Algunas tragedias adquieren tal belleza que cuesta encontrar el límite entre el desasosiego y la esperanza. La propia vida de María Moliner tiene una carga tan intensa de vitalidad y lucidez que al acabar esta función no podemos más que compartir con los actores el intenso agotamiento de una hora y media de gran teatro que les deja exhaustos.

Nosotros continuamos indagando en la vida del personaje, porque la obra profundiza en aspectos trascendentales pero quedan dudas lógicas en toda una vida dedicada a la palabra y el amor por una familia con varios hijos, uno de los cuales muere a poco de nacer. El torbellino de los años de infancia (con un padre que la abandona en plena adolescencia) y la creación del amor en pareja y construcción de su propia familia sin abandonos de ninguna clase... apenas se bosqueja en escena.

Escenas magistrales de guerra y de paz

Lo que la obra transita es el devenir desde la aparición trágica de una enfermedad que afectará al habla y la escritura de una mujer entregada durante toda la vida a la investigación del lenguaje y a su orden estricto a través de archivos y bibliotecas.

Es más, en un prólogo muy rico en matices, ya embarcamos en una muerte que percibimos a través del oído y la vista... con las paredes del escenario cubiertas de palabras sueltas, brotes del Diccionario de uso del español, tan maravilloso que creó María Moliner y el desasosiego producido por el sonido de una máquina de hospital...

A partir de allí, el recorrido se mueve en diversos tiempos en un logrado crecimiento dramático. Y al menos un par de escenas que provocan escalofríos mientras duran y después, en manos del espectador inquieto que continúa navegando en la función y en los testimonios históricos. Estas dos escenas son: la tremendamente dolorosa aceptación de la llegada de Franco a Valencia para un matrimonio de republicanos que ha de quemar sus libros y empezar una larga, terrible agonía.

Y con la siempre espléndida voz de José Pedro Carrión, aquella en que María ha de padecer una revisión aparentemente sencilla de su enfermedad cerebral. Un ejercicio de memoria que para el médico es pura rutina, pero para ella el recuerdo del juez que le arrebató gran parte de su vida, condenándola por republicana, entre otras muchas vicisitudes.

Hay más escenas magistrales, que golpean al espectador sin necesidad de efectos guiñolescos. Todo tiene la palabra justa, precisa, en un texto muy pulido y una puesta en escena de preciosa armonía.

La belleza de la búsqueda del lenguaje, la repulsa a los convencionalismos académicos, el eco de una guerra civil que dio por tierra con impresionantes esfuerzos de liberación y reconquista cultural.

Pero también, y sobre todo, esta representación subraya el esfuerzo descomunal de esta mujer al margen de todo prejuicio, de recompensas materiales, siempre en pos del mejor trabajo posible, de la búsqueda constante y maravillada en las posibilidades infinitas del lenguaje.

Un espectáculo de vigorosa riqueza

Hay aquí una proeza digna de máxima alabanza, desde el comienzo en que se luchó por hacer posible esta producción en estos tiempos tan difíciles (con la participación activa de José Luis Gómez, director del teatro, una y otra vez aupando nuevos autores, como sucedió, por ejemplo, con Defensa de dama y Grooming), y la elección de todo un equipo de profesionales rigurosos que han llegado al estreno de El diccionario con un grado de emoción que pocas veces he visto en una rueda de prensa.

Y esta emoción es constante en el escenario: en los silencios, en la repetición de algunas frases, en la manera tan lenta de moverse o tan intensa, según convenga. Porque Vicky Peña logra nuevamente ser ovacionada por el público en un afán de saltar a abrazarla y besarla, por su extraordinaria capacidad de fundir distancia y emoción, por sentir profundamente la soledad y la fortaleza, el dolor y la esperanza de su apasionante personaje, y al mismo tiempo en cuestión de segundos pasar al discurso formal, el recuerdo lacerante, el buen humor del ama de casa...

Pero no está sola, la acompañan Lander Iglesias como su marido, y Helio Pedregal en el papel del neurólogo, uno y otro coronando de gloria su minuciosa manera de hacer y decir, a sabiendas de que están sirviendo a dos mujeres excepcionales: María Moliner y Vicky Peña, y lo hacen con la humildad de los grandes, temerosos de errar, de romper esta atmósfera tan interesante y emotiva.

Hay tantos elementos atractivos en este trabajo que merece ser visto más de una vez. La escenografía y la iluminación de Francisco Leal crea un clímax sobrecogedor, surgido del desfile milagroso de palabras de El diccionario de María Moliner y del autor de la obra, Manuel Calzada Pérez. A tal punto está lograda la armonía de todas las partes, que también merece un fuerte aplauso el silencioso ayudante de dirección Leo Granulles, quien está desde el principio en escena moviendo elementos escenográficos imprescindibles para la acción, convenciendo rápidamente de que no existe, de que en realidad es "invisible".

Un canto de esperanza contra el abatimiento

La primera acepción de la palabra libertad en el Diccionario de uso del español de María Moliner resulta clave en un momento de la función.

La dice ella misma, tras criticar las definiciones de los señores académicos. La dice en un discurso a la Academia de la Lengua que no llegó a pronunciar porque jamás tuvieron arrestos para invitarla:

Libertad: Facultad del hombre para elegir su propia línea de conducta, de la que, por tanto, es responsable.