De ser originarios y divinidades en el Antiguo Egipto, pasaron a ser demonizados por el cristianismo. Si en la antigüedad el hombre solía adoptar, comprar, criar y embalsamar a los gatos en todas sus razas, finalmente la Inquisición desató una cacería de brujas. Al punto que estos felinos estuvieron en peligro de extinción. Hoy la satanización parece haber acabado.

Persecución y pena de muerte

El principal motivo de esta cacería de brujas fue el ascenso del cristianismo que estaba dispuesto cueste lo que cueste a tirar abajo el poder político de todas las religiones paganas gracias al auspicio de emperador Joviano.

Con su desnudez y sus vicios, la diosa Afrodita, diosa de la fecundidad, era vista por los cristianos como una prostituta de burdel. Y no es una exageración. Muchos de sus templos fueron convertidos precisamente en eso, en prostíbulos.

Ni la belleza del dios Apolo ni la virginidad de la diosa de Atenea sirvió de escapatoria a semejante persecución. Sus templos fueron destruidos y sus sacerdotes torturados hasta la muerte. Toda estatua pagana era violada con una cruz tallada en la frente a modo de escarmiento.

Se buscaban chivos expiatorios y el gato, como buen cazador era un icono religioso para los griegos. No quedó otra que mandarlo a la hoguera en lugar de Artemisa.

Bastet y su relación con el cristianismo y el islam

Como diosa de la fecundidad habría vendido incluso discos con un poco más de marketing: Su efigie reinaba por doquier en Egipto. A primera vista era pariente lejana de la Esfinge porque era mitad mujer, mitad felino. Bastet era una especie de diosa Cat Woman o Gatúbela antes de Cristo.

Sin embargo para el cristianismo del Imperio Romano y Bizantino era inadmisible tolerar a una diosa con colmillos y bigotes. Después, en el año 634, los califas tomarían la tierra del Nilo y con ello, el islamismo se encargaría de dar el tiro de gracia a la diosa felina. Sin embargo otros sostienen que la islamización se hizo de forma progresiva y que si bien estos animales perdieron su status divino, no existió el plan de exterminarlos.

Aquí juegan dos personajes importantes: en primer lugar, el califa Umar ibn al-Jattab que optó por una convivencia pacífica entre musulmanes, judíos y cristianos; y finalmente, el profeta Mahoma, que tenía una gran debilidad por estos felinos. De ese modo pudo hallarse en Egipto, alrededor de 1890, más de 300.000 momias de gatos.

Paganismo versus cristianismo

Es una leyenda; pero casi todas las religiones politeístas consiguieron escribir su historia con un gato irrumpiendo en la última escena, ya sea de forma forzada o no. Sin embargo Roma fue la excepción y fue apadrinada por una loba.

Siglos antes que Constantino legalizara el cristianismo, hay que recordar que el paganismo romano también castigaba el monoteísmo con la pena de muerte. Para ello, los romanos no buscaron a esa loba nutridora y benefactora. El trabajo sucio cayó en manos de otra bestia con menos escrúpulos y altamente carnívoro: los leones. La relación del cristianismo con los felinos nunca fue de las mejores.

Cristianismo vence a Freyja

En la Edad Media el cristianismo había conseguido finalmente el control absoluto de Europa hasta que Freyja, diosa de la fecundidad y la lujuria, comenzó a hacerse popular desde los países nórdicos. Era como una segunda diosa Bastet que conducía su propio carruaje con dos corceles que eran en realidad dos gatos.

La Iglesia decidió nuevamente declarar la guerra a los felinos que sufrieron la peor persecución en el siglo XIV.

De haber sido traídos por los griegos desde Egipto, estos felinos estuvieron a punto de extinguirse. Como consecuencia, las ratas se multiplicaron y extendieron la peste bubónica. Europa se cubrió de 25 millones de muertos.

Esfinge: el gato negro de Napoleón

En 1798 Napoleón Bonaparte, militar temerario, se topó con un demonio símbolo de mala suerte, la Esfinge de Giza, león con cabeza de mujer. Había llegado con el sueño de conquistar Egipto como el emperador Octavio.

Conquistador ilustrado, Bonaparte no solo dejó intacta a la Esfinge, sino que exigió que se respetara la vida de los felinos. Pero aun así no consiguió frenar la epidemia de peste bubónica que diezmó a su poderoso ejército. Curiosamente se había cruzado con la Esfinge que para los griegos en "Edipo Rey" solo traía desgracias como el gato negro.

Pero si se quisiera mostrar una prueba de la venganza de los gatos contra el cristianismo y de su poder maligno, uno podría estirar un poco los hechos y remitirse a Víctor Hugo en “Los Miserables”: las mismas tropas napoleónicas que protegieron a la Esfinge incendiaron en Zaragoza monasterios e iglesias.

La mala suerte de Edgar Allan Poe

Para fomentar y acabar con el cristianismo, nada mejor que el fuego. Si en Zaragoza los franceses quemaban edificios como el propio Nerón; en Massachussetts, EE. UU, cientos de mujeres morían en brasas ardientes acusadas de practicar brujería y hacer pacto con el demonio. "Las brujas de Salem" de Arthur Miller corroboran este hecho.

No sorprende que el escritor Edgar Allan Poe, natural de esa ciudad y contagiado por ese ambiente hubiese escogido un felino para escribir su mejor cuento de terror “El gato negro”. Nuevamente la maldición de los felinos hizo de las suyas con sus benefactores: si Napoleón murió envenenado, Poe acabó loco.

Pese a su fama, todos quieren tomarse fotos con el felino más longevo de la historia, la Esfinge de Giza. Después de todo, ha sobrevivido a tantas cacerías de brujas. Gracias a los arqueólogos, este anticristo parece haber vencido.