La fiebre tifoidea, también conocida como fiebre entérica o tifus, está causada comúnmente por la bacteria Salmonella typhi. Otras bacterias que puede producir la enfermedad son la Salmonella schottmuelleri y la Salmonella hirschfeldii. La bacteria se propaga a través de alimentos o bebidas contaminadas. Entre los alimentos destacan la leche, el queso y, en general, los derivados lácteos. También el marisco, las verduras, los huevos, ciertas carnes y el agua pueden convertirse en elementos contaminados. Las moscas también pueden constituirse como agentes transmisores de la fiebre tifoidea. El contagio directo de persona a persona, aunque no imposible, es poco frecuente.

Una vez en el cuerpo, las bacterias se dirigen al intestino delgado, aferrándose en las microvellosidades del ribete en cepillo del íleon, donde se multiplican durante un periodo de tres o cuatro días. Posteriormente los gérmenes alcanzan el torrente sanguíneo a través del conducto torácico, causando una bacteriemia transitoria, y a partir de ahí, viajar a los ganglios linfáticos, la vesícula biliar, el bazo, el hígado y otras partes del cuerpo.

Sintomas de la fiebre tifoidea

Los síntomas de la fiebre tifoidea aparecen, al inicio, en forma de malestar general, dolor de cabeza, fiebre, pérdida de apetito y estreñimiento. Este periodo se mantiene durante unos cinco días para dar lugar, posteriormente, a un estado febril que alcanza los 40º, deteriorándose el nivel de conciencia del afectado y apareciendo unas lesiones rosadas en la piel que pueden permanecer unos quince días. A partir de ahí el paciente puede evolucionar favorablemente o, en el peor de los escenarios, surgir complicaciones como lesiones cardiacas severas, hemorragias gastrointestinales o importantes alteraciones neurológicas.

Otros síntomas comunes abarcan:

  • Debilidad.
  • Hepatomegalia.
  • Esplenomegalia.
  • Sangrado nasal.
  • Sensibilidad abdominal.
  • Agitación.
  • Delirio.
  • Déficit de atención.
  • Heces con sangre.
  • Escalofríos.
  • Confusión.
  • Alteraciones del estado de ánimo.
  • Alucinaciones.
  • Sensación de letargo.

Diagnóstico de la fiebre tifoidea

Para establecer el diagnóstico se procede a un hemograma o un conteo sanguíneo completo que revelará un alto número de glóbulos blancos en la sangre. Durante la primera semana en que aparece la fiebre se hará un hemocultivo que mostrará la presencia de la bacteria causante de la infección. Otros exámenes que ayudarán a corroborar el diagnóstico incluyen el conteo de plaquetas, un coprocultivo, un examen de orina y un estudio anticuerpo fluorescente.

Prevención para la fiebre tifoidea: vacuna y dieta

Se recomienda la vacunación cuando se viaje a los países de riesgo. De todos modos hay que señalar que las vacunas no son 100% efectivas, por lo que se recomienda beber agua previamente hervida o bien embotellada y tomar alimentos bien cocinados.

Las medidas básicas de prevención incluyen la higiene básica, sobre todo lavarse las manos antes de comer, no tomar bebidas con hielo, no comer alimentos procedentes de puestos callejeros, evitar tomar infusiones en lugares públicos y tomar las medidas higiénicas necesarias en alimentos como los productos lácteos, verduras, hortalizas, frutas, pescados y mariscos.

Tratamiento y medicamentos para la fiebre tifoidea

El tratamiento incluye el suministro de líquidos y electrolitos por vía intravenosa así como la toma de los medicamentos antibióticos adecuados para destruir las bacterias. El antibiótico más utilizado es el cloranfenicol, pero en última instancia, la selección del antibiótico adecuado deberá ser verificada por el médico, ya que las tasas de resistencia al mismo se han elevado considerablemente. En España se utiliza preferentemente el cotrimoxazol o la ampicilina, reservando la amoxicilina para las embarazadas.

El pronóstico suele ser favorable con el tratamiento, tras un periodo que oscila entre las dos y las cuatro semanas. En algunos casos la convalecencia puede prolongarse varios meses. Cuando surgen complicaciones el pronóstico es más desalentador. Dichas complicaciones incluyen el sangrado gastrointestinal severo, neumonía, artritis séptica, pielonefritis, perforación intestinal, meningitis, insuficiencia renal, osteomielitis o peritonitis.

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