Se habla mucho de cómo terminar un relato. Si el final debe ser múltiple, abierto a la interpretación del lector, o por el contrario, debe clausurar la historia y proporcionar una idea certera de su desarrollo. Algunos autores lo ponen duda, como Reyes cuando afirma que “los textos no se terminan, se abandonan”. Poco, sin embargo, se habla del principio, y tanto uno como otro deben ser igual de atractivos y sugerentes. Se trata de atraer el interés del lector, su curiosidad. Para comenzar un cuento se necesita saber, en muchos casos, a dónde se va. Por ello, vamos a proponer algunas fórmulas de apertura.

Comienzo ex abrupto

En este tipo de inicio, el autor se dirige a nosotros como si ya estuviésemos al tanto de la historia que se va a contar. Nos introduce en una acción que se ha iniciado antes, en una trama que debería resultarnos familiar y que ignoramos por completo. Este comienzo resulta muy eficaz en el relato corto, ya que, debido a su estructura, no permite divagaciones o lentas aproximaciones al asunto de la historia.

Tomemos como ejemplo de Noche para estar solo, de Medardo Fraile: “Después del último beso, carnoso y suave, de la despedida, subió sudando, las escaleras hasta su cuarto”.

La hipérbole

La exageración es otra de las formas más interesantes de crear expectativas en el lector, de provocar su sorpresa. No debemos olvidar, sin embargo, que este recurso, al igual que otros muchos cuyo propósito es el de alimentar su interés, debe estar al servicio de la historia. Principio y final deben estar interrelacionados.

Como ejemplo proponemos un fragmento de Jhon Cheever: “Oh, odio a los hombres bajitos y no volveré a escribir sobre ellos, pero de paso me gustaría decir que mi hermano Richard es precisamente eso: un hombre bajito. Tiene manos pequeñas, pies pequeños, cintura pequeña, mujer e hijos pequeños, y cuando asiste a nuestras fiestas se sienta en una silla pequeña”.

Romper la lógica

Este recurso resulta especialmente atractivo. Podemos recurrir al absurdo, reflejar en un párrafo una situación que provoque extrañeza en el lector y atraiga su curiosidad desde el primer momento. A modo de ejemplo, citaremos el Visor, de Raymond Carver: “Un hombre sin manos llamó a mi puerta para venderme una fotografía de mi casa”. También se puede acudir a la paradoja o la antítesis, y avivar de este modo el deseo de una explicación que resuelva el enigma planteado.

Existen algunos otros recursos, como el uso del condicional, que abrirá desde el primer momento las posibilidades de la trama, así como las frases hechas o los lugares comunes, que utilizados con humor e ironía, crearán expectativa sobre la situación o los personajes. En todo caso, no debemos olvidar que el comienzo de un relato es tan importante como el final, y entre ambos, el desarrollo que deberá proporcionar intriga y llevar al lector a su conclusión. Francisco Umbral afirma: “el arranque es decisivo. Lo que empieza a ras de tierra, a ras de ideación penosa, es imposible levantarlo. Hay que entrar en tromba en la cuartilla. La literatura tiene las mismas leyes que la poesía. Todo texto quedará regido siempre por su arranque”.