En la Francia de la mayor parte del siglo XVIII, especialmente durante el Antiguo Régimen, la base de la economía y de las relaciones de la nación seguían estando vinculadas a la tierra, y sobre todo al cultivo de algunos cereales y al desarrollo del sector vitivinícola. Se segaba con hoz. Se trillaba el trigo con un mayal; y con mayor frecuencia que el arado, se usaba un viejo aladro de madera para arar el suelo.

Pendientes de las cosechas

El país dependía enormemente de las cosechas anuales que servían para alimentar a la nación, aunque bastaba una mala cosecha, un mal año protagonizado por el granizo, el hielo o la sequía para que la escasez de trigo se adueñase del panorama económico y social. En estos años surgía, entonces, el acaparamiento y el alza de los precios del pan.

El problema se agravaba por el hecho de que las técnicas de cultivo apenas se habían modificado desde la Edad Media, se seguía dando la rotación trienal y el barbecho, lo que provocaba que una tercera parte de la superficie quedase inutilizada. Pero, además, la tierra no estaba sometida tan sólo al arcaísmo técnico y a los caprichos del clima. Estaba también dominada por las clases privilegiadas: la nobleza y el clero.

La tierra para provecho de unos pocos

Tanto el clero como la nobleza vivían de la explotación de sus propios dominios agrícolas, y además también tenían derecho a la percepción de una renta anual que equivalía a un porcentaje sobre el trabajo rural. Así, el pequeño propietario campesino, que entonces poseía casi la mitad de las tierras cultivables del reino, debía al noble gran cantidad de derechos a pagar en dinero o en especie.

Más aún, había pocos actos de la vida rural que no implicasen la obligación de realizar un pago al señor, ya fuese la cosecha anual, el resultado de la siega, el producto de la vendimia o cualquier otra actividad productiva del campo. Además, el señor podía disponer de las tierras del campesino a su libre antojo y tenía permitido cazar, ya fuera a través de maduros trigales o entre los verdes prados.

El salto demográfico del siglo XVIII

Entre el comienzo y el final del siglo XVIII la población francesa pasó de 20 millones a 26 millones de habitantes. Paralelamente, el valor de la producción creció rápidamente a lo largo del siglo, al mismo tiempo que también crecían los precios. Aquí nos encontramos con una curiosa paradoja, ya que la Revolución Francesa no llegó al final de un siglo pobre, sino que lo hizo al final de un siglo rico, comparado con su pasado reciente y con el resto de sus naciones vecinas.

Los precios comenzaron a elevarse a partir de los años treinta del siglo XVIII y continuaron subiendo hasta vísperas de la Revolución. Pero este aumento de los precios y de la producción benefició tan sólo a los propietarios de propiedades inmobiliarias y a aquellos que percibían rentas señoriales, y a los señores laicos o eclesiásticos pertenecientes a estamentos privilegiados.

Sin embargo, los diez años anteriores a la Revolución fueron testigos de una brusca caída en el precio del trigo y del vino. En el caso del trigo y a pesar de su caída, todavía los precios seguían siendo altos en relación al comienzo de siglo. El vino, al contrario, sufrió un verdadero desplome tras un periodo de precios altos entre los años 1776 y 1778 en los que se vio favorecido por el aumento de la demanda urbana.

Las consecuencias de estas bruscas caídas en los precios no las sufrieron sólo los miembros de las clases más desfavorecidas, sino que también las padecieron los grandes propietarios nobles, que ya no se resarcían con la venta de otros productos y que trataron de conseguir que el campesino pagase la consecuencia de sus pérdidas.

La nobleza y sus privilegios

En la Francia de la época el orden social era, sobre todo, producto de un orden divino. Y en la cumbre, por encima de todos los súbditos y los señores, estaba el rey. Un rey absoluto, que no derivaba sus derechos y privilegios más que de Dios. Esta legitimidad conforme a la tradición religiosa lo convertía, por lo tanto, en dueño de todo el reino y en propietario de un inmenso patrimonio inmobiliario.

Bajo el rango y el poder del rey se extendía una sociedad claramente dividida en tres estamentos, cada uno de ellos con sus deberes y prerrogativas claramente delimitadas: la nobleza, el clero y el resto, posteriormente llamado Tercer Estado. La nobleza era el estamento en el que se concentraban el mayor número de privilegios y constituía la verdadera aristocracia.

La nobleza conservaba sus propias costumbres, especialmente el derecho de primogenitura. También conservaba su autoridad sobre la policía del pueblo, y algunas prerrogativas honoríficas como los monopolios de la caza, el banco reservado en la iglesia, el cobro de ciertas tasas y algunos otros derechos. Mantenía, asimismo, la barrera de la sangre, que distinguía a unos cientos de miles de personajes del resto de la sociedad.

La necesidad fue, también, acuñando y recuperando nuevas formas de explotación. La nobleza, a través de un edicto publicado en 1781, reservó para los nobles con cuatro grados de nobleza el derecho a servir en el ejército del rey como oficiales, sin pasar por tropa. La nobleza, además, al ver que venían tiempos complicados intentó aumentar sus impuestos sobre las explotaciones campesinas.

Así, los laudemios, el censo, la gavilla o las banalidades no eran más que una forma de intentar obtener de los productos campesinos nuevos derechos, ya fueran en dinero o en especie. De esta forma fue como las rentas de la tierra enriquecieron, prioritariamente, a la nobleza, en un intento de consolidar su antigua preponderancia económica y social.

La gran importancia del clero

El clero agrupaba a todos los servidores de la Iglesia Católica, unas ciento cincuenta mil personas, y conservaba sus privilegios debido al carácter sagrado de su función frente a una población muy poco instruida que no tenía ningún medio para cuestionar la vieja creencia que servía de base a la pirámide social. En aquella Francia del Antiguo Régimen, el orden social era sobre todo una cuestión de derecho divino.

El clero servía, por lo tanto, para garantizar y consagrar la eternidad del orden social, poniendo ritmo a la existencia individual y colectiva. Todo súbdito del rey era católico, y este estamento aseguraba varios servicios públicos, como la caridad o la enseñanza, que impartía a través de unos 600 colegios a más de 75.000 alumnos.

En aquella época, el poder económico de la iglesia católica en Francia era enorme, siendo uno de los mayores propietarios agrícolas e inmobiliarios de la nación. Se estimaba que la iglesia católica poseía el diez por ciento de las tierras del reino, con una renta anual que oscilaba entre los 90 y los 100 millones. A esta cantidad había que añadir los ochenta millones que percibía por el "diezmo", tasa que recaudaba sobre las explotaciones campesinas.

Un inmejorable ejemplo de la influencia y de la presencia de la iglesia católica lo encontramos en la misma ciudad de París. París, que entonces tenía una población cercana a los seiscientos mil habitantes, poseía cincuenta parroquias, y los conventos ocupaban un espacio mayor que la cuarta parte de toda la superficie de la ciudad.

El Tercer Estado

Paradójicamente, la miseria rural encontró un estupendo aliado en la incipiente riqueza urbana: el pequeño empresario burgués propietario de una tienda o de un pequeño taller. También encontró a ese aliado en los nuevos hombres de leyes, influidos por las lecturas de autores como Rousseau. Se trataba, en gran medida, de una burguesía precapitalista.

Por lo tanto, el verdadero aliado de la miseria rural no fue tanto la ciudad como el público culto de la ciudad y, sobre todo, el público culto de París. Confluyeron, por lo tanto, el empobrecimiento del asalariado junto a la miseria del campesino y junto a las frustraciones burguesas frente a una vieja sociedad caracterizada por la influencia religiosa y el parasitismo de las clases más altas.

¿Qué era, entonces, el Tercer Estado? El Tercer Estado era todo aquello que no pertenecía ni al clero ni a la nobleza, es decir, el 98 por ciento de la población. Junto a los grandes burgueses y a las grandes fortunas, el Tercer Estado se apoyaba en el conjunto de pequeños empresarios, verdadera columna vertebral de la estructura urbana y social, maestros, comerciantes y obreros que trabajaban solos o con unos pocos compañeros.

El Tercer Estado representó, a finales del siglo XVIII, el punto de encuentro de todo el esfuerzo intelectual realizado durante el siglo, encauzando el descontento y la crítica hacia la iglesia y el despotismo. El Tercer Estado encauzó esta reflexión, especialmente en París y en las grandes ciudades provincianas a partir de los años cincuenta, promoviendo la reflexión sobre la desigualdad social y la distribución de las riquezas, y sobre el resto de materias de la vida social.