''Pero de la escuela populista ¿qué queréis esperar vosotros? La escuela populista es como una de esas grandes fábricas alemanas en que se produce el sucedáneo de casi todas las cosas auténticas. Surge en el mundo, por ejemplo, el fenómeno socialista. Surge el ímpetu sanguíneo, violento, auténtico, de la masa socialista. Enseguida, la escuela populista [...] produce un sucedáneo del socialismo y organiza una cosa que se llama democracia cristiana [...] Lo único que pasa es que los obreros auténticos no entran en esa jaula preciosa del populismo [...]''. José Antonio Primo de Rivera, cine Madrid, 19 de mayo de 1935.

¿Qué quiere decir ''populismo''?

Para el fundador del falangismo, el socialismo y el fascismo eran movimientos ''auténticos''. A lo largo de su discurso del 19 de mayo de 1935, agrega otra característica: ''revolucionarios''. De la democracia cristiana opina lo contrario: que es ''un sucedáneo'' y que es ''contrarrevolucionaria''. Frustra revoluciones. Deja ''revoluciones pendientes''.

Quiere decir que desde su punto de vista, el falangismo no es populista, más bien al contrario. ¿Fueron las corrientes ''populistas'' latinoamericanas un ''sucedáneo'' del socialismo o del fascismo europeo? No deja de ser interesante, que justamente una de las características de los llamados ''populismos'' latinoamericanos, sea la búsqueda de la autenticidad, entendida como ''ímpetu sanguíneo de la masa'', expresión genuina de lo popular, de las necesidades populares y de una identidad popular. Como si la advertencia de Primo de Rivera hubiese sido tenida en cuenta.

Primo de Rivera pone un ejemplo de populismo: la ''escuela'' fundada por José María Gil-Robles, por quien no deja de sentir ''simpatía'' y ''admiración'', pero que esperaría que rompiera ''con su escuela''. ¿Se llamaba a sí misma ''populista'' la ''escuela'' fundada por Gil-Robles? En realidad, fue militante de un ''Partido Social Popular''; presidió una ''Acción Popular''; fundó la ''Federación Popular Democrática'' y uno de sus hijos se integró en el ''Partido Popular''. Salvo que ''popular'' y ''populista'' fueran conceptos y términos de sentido idéntico, e intercambiables, nunca formó parte de una organización que se autodenominara ''populista''.

¿Una ''palabra-ruido''?

Guy Hermet, en Populismo, democracia, y buena gobernanza (2008), dice que este término, que se aplica de forma indiscriminada a grupos heterogéneos, sin conexión entre sí, procede siempre del bando adversario, que también es el que define sus características:

''¿A qué objeto sustancial se refieren los estudios empíricos que ambicionan delimitar una expresión del populismo? Si estos estudios solo consideran descalificarla de entrada como fenómeno político reconocido, no conforme con lo que se interpreta actualmente como la buena gobernanza democrática, basta con asignarle el adjetivo 'populista', sin definirlo, como signo de infamia''.

''[...] Si la meta del estudio consiste, al revés, en describir la materia intrínseca del populismo, la cual puede ser en su esencia distinta de los otros 'ismos', entonces hay que partir de una pre-definición del fenómeno, concebible como una hipótesis corregible mediante aproximaciones sucesivas y destinada a ser confrontada posteriormente con casos reales escogidos con el fin primordial de avanzar en este trabajo de definición''.

Un concepto de la política latinoamericana

''Populista'' en América Latina no tiene el mismo sentido que en el resto del mundo. No es sinónimo de ''mala gobernanza'' ni ''demagogia''. Tampoco ha existido un grupo que se autodenominara ''populista''. ''Populismo'' es aquí una categoría conceptual que surge al abstraer un conjunto de características comunes que se repiten en muchos, o tal vez todos, los procesos latinoamericanos. No tiene sentido peyorativo; más bien al contrario. Desde este punto de vista, los ensayistas latinoamericanos se adelantaron a los de otras partes del mundo, que todavía no consiguen definirlo, o lo usan como arma arrojadiza.

Tomemos por ejemplo la definición de ''peronismo'' que nos da Rodolfo Puiggrós, ya que este proceso histórico argentino es considerado una forma de populismo en sentido estricto. Puiggrós lo considera un ''fenómeno político-social'' de tipo ''revolucionario''. No un ''sucedáneo'', sino ''auténtico''. Como todo proceso revolucionario, se cumpliría en cuatro etapas sucesivas: la elaboración de una doctrina; la llegada al poder; la afirmación de los dogmas iniciales; la ''institucionalización'' de la revolución. En el caso del peronismo, de la ''Revolución Nacional Justicialista''.

Estas mismas características pueden buscarse fuera de Argentina, bajo el supuesto de que América Latina es una región donde se desarrollan procesos comunes. Surge así la comparación con el ''varguismo'', es decir, con el Brasil de Getulio Vargas, como hacen Alejandro Groppo y Ernesto Laclau. Esto permite comprobar que se trata de ''procesos históricos que contribuyeron a la formación de identidades políticas''; ''líderes del proceso de nacionalización del sistema político'' a partir de los años 1930; ''sin especificidad ideológica''; ''que pueden seguir caminos opuestos en su periodo de emergencia''; que se caracterizan por ''la politización de la cuestión social y laboral''.

Por último, es posible comparar al peronismo y al varguismo con otros casos, como el de Lázaro Cárdenas en México y Eduardo Frei en Chile. De esta forma, la sociología latinoamericana elabora, a partir de los años 1960, un concepto, que periodicamente somete a nuevas críticas. Para Torcuato di Tella, por ejemplo, es un ''movimiento político de amplio respaldo popular con participación de sectores sociales no obreros y sustentador de una ideología anti statu-quo''.

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