Existe toda una suerte de sensaciones alrededor de este filme. Por una parte, fue como el despertar de la adolescencia del cine erótico, hasta entonces muy marginal, e incluso clandestino e ilegal; por otra, existe un oscuro submundo subyacente a Deep Throat de dimensiones nunca aclaradas, con historias de proxenetismo, abusos y violación.

En la primera cuestión, no cabe duda que la película debió suponer un soplo de aire fresco en lo que a libertades sexuales se refiere, aunque cabe tener en cuenta que la época se prestaba a ello, con el verano del amor todavía fresco en el alma colectiva y con todo un amplio abanico de reivindicaciones, gritadas a pleno pulmón, esparcidas por el planeta, algunas relacionadas con derechos civiles, otras más anexas a la vigente Guerra Fría, y otras cómo no, en temas de libertades individuales.

Dentro de estas últimas, Garganta profunda fue un auténtico revulsivo. Aun más: un huracán que azotó los Estados Unidos de costa a costa; un país que todavía no se ha recuperado de aquel maremoto, puesto que la pornografía es una industria de proporciones de desastre natural a gran escala.

Un filme que marcó época

Llegados a este punto, cabe decir que el film supuso un golpe de espuela para aquellos que defendían, por encima de la calidad artística, la libertad de expresión.

Las autoridades norteamericanas desde un primer momento optaron por el enfrentamiento directo con los responsables de la cinta y sus defensores, lo que irónicamente la popularizó enormemente y extendió su fama a las salas comerciales, con lo cual llegó al gran público sin ambages y sin necesidad de ir a verla ataviado de gabardina y pasamontañas.

Artistas de varios ámbitos se sublevaron contra la hipócrita sociedad puritana americana y dieron su respaldo al actor principal de Deep Throat: Harry Reems, quien finalmente fue procesado y condenado a cinco años de cárcel.

El argumento de una película erótica de leyenda

Si hablamos de cuestiones meramente artísticas, y por mucho que se empeñen algunos críticos y especialistas, la película no es más que una excusa para mostrar a Linda Lovelace practicando sexo oral a combustión. De hecho, esa es la base del argumento: una joven que no llega al orgasmo descubre que ello se debe a que el clítoris lo tiene, nada más y nada menos, que en la garganta. Sentido del humor no falta en el mundo del porno.

Con todo, esa no debería ser la cuestión: la calidad de una obra no debe ser objeto de censura sino de debate, de crítica, de improperios, si se quiere, pero nunca (o casi nunca, como se verá) debería ser objeto de prohibición. Dicho de otra manera: “para gustos, colores”.

Las acusaciones de violación vertidas por Linda Lovelace

Menos gracia nos hace todo lo que sucedió posteriormente, con una Linda Lovelace asegurando que, en el trasfondo de cada escena de Garganta Profunda, existe una violación a punta de pistola (literalmente), y que su exmarido, productor del largometraje, abusó de ella durante años a fuerza de prostituirla y obligarla a exhibirse en diversos proyectos de cine pornográfico.

La actriz escribió varias autobiografías en las que denunciaba al mundillo de la pornografía y reclamaba la retirada de Garganta Profunda de las pantallas por considerar que en ella la cámara se recreaba en una violación sistemática a su persona.

Y aquí podríamos empezar un debate jamás considerado, quizás porque existen cosas intocables en el mundo, como pueden ser el fútbol o el cine.

El arte por encima del bien y del mal

Son sabidos los excesos de ciertos realizadores y productores con actores, y sobre todo con actrices, en filmes consagrados y revalorizados continuamente, pero ello no es óbice para que las películas en cuestión sigan exhibiéndose en festivales de todo tipo, en escuelas de cine, en TV, etc. ¿La obra (o el artista) por encima del bien y del mal?

No sería mal momento para analizar hasta dónde ha llegado el agua que se desbordó con el escándalo de Garganta Profunda (también llamado así el “confidente” de los periodistas del Washington Post que desvelaron la trama del Watergate), con una pornografía “casera”, merced a Internet, cada día más clandestina, que no tiene reparos en mostrar a menores en pleno acto sexual en webs abiertas a cualquier público de manera impune.

La pornografía, un negocio en alza

Por el lado positivo, la libertad sexual cada día es mas libre, valga la redundancia, y el negocio del porno da de comer a miles de profesionales que hacen su trabajo con placer y por elevados sueldos, a la par que satisfacen una basta demanda.

El lado negativo (la prostitución, pedofilia, abusos) es lamentable, pero forma parte del mundo pornográfico, del mismo modo que todo ello forma parte de nosotros mismos, nos guste o no. Del ser humano.