La teoría de la selección natural, propuesta por Charles Darwin, nos mostraba como la naturaleza tiene sus propios mecanismos para asegurarse de que sólo los individuos más sanos y mejor preparados obtengan descendencia y por ello cada generación sea "mejor" que la anterior. En muchas especies animales, uno de estos factores consiste en que uno de los miembros de la especie (generalmente el macho) tenga que competir con los demás para ver quien es el que logra aparearse.

Socialización en contraposición de los instintos básicos

El ser humano, en muchos aspectos, ha conseguido de algún modo desvincularse de la vida "natural" y desde la repentina revolución tecnológica y su "aislamiento" en las ciudades, los problemas de su vida cotidiana ya no son los mismos. Ya no hay que huir de depredadores, buscar refugio, o emigrar a otras zonas cuando cambie el clima. En otras palabras, el ser humano ya no se desenvuelve en el ambiente para el cual "fue programado".

Sin embargo, seguimos mostrando muchas señales que indican qué nuestro organismo y nuestra mente no han conseguido desvincularse del todo de la vida de nuestros ancestros (ya que la evolución social ha sido demasiado rápida como para poder ser acorde con la evolución organísmica).

Muchos psicólogos sociales se han interesado en averiguar si, a la hora de escoger pareja, seguimos atendiendo a esos "instintos animales" o, si por el contrario, la socialización del ser humano ha generado nuevos criterios a la hora de escoger un compañero sexual, que han prevalecido sobre los motivos "naturales".

Cabe destacar qué las teorías analizadas a continuación son referentes a la elección de una pereja "sexual", ya que la elección de una pareja "romántica" es algo más complejo.

Toería de la inversión parental de Trivers

Robert Trivers propuso, en 1972, esta teoría que mantiene que el género que más invierte en la descendencia es el que escoge a la pareja.

En el caso de los seres humanos, la hembra es quien mayor inversión realiza (ambos sexos comparten el coito, pero la mujer, además, tiene que pasar por 9 meses de embarazo). Si el ser humano se atiene a esta ley de la naturaleza, se encontraría qué, generalmente, una mujer es más exigente y selectiva a la hora de escoger un compañero sexual que un hombre. Efectivamente, si examinamos recientes investigaciones en donde se les pide a los sujetos el número de citas necesarias antes de irse con alguien del sexo contrario a la cama o los requisitos necesarios para desear hacer tal cosa, encontramos un nivel de exigencia mucho mayor en las mujeres (aunque algunos detractores afirman qué la "deseabilidad social" de los sujetos es lo qué proporciona dicho resultado).

El atractivo físico, síntoma de buena salud

Otro aspecto a tener en cuenta a la hora de escoger una pareja es cuan de atractivo nos resulte la misma, pero ¿Cuáles son los factores que se consideran "universalmente" atractivos? La teoría psicobiológica responde qué "Aquellos que nos indican qué la otra persona goza de buena salud y es fértil".

Las investigaciones han demostrado que cuánto más simétrico es el rostro, más atractiva resulta una persona. El estado de la dentadura, el la masa corporal... todos son factores que se tienen en cuenta a la hora de seleccionar una pareja sexual, lo cual promueve qué solo los individuos que posean atributos que promuevan la supervivencia tengan descendencia, siendo esos los genes que persistirán en las siguientes generaciones.

En cuanto a las diferencias individuales, marcadas por el género, los hombres prefieren a mujeres de caderas anchas (síntoma de fertilidad) y pechos turgente (la turgencia está mejor valorada que el tamaño). Las mujeres, por el contrario, tienden a fijarse más en rasgos "atléticos" que aseguren qué la pareja podrá protegerle a ella y su cría, algunos de estos factores son la anchura de espaldas o la musculatura. Varios autores han destacado qué el hecho de que las mujeres valoren la protección y el poder económico del hombre, puede no deberse a causas genéticas, sino a qué, históricamente, han disfrutado de un estatus social más bajo y han necesitado de un compañero de esas características.

¿Siempre nos atenemos a la perspectiva psicobiológica?

Gangestad y Buss, en 1993 analizaron los datos de preferencia de 29 culturas de Buss (realizado 4 años atrás), para investigar una hipótesis derivada de la “teoría parásita” de selección sexual, que propone qué las personas seleccionan parejas sobre la base de su resistencia ante patógenos parasitarios y qué el atractivo físico indica inmuno-competencia y alta resistencia a la enfermedad.

Los resultados concluyeron qué, tanto hombres como mujeres de áreas geográficas con mayor prevalencia relativa de patógenos, valoran el atractivo físico de la pareja más que las personas de zonas con menor prevalencia, dónde factores como el poder económico cobran más importancia.

Hipótesis de la igualación

Existe una gran cantidad de pruebas que indican qué mujeres y hombres tienden a emparejarse con personas de un nivel de atractivo físico similar (hipótesis de la igualación). Los estudios con parejas de hecho afirman de manera consistente que las parejas románticas tienden a cumplir dicha característica.

En un estudio longitudinal, realizado en 1980, White encontró que la semejanza en el atractivo es un predictor del mantenimiento del noviazgo.

Crítica a la hipótesis de la igualación

Kalick y Hamilton, en 1986, defendieron qué, aunque se cumple dicha similitud en el atractivo físico, este puede no ser el resultado de la preferencia de las personas por otras de un nivel de atractivo similar, sino la resignación de no poder acceder a alguien más atractivo.

Para ilustrar esto, emplearon una simulación de ordenador sobre selección de pareja que asume qué todos los individuos demandan una pareja atractiva independientemente de su propio atractivo y puesto qué los más atractivos son capaces de satisfacer esta demanda (emparejándose de manera ordenada), los menos atractivos deben emparejarse entre si. De este modo, fueron capaces de encontrar correlaciones significativas entre el atractivo físico de los miembros de las parejas, superiores a los encontrados en estudios con parejas reales.