
- Estatua romana - robceemoz
Cualquier persona, la más querida, la más admirable, la más buena, para los antiguos romanos se transformaba en un riesgo potencial al momento de su muerte. El difunto tras haber arrojado su última expiración quedaba convertido en un ente impuro capaz de causar daño a los vivos.
El único remedio era la prevención; los ritos funerarios cumplían con la importante tarea de congraciar a los deudos con el fallecido. Si se cometía un error durante las exequias se corría el riesgo de herir los sentimientos del muerto.
El Derecho romano prevenía las apariciones
El alma para los romanos, nos cuenta Claude Leucouteux en su libro Fantasmas y aparecidos en la Edad Media, no abandonaba al cuerpo al momento de morir. El muerto de alguna forma seguía vivo y los actos de quienes lo rodeaban aún podían llegar a molestarlo.
Esa era la razón de que la herencia no pudiese ser repartida antes de que culminara la larga celebración de los ritos. Debía haber terminado el tiempo de duelo y se debía haber realizado al noveno día un sacrificio junto a la tumba.
Por ley, la viuda no podía volver a casarse hasta que completara un periodo de luto. Tales eran los derechos legales de un muerto, de no ser respetados los deudos podían prepararse para la venganza.
Los fantasmas peligrosos eran llamados larvas
Con todo, esos muertos ofendidos no eran los más peligrosos. Aquella categoría la ocupaban “los mal muertos”. La gente fallecida de muerte violenta (con excepción de los soldados caídos en combate), los que habían muerto prematuramente, los criminales y los que quedaban insepultos.
Todos ellos, incapaces de seguir su camino al más allá, quedaban transformados en larvas causantes de enfermedades. La locura, la posesión, la epilepsia, el mal de san Vito, la apoplejía y la esterilidad femenina, eran causados por muertos desatendidos.
Gente propensa a transformarse en fantasma
Los suicidas tenían prohibido el derecho a ser enterrados según los ritos. Sin embargo el suicidio también se utilizaba como una forma de venganza. El espíritu del suicida regresaba para perseguir a quien lo había orillado a matarse.
Los criminales por su parte, tampoco tenían derecho a una sepultura ritual. Su cuerpo era arrojado al campo Esquilino. Quedaban además, excluidos de la comunidad religiosa y familiar. No se pronunciaba más su nombre y se prohibía su memoria, como si nunca hubieran existido.
Los que habían muerto endeudados no recibían mejor trato. Su acreedor, por ley, tenía derecho a castigar al cadáver. Podía, si así se le antojaba, arrojarlo a los perros o a las aves o incluso mutilarlo, con lo que provocaba que el difunto quedara sin la posibilidad de una sepultura ritual.
El castigo, demasiado severo porque se extendía a la eternidad y provocaba un fantasma, eventualmente fue reconsiderado por los legisladores.
La fiesta de la Lemuria daba libre paso a los aparecidos
Aún después de tomadas todas las precauciones había que resignarse a ser visitado por los fallecidos durante los días nefastos de los Lemuria (9, 11 y 13 de mayo). Durante esas fechas los dioses tutelares de las puertas, umbrales y goznes perdían todo su poder de protección, los espíritus tenían paso libre al interior de la casa.
El pater familias, que era el sacerdote del altar doméstico, tenía bajo su responsabilidad conjurar la invasión. Para lograrlo debía ir descalzo recorriendo toda la casa mientras arrojaba habas negras y golpeaba un recipiente de bronce cuyo sonido resultaba insoportable para los descarnados. Además debía recitar nueve veces, es decir tres veces tres, una formula de encantamiento.
Las habas eran muy útiles por su función de receptáculo que atrapaba en su interior a las almas de los muertos. Había que tener cuidado, sin embargo, de no comerlas. Quien lo hacía se exponía a ser poseído por una larva.
Métodos romanos para librarse de los espíritus de las tinieblas
También durante el invierno, que era la estación de los muertos, había que ser cuidadoso. Particularmente en la fiesta de las encrucijadas que se celebraba en honor a Hécate, la deidad de los espíritus y de las hechiceras.
El pater familias tenía entonces la tarea de asistir a un cruce de caminos, territorio de Hécate, y en un árbol colgar muñecas de lana que representaban a los diversos miembros de su familia. Luego, para evitar muertes fuera de tiempo, debía pedir a los espíritus de las tinieblas que aceptaran a aquellos sustitutos en lugar de las personas a quienes representaban.
“Los muertos son una ralea temible”, dice Lecouteux, ¿y cómo no lo iban a ser? Expulsados de sus hogares, alejados de sus seres queridos, privados de cualquier placer incluida la vida misma, cualquiera se pone de mal humor.
