Pese a sus voces infantiles, los castrati eran grandes en la sociedad y abarrotaban teatros e iglesias. Su sacrificio de la castración trajo consigo una gran potencia de voz y registros mayores, dado que no segregaban testosterona y con ello la laringe no descendía, no se formaba la nuez y las cuerdas vocales no engrosaban.

El reloj de la historia de la música se puso en marcha en 1705 para ver nacer en Apulia (Italia) a Carlo Maria Michelangelo Nicola Broschi, hijo de Salvatore Broschi, compositor y maestro de capilla en la catedral de la ciudad, y Caterina Barrese. Las manillas de su reloj vital no se pararían hasta 1782 después de dejar patente que podía cantar 250 notas en una respiración y aguantar una nota durante más de un minuto.

En 1737 viajó al palacio de La Granja en España para animar con su canto al deprimido Felipe V y su esposa Isabel de Farnasio, adquiriendo una posición privilegiada, que perduró durante el reinado de Fernando VI, que lo puso al frente de una compañía real de ópera. Pese a que transformó los jardines de Aranjuez, organizó fiestas, creó una flota de recreo que cruzaba el Tajo y diseñó escenarios, Carlos III lo cesó al llegar al poder lo que lo llevó, a los cincuenta años, a su retiro a su villa de Bolonia, donde era visitado por Mozart o incluso Juan II, emperador de Austria.

Su nombre procede de la familia Farina, que fue su protectora y le dio la posibilidad de estudiar con el maestro Niccolò Porpora. Debutó en la ópera a los quince años y contaba con una gran belleza.

El origen de los castrati

Todo comenzó cuando la iglesia prohibió hasta el XIX que las mujeres cantaran en los coros de las iglesias, basándose en la epístola de San Pablo: Mulier taceat in ecclesia (Las mujeres deben permanecer en silencio en la Iglesia). No obstante, la iglesia de Roma, a través del Papa Clemente VIII (1536-1605), dio el visto bueno ad Gloriam Dei (por la gloria de Dios) porque la música de entonces necesitaba de registros agudos.

Los italianos que nacían con una voz con posibilidades eran conducidos a un cirujanos-barberos que los drogaban con opio para luego introducirlos en agua caliente y cortarles los conductos que desembocaban en los testículos, que se atrofiaban con los años. Solían proceder de familias pobres.

La mayoría eran enviados a Nápoles, donde existían nada menos que cuatro conservatorios donde recibían una dura formación. Se habla, incluso, de que en área napolitana llegó a haber cuatro mil niños castrados al año en el siglo XVIII. Tenían tendencia a la obesidad, con caderas redondeadas y hombros estrechos. No tenían barba, ni pelo en el cuerpo, pero sí tenían mucho en la cabeza.

El atractivo para las mujeres de los castrati

Si triunfaban ganaban gran cantidad de dinero y eran adorados por las mujeres. De hecho, los que eran castrados después de los diez años podían llegar a la erección, aunque normalmente eran castrados a los ocho años. Se hizo popular el que la falta de placer hacía que su apetito sexual se basara en dar pleno placer a la mujer, a lo que se unía la imposibilidad de un embarazo lo que los hacía ideales para relaciones discretas.

Alessandro Moresschi es considerado en la música occidental el último de los castrati, muchos de los cuales dejaron sobre el escenario de sus vidas un drama sublime.