Armando Discépolo fue un admirable dramaturgo y director teatral (Buenos Aires, 1887-1971), autor de obras teatrales en las que supo mostrar las miserias de un orden social despiadado, a través de personajes miserables, inmigrantes en Argentina, aplastados por una realidad social asfixiante en la que sucumben sus sueños.

Armando Discépolo creó un estilo propio, llamado "grotesco criollo”, que desde entonces se afianzó como uno de los principales estilos creativos del teatro y del cine argentinos, y del espectáculo dramático en general, un estilo paralelo al grotesco creado por Luigi Pirandello (Sicilia, 1867-Roma, 1936): "un mundo tragicómico en el que sus miserias morales y sociales mezclan la risa y el drama hasta el límite de lo soportable".

Juvenil pasión por el teatro

Nació el 18 de septiembre de 1887, fue el mayor de los cinco hijos de Enrique Santos, un napolitano que llegó a la Argentina antes de cumplir 20 años y que dirigió la primera Banda Municipal. La casa de los Discépolo estuvo signada por la vocación artística de la familia, a tal punto que uno de los mayores dramaturgos argentinos, si no el mayor, Armando, y su hermano Enrique Santos, "Discepolín" surgieron de ese hogar. Enrique fue actor de cine y teatro, autor teatral, poeta y letrista de tango; murió prematuramente a los 50 años: había sido iniciado en lides escénicas por su hermano mayor.

Desde sus primeros años Armando manifestó pasión por el teatro. Pero a los 18, cuando muere su padre, decide dedicarse por entero a la profesión. Tuvo la buena fortuna de que Pablo Podestá, el actor más importante del momento, se entusiasmara y aceptara interpretar su primera obra teatral: Entre el hierro. Fue un gran éxito

A partir de entonces, Discépolo escribió a razón de una o dos piezas por año, entre las que destacan La torcaza, El novio de mamá, el vodevil La espada de Damocles y El movimiento continuo. En esta última aparece por primera vez la palabra "grotesco" en la escena nacional: corría 1916 y faltaban seis años para que en el país se conociera a Luigi Pirandello (lo que desmiente la versión de que el grotesco criollo devenga del genial autor teatral siciliano: se crearon al mismo tiempo, aunque cada cual con sus propias preocupaciones).

Se va el autor, llega un director

Luego llegaron sus obras más reconocidas: Mustafá, Giacomo, Muñeca, Mateo, Babilonia, El organito, Stéfano, Cremona y Relojero, escritas entre 1921 y 1934. Todas ellas comparten atmósferas depresivas y la exaltación de las contradicciones de sus protagonistas, que detrás de una máscara de absurda comicidad, sobrellevan un profundo dolor y viven aferrados a un tiempo avasallado por un "progreso social" que nunca los tiene en cuenta; por el contrario, los asfixia.

En Babilonia, obra en un acto estrenada el 3 de julio de 1925 en el Teatro Nacional de Buenos Aires, Discépolo plantea dos mundos irreconciliables: en la cocina ubicada en el sótano de una casa señorial, donde se desarrolla la acción de la obra, los criados –todos inmigrantes menos el mucamo– trabajan incansablemente para que la fiesta de compromiso de la joven dueña de casa sea un éxito. A pesar de tan intensa labor, salen a la superficie situaciones de generosidad y sacrificio, oscuros rencores, amores y traiciones. Cabe destacar que los patrones –un detalle no menor– fueron en el pasado tan pobres como los criados pero tuvieron la suerte de revertir la situación y adquirir poder y fortuna.

Discépolo supo mostrar las miserias de un orden social muy despiadado e injusto a través de la teatralización de la vida cotidiana de humildes, fracasados e inmigrantes, creando el "grotesco criollo", primera y más auténtica expresión del teatro nacional. En 1934 pone en escena Relojero, que fue la última que escribió, ya que a partir de allí se dedica a la dirección y a diversas expresiones culturalesl. Eligió obras de Payró, Tolstoi, Somerset Maugham, Chéjov, Bernard Shaw y Shakespeare, y dirigió a los actores más importantes de su tiempo.

"He dejado de escribir porque consideré que ya había expresado mi experiencia y mi visión del mundo del inmigrante. A partir de entonces me dediqué a dirigir obras para contar las mejores historias de otros autores. Nunca más tuve la tentación de escribir, pero siempre mantuve la tentación de la perfección, ya que el director teatral es el máximo responsable de las virtudes y los defectos logrados en escena".

Cuando se quiere encontrar un referente del gran teatro argentino, frente a maestros del drama psicológico como Edmundo Eichelbaum y Carlos Gorostiza, o del realismo como Roberto M. Cossa, se erige, magistral, Armando Discépolo, representante de una época que duró muchos años, con personajes que hablaban "cocoliche" (jerga de italiano y español con modismos argentinos): una consagración de la lucha por la vida por todos aquellos que fracasaron en una conquista de América que él sí consiguió, aplaudido y respetado creador de un teatro con categoría universal.