más desgracias que felicidad. Sin embargo, hoy, a 23 años de su muerte la legión de seguidores es infinita. Un gran escritor con un dominio extraordinario de la síntesis y la creación de panorámicas sociales y psicológicas admirado en el mundo entero.

Bastantes películas se realizaron en Francia, donde lo tomaron como propio, por el solo hecho de escribir en francés, pues nació en Bélgica y murió en Lausana, Suiza, escribiendo siempre, incapaz de identificarse con ninguna patria: sólo le interesó la conducta humana, la dificultad del ser humano por abrirse camino y resistir las tempestades sociales y económicas, así como el amor y el deseo, dos constantes en sus 192 novelas publicadas bajo su nombre y más de 30 publicadas con alrededor de 25 seudónimos.

Hoy puede asegurarse que las ediciones de sus libros en diferentes idiomas superan los 600 millones de ejemplares y hay más de 50 películas basadas o inspiradas en sus numerosas novelas; la mayoría en Francia, desde 1932 en que se rodó la primera, La nuit de carrefour, pero las hay de todas las nacionalidades, incluidos países hispanoamericanos como México o Argentina.

Un recorrido con sabor a pasión, a placer, a muerte...

Una obra tan interesante como la de Simenon carece de aristas, recovecos, altibajos, pues siempre prevalece el factor humano, el interés hacia los personajes, las situaciones sociales, la dificultad para mantenerse en pie contra viento y marea y una inmensa piedad por los desafortunados, los desesperados...

Desde luego en su obra hay dos sectores muy diferenciados. Por un lado el escéptico humanista, Inspector Maigret, buen degustador de alimentos exquisitos, fumador, como el autor, preferentemente en pipa, y más interesado por las constantes morales y psicológicas que por los devaneos contra la ley burguesa.

Y por otro lado, buenas novelas con un espíritu de serie noire donde no interesa la investigación policial, a tal punto que no suele haber inspector de policía ni detective: sólo gente marginada o a punto de serlo: triángulos amorosos con sobrecarga de angustia, conflictos de intereses, soledades que apenas se comprenden a sí mismas después de muchos años de existencia, mujeres hermosas, bondadosas y rara vez terribles, siempre a los ojos de hombres temerosos que han de luchar denodadamente por hacerse un lugar en el mundo.

La habitación azul, "un momento en que todo era verdad"

La producción de Simenon es numerosa, tanto con el Inspector Maigret como protagonista como sin él: en la mayor parte de su obra vamos a encontrar un paisaje humano narrado en un tono de irresistible encantamiento; gran creador de atmósferas, los conflictos criminales o lindantes con el crimen surgen de emociones entre las cuales hombres y mujeres intentan hallar su propia voz.

¿Un ejemplo? Comienzo de La habitación azul, un punto de arranque muy seductor para desarrollar una historia inquietante que irá de sorpresa en sorpresa:

"— ¿Te he hecho daño?

— No.

— ¿Te has enfadado?

— No.

Era verdad. En aquel momento todo era verdad, porque vivía la situación en estado bruto, sin preguntarse nada, sin intentar comprender, sin imaginarse que llegaría un día en que habría que intentar comprender. No sólo todo era verdad, sino que además todo era real; él, la habitación, y sobre la cama deshecha, Andrée desnuda, con las piernas abiertas, con la mancha oscura del sexo de la que salía un hilillo de esperma.

¿Se sentía feliz? Si se lo hubieran preguntado, hubiera respondido sin vacilar que sí. No se le ocurría enfadarse con ella porque le había mordido el labio...

— ¿Te va a preguntar tu mujer qué te ha pasado?

— No creo.

— ¿Nunca te pregunta nada?".

Georges Simenon, un sinfin de palabras persiguiéndose para hallar la mejor forma de contar historias manteniendo el misterio más profundo del amor y del deseo: atmósfera, sutileza, intriga... La delicada belleza de aquello que el hombre puede amar de modo fugaz, sin posibilidad alguna de imitar a ningún dios.

El ser humano víctima de sus pasiones y a la vez heroico personaje en algunas aventuras singulares; muchas obras en las que descansar de la vida de cada día para profundizar en aspectos que por lo general no se tienen en cuenta; recomiendo cualquier título del Inspector Maigret, y cualquiera de las novelas que pergeñó a lo largo de más de setenta años: La nieve estaba sucia, El negro, El tren, La habitación azul, El gato, El hombre que miraba pasar los trenes, Monsieur Hire. La anciana señora de Bayeux, La ventana de enfrente, Carta a mi juez...

Georges Simenon: un mundo que nunca defrauda escrito por un belga que desconfiaba de los nacionalismos. Francia se lo apropió, pero él prefirió ser de ninguna parte y morir en Suiza.