Valencia se convierte en arte total durante las fiestas dedicadas a San José con sus esculturas monumentales convertidas en fuego y la completa escenografía en la que participa el pueblo entero, con todo lujo de efectos sensoriales, desde el aroma a la música, del color a la forma.

Esculturas monumentales

Grandes figuras de papel, cartón, madera y otros materiales modernos destinados a consumirse en el crepitar de las hogueras. Desde 1934 aquellas esculturas más graciosas o de más calidad son salvadas por votación, después de haber sido expuestos en la Exposición del Ninot, para pasar a formar parte del Museo Fallero, que se encuentra cerca de la Ciudad de las Ciencias y las Artes.

Fiestas del fuego

El 2 de febrero numerosos pueblos celebran el día de la candelaria: en las calles se encienden hogueras, a veces con toscos muñecos de trapo (Judas), alrededor de los cuales se baila, se come y se bebe, coincidiendo a veces con la llegada de los carnavales hasta los días de Pascua.

A mitad de marzo las Fallas de Valencia juegan con la ironía de la destrucción. Pensaban los dadaístas o los futuristas que inventaban algo. Pero el fuego ha fascinado desde el origen del hombre y su simbolismo de magia y combustión ha llenado miles de páginas de la cultura y el folklore.

Hoguera de las vanidades

Se sabe de la quema de elementos de desecho y de frivolidades ya en el siglo XV con Bernardino de Siena; y después seguidores de Savonarola en Florencia recogieron y quemaron miles de objetos el Martes de Carnaval.

Esta destrucción tenía como objetivo la eliminación de aquellos objetos que se consideraban pecaminosos o cargados de vanidad, así como instrumentos musicales y pinturas mitológicas; el mismo Boticcelli arrojó algunas en la hoguera.

Pero en Valencia ya no se queman desechos, ni muñecos de trapo que simboliza la traición y mezquindad humana; sino que los objetos destinados al fuego son el resultado del trabajo de artistas plásticos y el apoyo de organizaciones, que pueden cuantificarse. En 2011 el presupuesto es inferior a 2010 (8.628.179,21 € frente a 9.425.126,45 €). Eso sin contar el capítulo de la iluminación de calles, flores, trajes y organización. Sin duda todo este esfuerzo es una buena inversión para una Fiesta de interés turístico internacional.

Arte efímero y ecología

Como es exigible, también se plantea la sostenibilidad ambiental y efectos contaminantes en la atmósfera causados por la cremá, en los debates de Converses del 2007 ("La sostenibilitat de les Falles"), así como la necesitad de abordar el tratamiento de los residuos, la racionalización del consumo energético o la contaminación acústica generada por la fiesta.

Valor estético

El valor turístico, el disfrute del arte total de una fiesta bien planificada y organizada, con la participación entusiasta de todo un pueblo es incuestionable. Como se disfruta en el happenig de la Semana Santa sevillana, como un evento de arte total; así que retrocedan las performances o escenificaciones, las puestas en escena en galerías o centros de arte con pretensiones conceptuales.

Se disfruta con todos los sentidos en Valencia durante las fallas: el olor del azahar y otras flores junto con la pólvora; el color y la luz de la primavera mediterránea; la iluminación de diseño de las calles; la música; el ruido hecho sensación musical con el petardo y la explosión aderezada con el bullicio del gentío.

Es placer estético. Y hay que buscarlo y promoverlo.

Crítica y estética

Siendo unas fiestas cercanas al carnaval en lo crítico y lo grotesco, ha tenido siempre críticas y detractores. Este no es el momento de valoraciones económicas. Sí habría que plantearse el contravalor de las fallas desde el punto de vista del gasto energético o la ecología.

Pero hay que valorar intrínsecamente el valor estético de las fallas.

Así como ponderar su estancamiento creativo. O ¿hay que hablar más bien de tradición y folklore?

El escritor y periodista Manuel Vicent, en el artículo “Para que el fuego solo sea un espejo" (1987) se plantea en cierto modo una valoración crítica y estética, al decir:

“Como parto de la imaginación creo que hoy las fallas se encuentran en un callejón sin salida. El barroquismo se ha devorado a sí mismo. La crítica abstracta, acerca de temas generales, sin la malicia inmediata, ha convertido en algo retorcido e insulso el monumento de cada falla, aunque la perfección y el virtuosismo del montaje y la elaboración de “els ninots” no dejen de causar asombro a las almas puras y sencillas del pueblo. A mí en concreto no me emociona nada ir de falla en falla haciendo un recorrido con los pies hinchados para contemplar ideas repetidas, motivos siempre vistos e interpretados con el mismo patrón, imágenes gastadas de tenderos barrigudos, plutócratas avaros, sexos retorcidos, procaces e inútiles, ironías sarcásticas sobre precios en alza, guerras hipotéticas, contaminación de la atmósfera, inseguridad ciudadana y otros temas siempre viejos porque ya todos son del año pasado. La falla estática o paralizada no me conmueve”.

Barroco, exceso en las formas, es también parte del gusto popular, como en la Semana Santa sevillana, aunque sin perder la elegancia, contenida por un sentimiento religioso. Mientras que en la escultura fallera el componente originario y primordial es la sátira, crónica y crítica social, más próximo a los carnavales de Cádiz, donde la sátira y el humor no huyen de lo grotesco y popular, sin pretender descollar casi nunca hacia el buen gusto o la elegancia.

Exceso y brillantez sonora y visual son los carnavales de Brasil. Y el exceso en la fiesta es algo muy popular. Así que lo que Vicent propone como fallo habría que someterlo al filtro de la perspectiva del arte tradicional; si bien, también en la estética folklórica tiene que haber innovación. Es la tensión creativa entre la tradición y la trasgresión que tiene que existir siempre en el arte.