Tras una larga trayectoria de buscadora de tesoros teatrales, Nuria Espert es hoy, con 76 años, un modelo de disciplina, de pasión por su trabajo encaminado a nuevos territorios. De hecho, tras dirigir a otros actores en otros países, y tanto en España como en el extranjero también espectáculos operísticos, en las últimas temporadas hemos podido encontrarla en obras antaño inimaginables: una farsa francesa, un gran melodrama español, un monólogo isabelino en el que encarna a hombres y mujeres, y ahora ensaya un drama psicológico del siglo XX, género en el que apenas se prodigó.

Los directores son distintos cada vez, ríe y disfruta ahora más que antes. Se siente espléndidamente joven, los premios continúan y la sombra de su marido, hace años fallecido, le sigue susurrando palabras de aliento.

La más grande, "un monstruo", una diva, un encanto

En las distancias cortas, Nuria Espert transmite la misma sensación que en escena, pero como una amiga más: fortaleza y sensibilidad. Este cronista la ha visto emocionarse ante serias dificultades de su vida, tomar el hombro del desconocido que está a su lado, y susurrar palabras de ánimo en voz alta: "Los buenos sentimientos hacia las personas que los merecen siempre son una corriente de amor hacia nosotros mismos, un respeto, un estímulo para seguir viviendo".

En los últimos años se podía haber permitido cuanto quisiera; si la hubiera pillado cansada, su prestigio internacional en el campo de la dirección escénica de obras y óperas le hubiera permitido un sereno recogimiento. Pero "la Espert" necesita la acción por encima de todo, sentirse viva, resplandeciente y derrotada día a día en ensayos que le exijan más y más, "tuve que dejar la ópera porque era un recuerdo muy doloroso de mi marido, quien me introdujo en ese conocimiento maravilloso. Además el mundo de la ópera es terriblemente distinto a lo que parece: no hay tiempo para comunicarse, para crear afectos, todos vamos de aquí para allá por pocos días para confabularnos en un espectáculo grandioso, sin tiempo para nosotros mismos, y yo no sirvo para vivir así, necesito el calor humano, la amistad que se reafirma y los amigos nuevos".

El divismo de Nuria Espert no es el antiguo de la prima donna, altiva y caprichosa, sino el de una diosa de andar por casa, en pantuflas; sus admiradores dentro y fuera de escena son legión. Todos la pretenden y ella siempre ha sido solidaria, muy solidaria. Y en silencio. Sin estridencias. Cuando fue a ver Agosto, lo hizo con Gerardo Vera, el director de esa gran obra y de la que prepara ahora, La Loba: daba gusto verla corretear por la sala, entusiasmada, hablando con su director, dirigiéndose a camerinos, donde felicitó a todos con gran emoción y especialmente a Amparo Baró.

Farsa, España negra, monólogo de Shakespeare...

Nada le es ajeno, y luchar contra las dificultades de los textos le hace sentirse viva, con esa eterna juventud de quien nunca abandona la sed de conocimiento. A muchos les costó verla despatarrada, basta y caricaturesca en Hay que purgar a Totó, del maestro del vodevil Georges Feydeau, y fue un acontecimiento nacional e internacional verla junto a Rosa María Sardá en La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, de quien en los 80 había hecho una versión extraordinaria de Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, así como inolvidables recitales junto a Alfredo Alcón.

Luego convenció al gran productor Juanjo Seoane para que la apoyara en un invento dificilísimo: La violación de Lucrecia, poema dramático de Shakespeare que, en versión y dirección del joven director Miguel del Arco, fue escogido por ella cuando recién empezaba a volar con fuerza: un triunfo muy grande para una mujer representar a la violada y el violador, padecer un acontecimiento histórico aquí y ahora con su capacidad de dolor, odio, seducción y ternura.

En la entrada a camerinos de María Guerrero fácil es encontrarse algunas tardes a integrantes del actual elenco conversando animadamente. No es para menos: disfrutan mucho al preparar un espectáculo, que en el ambiente artístico y periodístico —y en el de los propios teatreros que van agotando las localidades— se adivina como el último acontecimiento de la temporada que reúne varios ases: gran teatro psicológico del siglo XX, la última puesta del año de Gerardo Vera y admirables compañeros de reparto: Carmen Conesa, Héctor Colomé, Víctor Pradera, Jeannine Mestre y, entre otros, la revelación masculina de Agosto: Markos Marín.

Expectantes ante la dificultad del personaje (interpretado por Bette Davis en 1941), hay gran ilusión por presenciar esta "mirada teatral" sobre la perversión capitalista (con escenografía del propio director y vestuario de Franca Squarciapino) encarnada por primera vez en un protagonista femenino. Ni antes ni después apareció un autor que se ocupara de ello. Tuvo que ser Lillian Hellman, en 1939, quien desafiara el orden establecido, imponiendo en una mujer todo encanto y perversión al frente de una feroz explotación económica: Regina Hiddens.

Desde el 20 de abril al 10 de junio en el María Guerrero. Entradas en venta en taquillas del propio teatro y del Valle Inclán, y por Internet en servicaixa.