De forma muy general, dos características definen una obra de arte, diferenciándola de cualquier otro objeto: ha de ser una obra humana y la intencionalidad estética debe predominar por encima de la utilidad.

Además de la dificultad de definir una obra de arte, la utilidad de dicha obra de arte también entraña una gran dificultad. Podríamos definir el arte como algo superfluo, banal, pero si esto fuera cierto, ¿qué sentido tiene el hecho de que durante toda la historia, incluso en las situaciones más terribles, todas las sociedades hayan producido objetos artísticos? Si el arte fuera un lujo, un capricho de algunas personas excéntricas, a lo largo de la historia habría habido periodos sin manifestaciones artísticas, pero eso no ha sido así.

El hombre, como ser social que es, siente la necesidad de comunicarse y de transformar la realidad. El arte le sirve al hombre para transmitir sentimientos, vivencias o dogmas por medio de imágenes o símbolos y por otra es también una actividad constructiva ligada a funciones representativas y rituales que requieren espacios especiales.

Por otra parte, no todas las obras de arte dan respuesta a las mismas necesidades. Incluso, una misma obra de arte puede tener una lectura distinta, dependiendo del momento histórico en que se encuentra.

La gran variedad de manifestaciones artísticas y su evolución a lo largo del tiempo y en diferentes ámbitos socioculturales comportan una diversidad de funciones.

Imitación de la naturaleza

Durante la antigüedad clásica, en Grecia y Roma, la principal función de la escultura y la pintura era la imitación de la realidad, ya que consideraban la naturaleza como modelo de belleza. Tras el paréntesis medieval, el Renacimiento vuelve a tomar la naturaleza como modelo, y este criterio naturalista perdurará hasta el siglo XIX.

Función simbólica

La imagen también tiene la condición de símbolo intelectual, mediante el cual, el artista medieval da forma sensible a ideas abstractas como la de Dios, el pecado, etc. La función simbólica es, frecuentemente, subyacente a imágenes de apariencia plenamente realista.

Función utilitaria

La función utilitaria es evidente en muchas obras arquitectónicas que responden a necesidades concretas. Pero desde sus orígenes, muchas manifestaciones artísticas han tenido una función mucho más concreta de lo que podría parecer. De ello es ejemplo la función mágica de las pinturas rupestres del Paleolítico Superior y del Mesolítico, o de los exvotos ofrecidos para conseguir la salvación eterna, o de la escultura funeraria egipcia que representaba el ka o alma del difunto. En este sentido podemos hablar de una función religiosa.

Función comunicativa

Como medio de comunicación, como forma de transmitir ideas y valores, el arte tiene también una función comunicativa que puede ser explícita o implícita debido a circunstancias sociales o políticas.

Función política

Otra constante a lo largo de la historia del arte es la función política. Retratos de reyes y generales, pinturas y esculturas que conmemoran batallas o hechos históricos han servido para impresionar al pueblo con la grandeza y el poder de sus dirigentes. Pero también para denunciar injusticias o criticar los abusos de poder o la crueldad de las guerras.

Finalidad terapéutica

A partir del Romanticismo, el arte se utiliza como compensación psicológica, muchos artistas expresan su personalidad, sus conflictos internos a través de sus obras de arte. A partir de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, se ha utilizado el arte con finalidad terapéutica en el tratamiento de las enfermedades mentales.

Función estética

Ahora bien, lo que da su peculiaridad a la obra de arte es la primacía de la función estética, la más alejada del sentido práctico, su capacidad para producir sentimientos, para provocar el placer. Incluso algunas tendencias modernas han defendido la concepción del arte por el arte.

Parar acabar, recordemos la reflexión inicial: hay que tener presente la historicidad y la dimensión social de las funciones de una obra de arte.