Lo que más llama la atención de este libro titulado "Filosofía del tocador", concebido como una obra teatral, es que desarrolla dos géneros literarios al mismo tiempo. Por un lado, es claramente una novela erótica y algunos momentos pornográfica, pero por otro lado, estamos también frente a un ensayo filosófico y político.

Crítica social y moral

Sade, a través de "Filosofía del tocador", describe de forma muy minuciosa todo tipo de prácticas sexuales, ya sea la sodomía, el sadomasoquismo o el sexo en grupo; pero, al mismo tiempo, el autor aprovecha la narración de los hechos para realizar una clara y profundo crítica social, arremetiendo contra la religión y contra la moral existente en la época.

Una trama muy sencilla

La obra se desarrolla en siete diálogos partiendo de una sencilla trama: educar sexualmente a Eugenia, una candorosa joven de quince años, tanto teórica como prácticamente. Para ello, Sade rodea a la joven de un curioso elenco de personajes entre los que destacan el hermano de la joven, con el que mantiene relaciones incestuosas, una experta dama de vida alegre, y un experto caballero acostumbrado al libertinaje y a la vida disipada.

Sade utiliza a la joven Eugenia, que en pocos días se convertirá en una aventajada alumna, para defender sus tesis por las que todos los actos sexuales son naturales, ya que la función principal del sexo no es la reproducción sino la consecución del placer. Sade llega a afirmar que "el único Dios que debe regir al hombre es el placer".

El antropologismo cultural de Sade

El antropologismo cultural de Sade queda expuesto en su decidido cuestionamiento de la virtud. Sade defiende que la clasificación de los actos humanos en virtudes y en vicios es totalmente artificial, e incluso contraria a la propia naturaleza humana. Sade afirma, ahondando en este argumento, que "es la cultura la que establece los límites".

Este relativismo moral y cultural que caracteriza a Sade hace que el autor se pregunte porqué se consideran como virtud los castigos que se inflingen los penitentes a través de sus prácticas religiosas, y sin embargo se considere como un vicio repugnante a aquellas prácticas sexuales que incluyen la utilización de una cierta violencia consentida entre los miembros de una pareja.

Instituciones sociales y leyes de la naturaleza

Dicho relativismo defiende, por lo tanto, que el mal no deriva de la práctica del sexo, sino antes al contrario, deriva del oscurantismo y del engaño ejercido a lo largo de los siglos por los gobernantes y por la iglesia, con la única intención de perpetuar un órden económico y social que les beneficia. Sade advierte, entonces, que "no debemos ser tan tontos como para confundir imbécilmente las instituciones sociales con las leyes de la divina naturaleza".

La religión como sustento del poder

A través de su obra, Sade defiende el argumento de que la religión es el sustento del poder, y que los conceptos de pecado, dios, castigo divino, etc..., son utilizados por la iglesia y por el poder para alienar y para someter al ser humano. No deben ser, pues, los gobernantes ni la iglesia quienes establezcan las normas de convivencia, sino que estas han de ser establecidas por la razón.

En defensa de su razonamiento, Sade se expresa de la siguiente forma: "Se equivocan quienes aplican la cárcel o la pena de muerte para erradicar los vicios abominables del sexo; yo no propongo ni matanzas ni deportaciones, pues jamás una muerte debe ser pagada con otra muerte. Debería ser suficiente con seguir la voz de la naturaleza y de la razón".