Los años ochenta del pasado siglo contemplaban cómo algunos de los géneros clásicos del gran cine hollywoodiense pasaban por un momento de atonía especialmente acusada. Era el caso del western, y también era el caso del noir, un género, este último, que, con alguna gozosa excepción (fue el caso de 'Chinatown', de Roman Polanski), apenas había dado piezas de relevancia desde veinte años antes. Lawrence Kasdan vino a romper esta dinámica con una propuesta altamente estimulante.

'Fuego en el cuerpo', la fusión de dos grandes clásicos

La historia de 'Fuego en el cuerpo' pone sobre el tapete todos los elementos que han constituido el material canónico compositivo del género negro en sus momentos de máximo esplendor: el engaño como motor real (aunque sobre él circule una sólo aparente pasión sentimental) de la acción, y motivación principal del actuar de los personajes; la ambición y la codicia, como correlatos típicos de ese engaño; y la figura femenina, como encarnación ideal de la perfidia frente a la cual el personaje masculino se convierte en poco más que un guiñapo.

Y no era de extrañar, en la medida en que Kasdan guionizó su historia fusionando, en cierta medida, las tramas argumentales de dos de los más grandes clásicos de la especialidad: 'Perdición', de Billy Wilder, y 'El cartero siempre llama dos veces', rodada originalmente por Tay Garnett en 1946 (en 1981, Bob Rafelson haría un remake de la misma, con Jack Nicholson y Jessica Lange en sus papeles protagónicos); esta última, a su vez, venía a trasponer a los modos de Hollywood la cinta con la que, pocos años antes, debutara el italiano Visconti, 'Obsesión', y que también adaptaba al celuloide el mismo texto literario de James M. Cain.

Con tales mimbres, las opciones de conseguir un "buen cesto" cinematográfico se hacían menos complicadas, pero ello no es óbice para reconocer el enorme mérito de Kasdan, que, lejos de hacer un pastiche a base de una operación trapacera de "corta-pega" con los materiales dramáticos antes apuntados, consigue dotar a su historia de personalidad y sello propio, actualizando tanto en el aspecto visual (algo lógico y elemental) como en el tono narrativo (con mucha mayor explicitud sexual, sobre todo), las claves de bóveda de la propuesta.

Kathleen Turner, la maldad con curvas de mujer

No cabe ignorar que en una historia de este corte, y aun cuando no dejan de tener su importancia todos los integrantes del elenco actoral, tanto protagónicos como secundarios —y, en ese sentido, hay que señalar que tanto el actor protagonista, William Hurt, como los secundarios Richard Crenna y Ted Danson (amén de un sorprendente, y jovencísimo, Mickey Rourke), desempeñan su trabajo con notable solvencia—, el rol más destacado había de correr a cargo de la encarnación del "mal concupiscente" que significaba el personaje de Matty Walker.

El mismo le fue adjudicado a una debutante (sólo tenía experiencia televisiva previa) y jovencísima Kathleen Turner: opción arriesgada, pero que supuso un acierto trascendental. Una rubia inmensamente alta, estilizada y con un rostro que transmitía sensualidad en cada uno de sus rictus, que hizo de su personaje, gracias a unas secuencias de torridez poco usual en el cine estadounidense comercial, todo un icono sexual, y sentó las bases para una fulgurante carrera de superstar que consolidaría en un buen puñado de títulos posteriores.

El calor, el tercer personaje

Aunque no deje de ser un tópico socorridísimo el de atribuir la condición de "personaje", sin que realmente lo sea, a algún elemento muy caracterizado, y con fuerte presencia en un film (es el caso de ciudades, objetos, paisajes...), no es necesario acudir a tal expediente literario para recalcar la importancia de un "accidente meteorológico" como el calor a lo largo de todo el desarrollo de la trama de 'Fuego en el cuerpo'; un elemento que, más allá de su presencia real, despliega un potente carácter alegórico en el marco de la historia.

El calor, que acrecienta la angustia de unos personajes a los cuales sus pulsiones afectivas y económicas ya tienen en un estado de nervios exacerbado, y que los convierte en animales sudorosos, no sólo en los fogosísimos encuentros sexuales de la pareja protagonista, sino casi en cualquier circunstancia, se convierte, de esa forma, en una presencia permanente y un aspecto ambiental definitorio tan importante como los exteriores e interiores en los que se desarrolla una acción totalmente condicionada por su intensidad.

Gracias a todos los elementos apuntados, 'Fuego en el cuerpo' se convirtió en una pieza de culto, venerada por una legión de seguidores a la que permitió reencontrarse con un género en horas bajas, revitalizándolo y rescatando el interés del buen cinéfilo, al igual que catapultó la carrera tanto de Kasdan, su director, como de sus dos protagonistas, William Hurt y Kathleen Turner (ésta, además, consiguió convertirse en un auténtico símbolo, el último soberano ejemplar de esa estirpe de mantis religiosas que pueblan el imaginario malévolo hollywoodiense). ¿Conclusión? Una propuesta altamente recomendable. No se la pierdan.