Una joven pareja decidió salir en corto viaje de vacaciones, sin llevar consigo a sus niños. Aunque ninguno de los dos lo mencionó, ambos esperaban en su fuero íntimo que, si disponían de tiempo para ellos, podrían superar las insatisfacciones sexuales surgidas en su matrimonio: sólo raras veces alcanzaba ella el orgasmo y a él le preocupaba la mengua de su apetito sexual.

Descubrieron, dichosos, que aquel viaje había sido un éxito rotundo. Desaparecieron sus dificultades y nuevamente se sintieron atraídos recíprocamente con una intensidad que ambos creyeron haber perdido para siempre.

Cuando hablan de su reconquistada capacidad sexual, los dos concuerdan en que la explicación es evidente: lejos de sus hijos, del trabajo y los quehaceres domésticos, dispusieron de tiempo y energía para gozar del otro.

El deseo y el placer: dos aliados vitales en el sexo

La verdadera explicación al caso anteriormente expuesto no es tan obvia ni tan sencilla. Esta pareja cometía dos errores muy comunes. En primer lugar veía la relación carnal como un fenómeno primordialmente físico. Creían que tiempo más energía suficiente es igual a satisfacción sexual, ecuación en la que se pasa por alto un término esencial: el deseo, que no se puede despertar a voluntad, aunque se esté en vacaciones. O surge espontáneamente o falta del todo.

El segundo error de la pareja consistía en omitir un elemento decisivo de su infelicidad hogareña: su ciega aceptación del principio según el cual siempre es más importante ser productivo que buscar el placer físico.

El exceso de disciplina debilita el apetito sexual

Sin duda, las relaciones sexuales maritales florecientes no se pueden lograr si la esposa considera que pulir los pisos es más importante que sentarse en la sala a conversar con el marido, o si este estima imprescindible encerar el automóvil en vez de salir con su esposa a dar juntos un tranquilo paseo.

La perdida del deseo sexual es efecto del exceso de disciplina. Así, si tanto el hombre como la mujer se reprimen a lo largo del día por sus respectivas obligaciones, les resultará difícil obedecer espontáneamente a sus sentimientos auténticos.

Una posible solución en este caso, es alterar los hábitos adquiridos en toda una vida. De este modo, podrá gozarse de un momento de placer, aunque con ello se interrumpa la tarea rutinaria.

El trato sensual no es una técnica

El marido y la esposa que no consiguen una percepción mutua de sus sentimientos -a través de una palabra, un roce, una mirada, una caricia- no logran actualizar una intuición profunda. De este modo, siguen considerando el trato sexual como una operación física que debe efectuarse en determinado tiempo y lugar, avanzando a una incapacidad de comunicación sexual por demás grave.

Algunas parejas parecen buscar siempre un objetivo: el hombre, la eyaculación; la mujer, el orgasmo. Así, logradas estas metas, piensan que la tarea se ha cumplido satisfactoriamente.

Sin embargo, la vida sexual orientada hacia una meta suele resultar un fracaso. Quizá haya al principio una intensa excitación de los sentidos. Pero es casi inevitable una constante mengua de la reacción sensual, porque la capacidad de estimular por medios meramente físicos, táctiles, está sujeta a la ley de las reacciones decrecientes.

Aprender a desplazar estereotipos es innovar sensaciones

El hastío también es consecuencia de convertir los papeles sexuales en estereotipos. Cada parte pareciera cumplir su particular obligación.

Así, se espera que sea siempre el esposo el iniciador de la actividad sexual, porque ambos, esposo y esposa, creen que la iniciativa en esto es “labor” masculina. De este modo la consecuencia de los actos llega a ser completamente rutinaria y las relaciones sexuales pierden espontaneidad e interés.

Sin embargo, aprender a desplazar tales estereotipos no es una cuestión deducible a través de una fórmula. Es preciso que cada persona se sienta libre para descubrir su particular modo de expresar apetencias, deseos, fantasias, posiciones sexuales, necesidades, etc., cuando surjan naturalmente; nunca condicionadas por el hecho de ser hombre o mujer; jamás en formas sistemáticas, siguiendo las instrucciones de un libro.

Por encima de todo, el hombre y la mujer deben aprender a estar presentes el uno para el otro: no sólo a ver, sino a mirar con atención; no sólo a oír, sino a escuchar; no sólo a hablar, sino a dialogar y comunicarse en cuerpo, mente y espíritu.