En la función que recientemente vi de Hamlet, Alberto San Juan tuvo una mala caída hacia la mitad de la representación, pero nada le detuvo: siguió adelante renqueando. Su cojera estaba integrada en el personaje y al final —ya desmoronado el príncipe de Dinamarca, hasta morir en brazos de Horacio, su leal amigo— saludó completamente recompuesto después de tres horas muy intensas, con una notable flexibilidad corporal y bravía fortaleza interior.

Y en ese saludo final con toda la Compañía, sin que nadie destacara por encima de los demás, Alberto San Juan parecía un niño buscando amigos entre el público: un mero muchacho de 43 años entregado por completo al arte de interpretar la vida de los otros. Vidas que en el teatro han sido muy complejas, marcadas por diversos grados de tragedia.

Hamelin, un niño acosado sexualmente

La extraordinaria interpretación de Alberto San Juan en Hamelin, de Juan Mayorga y producción excepcional de Animalario, consistió en representar a un niño con matices asombrosos: veíamos al hombre y sentíamos al niño. Y entre ambos el acoso sexual, el despertar sexual inquietante de un niño a merced de un falso pederasta y otro que sí lo es, protegido por su rango social. Mientras se veía su trabajo recordé la frase de un pederasta "profesional", incluida por Alfred Kinsey en su estudio de 1948 sobre el comportamiento sexual del hombre: "No sabéis lo hermoso y excitante que es el orgasmo de un niño".

Entre el horror, las pasmosas contradicciones sociales y las posibles injusticias acerca de personas que pueden desear a un menor pero que jamás se acercarían a él... la obra discurría por caminos muy complejos ideológicamente y muy hermosos teatralmente, en una puesta en escena a cara descubierta, con muy pocos elementos, a merced del trabajo de los actores. Junto a San Juan: Guillermo Toledo, Blanca Portillo (luego Nieve de Medina), Javier Gutiérrez, Roberto Álamo, Nathalie Poza y Andrés Lima, a su vez director de la función.

El marqués de Sade en Marat-Sade

Ya sumergido en el otro extremo: la exuberante y polémica polisexualidad del Marqués de Sade en otra producción de Animalario, con otra excelente puesta en escena de Andrés Lima. La creación de San Juan tornaba fascinante al personaje y de gran interés la circunstancia política, humanista.

Sade había sido el enemigo de todos los que gobernaron Francia: tanto los burgueses prerrevolucionarios, como los Robespierre y luego Napoleón. Su obra y su vida eran un compendio de una desatada sexualidad que nadie se atrevía a asumir; en la versión de la obra de Peter Weiss, la acción histórica se desarrolla en un hospicio, protagonizada por dementes que asumen los personajes históricos: frente a la desesperada decadencia del revolucionario Marat, finalmente asesinado en su bañera por Charlotte Corday, Sade auspicia el libertinaje, el placer desenfadado y criminal de un arte de amar a través del placer desbocado, incluido el dolor físico, aunque siempre pactado con los asistentes a su fiesta.

Alberto San Juan aportó a su Marqués de Sade una carga de arrebatadora sensualidad, capaz de crear una gran complicidad con espectadores de ambos sexos, de manera de exhibir en un vibrante espacio escénico la poesía y la carnalidad de las situaciones, invitándonos a participar desde el espectador activo que comprende el vértigo del deseo y sus cadencias. Y todo dentro de un Marat-Sade que provocó inolvidables emociones.

Más adelante fue Tito Andrónico, de Shakespeare, en un descarnado trabajo ahogado por una desafortunada puesta en escena de Andrés Lima, quien le recuperó con mucha brillantez para El montaplatos, de Harold Pinter, junto a Guillermo Toledo. También participó en otro Pinter: Traición. Y hasta el 29 de julio continuará en Matadero-Naves del Español representando un Hamlet con muchos altibajos, pero suficientemente interesante como para seguir a San Juan en una creación incomparable con excelentes interpretaciones por parte de Javivi Gil Valle, como Polonio y Antonio Gil destacando en muchos personajes y como director de movimiento escénico.