''Para hacer esta muralla,/ tráiganme todas las manos:/ los negros sus manos negras,/los blancos, sus blancas manos./ Ay,/ una muralla que vaya/ desde la playa hasta el monte,/ desde el monte hasta la playa, bien,/ allá sobre el horizonte''. Nicolás Guillén, ''La muralla'', en La paloma de vuelo popular, 1958.

La democracia racial en América Latina

En declaraciones recientes, el Secretario General Iberoamericano, Enrique Iglesias, ha exhortado a los países de América Latina para que sean pioneros en el mundo en lograr la igualdad de derechos de la población negra, esto es, la equiparación de derechos (jurídicos) y oportunidades (sociales, económicas, políticas, culturales) que se reflejen por ejemplo, en el acceso a la educación, a los cargos públicos y a la cultura.

El 4 de junio la 42 Asamblea de la ONU aprobó la Carta Social de las Américas, donde los países que integran el organismo hemisférico se comprometen a consolidar la democracia a través de políticas sociales que promuevan el crecimiento económico y el desarrollo sostenible con equidad, la igualdad de oportunidades, la justicia social y la inclusión social. Este documento complementa el contenido de la Carta Democrática Interamericana de 2001, donde por primera vez se define de forma precisa qué es un sistema democrático.

Todas estas expresiones democráticas son de las más avanzadas del mundo, y ahora el desafío es concretarlas en la diaria realidad. En 1888, Brasil fue el último país iberoamericano en abolir la esclavitud. La Constitución de 1891 estableció la igualdad jurídica entre blancos y negros, pero como no se les ofreció a los antiguos esclavos ningún programa de apoyo social ni de reparación, la desigualdad se mantuvo de hecho. No obstante, y a diferencia de lo que pasaba en otras partes del mundo, como los Estados Unidos, donde el segregacionismo se implantó de forma violenta, las leyes no imponían la discriminación. Por este motivo, Brasil pudo definirse como una ''democracia racial''.

Hoy decimos que esta idea de ''democracia racial'' quedó en ficción -aunque no en ''mito''-, porque, durante todo el siglo XX, en un país donde el 48% de la población era negra, -el segundo país de mayor población negra del mundo después de Nigeria- solo el 12% pudo acceder a las universidades, pero apenas el 0,5% a las universidades elitistas. En forma paralela, tanto Brasil como otros países de población afro de América Latina, desarrollaron políticas de ''blanqueamiento''.

La ficción del ''color'' incluyente

El avance de América Latina durante el siglo XX se manifestó en la construcción de una serie de ficciones relacionadas con la definición de la identidad colectiva, que facilitaron la convivencia e hicieron viable la igualdad jurídica. Junto con la ficción de la consanguinidad universal incluyente, propia del patriotismo latinoamericano (''todos somos hermanos''), que lo diferencia de los nacionalismos de base étnica, apareció la ficción del ''color'' compartido.

En América Latina las estrategias integracionistas han sido diferentes de las que se aplican en los E.E.U.U., donde la experiencia del mestizaje no tiene las mismas características que en Latinoamérica y donde sí hubo, en cambio, fuertes experiencias de segregación y racismo. Por eso, en 1931, el poeta afrocubano Nicolás Guillén escribió, para el caso de Cuba:

''No ignoro, desde luego, que estos versos le repugnan a muchas personas, porque ellos tratan asuntos de los negros y del pueblo… Diré finalmente que estos son unos versos mulatos… la inyección africana en esta tierra es tan profunda, y se cruzan y entrecruzan en nuestra bien regada hidrografía social tantas corrientes capilares, que sería trabajo de miniaturistas desenredar el jeroglífico… Por lo pronto, el espíritu de Cuba es mestizo. Y del espíritu hacia la piel nos vendrá el color definitivo. Algún día se dirá: 'color cubano'' ''Prólogo'' de Sóngoro Cosongo, edición de 1931.

En una suerte de ''tercerismo étnico'', Nicolás Guillén construyó la ficción de un color ''ni blanco, ni negro, sino cubano''. La expresión refleja la conciencia de que la raza es una experiencia psicosocial, cultural, estereotipada, no una experiencia objetiva. Es tan difícil definir ''color cubano'' o ''color latinoamericano'' como ''color negro'', ''color blanco'', sin proyectar prejuicios. El color de la epidermis de la mayoría de la población de América Latina es indefinido, producto del mestizaje, como puede observarse en la foto que ilustra este artículo.

La ficción del origen negroafricano común

En Casa Grande y Senzala, publicada en Río, Brasil, en 1933, Gilberto Freyre escribió:

''Todo brasileño, aun el blanquísimo, de cabello rubio, lleva en el alma, cuando no en el alma y en el cuerpo [...] La sombra, o por lo menos, la pinta del negro [...] La influencia directa o vaga y remota del africano [...] en todo cuanto es expresión sincera de la vida, llevamos el sello inconfundible de la influencia negra''. Op. cit., pág. 269, edición de 1977, Caracas, Biblioteca Ayacucho.

Y por si alguien se creyera libre de la influencia negra debido a su origen europeo, Gilberto Freyre explicaba que también lo ibérico es de origen negroafricano:

''La heterogeneidad étnica y cultural la sorprendemos en los remotos orígenes del portugués [...] Portugal es, por excelencia, el país europeo del rubio de transición o del semi-rubio [...] Estos mestizos de pelos de dos colores son los que, a nuestro entender, formaron la mayoría de los portugueses colonizadores de Brasil en los siglos XVI y XVII y no ninguna élite rubia o nórdica, blanca pura [...] Innumerables fueron las familias nobles que en Portugal como en España, absorbieron sangre de árabe o de moro''. Op. cit, pp. 203-204.

Freyre puso todo su erudito aparato crítico a trabajar a favor de la idea de que ''todos somos negros'', la ficción del origen común.

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