Bertrand Russell y Frederick Copleston, dos gigantes de la filosofía, mantuvieron un debate sobre la existencia de Dios radiado por la BBC en 1948, donde plantearon posturas diametralmente opuestas.

Frederick Copleston (1907-1994) fue un sacerdote jesuita inglés, conocido por su famoso libro Historia de la filosofía, escrito para formar a los seminaristas católicos en la estructura lógica de los distintos sistemas filosóficos. Su obra está considerada como uno de los mejores manuales de historia de la filosofía.

Bertrand Russell (1872-1970) es uno de los fundadores de la filosofía analítica. Además de ser uno de los filósofos más influyentes del siglo XX también fue conocido por su activismo y compromiso social.

El debate se suele dividir en cuatro partes: una introducción, donde los contertulios definen sus posturas básicas y establecen unos acuerdos respecto a determinados conceptos; una primera parte, donde se debate la validez del argumento de la contingencia como prueba de la existencia de Dios; una segunda parte, en la que se discute la experiencia religiosa y sus implicaciones; y una tercera y última parte, en la cual se debate la pertinencia del argumento moral como demostración de la existencia de Dios, y ambos intelectuales exponen sus conclusiones sobre el debate.

Introducción, un acuerdo sobre el concepto de Dios

Copleston y Russell acuerdan una definición de Dios como "un ser personal supremo, distinto del mundo y creador del mundo". Copleston sostiene que Dios existe y que este hecho se puede demostrar filosóficamente. Russell, por su parte, se declara agnóstico.

A continuación, Copleston pregunta a Russell si piensa que negar la existencia de Dios conduciría necesariamente al relativismo moral. Bertrand Russell lo niega y declara que son dos problemas conceptualmente distintos.

¿Prueba el argumento de la contingencia que Dios existe?

Copleston Plantea a Russell el argumento de la contingencia de Leibniz como prueba de la existencia de Dios. Sintetizado al extremo, el argumento es más o menos el siguiente:

  • Los seres del mundo son contingentes (no tienen en sí mismos la razón de su ser).
  • Su razón de ser debe hallarse en un ser necesario (que tenga en sí mismo su razón de ser).
  • Ese ser necesario existe y es Dios.
Russell, sin embargo, argumenta que los términos "necesario" y "contingente" sólo se pueden aplicar a un tipo de proposiciones cuya negación implica contradicción, mientras que, en su opinión, fuera del ámbito de la lógica, todos los seres (incluido Dios) pueden ser concebidos como no existentes sin incurrir en contradicciones.

La argumentación deriva hacia el principio de causalidad, donde Copleston reprocha a Russell su negativa a aceptar que el mundo debe tener una causa, y que una serie ilimitada de causas y efectos es imposible. Russell, por su parte, sostiene que la causalidad es algo relacionado con nuestra experiencia directa y que no se puede aplicar a un problema tan alejado de la experiencia como es la pregunta acerca de si el mundo tiene una causa. Russel se apoya, además, en los descubrimientos de la física de su tiempo, como el principio de incertidumbre, que ponen en duda el principio de causalidad. Copleston, sin embargo, afirma que incluso los científicos que aceptan la indeterminación en su campo de estudio no pueden ignorar tácitamente la búsqueda de causas en su labor científica.

La experiencia religiosa como argumento que apoya la existencia de Dios

Copleston plantea el argumento de la experiencia religiosa en apoyo a la afirmación de la existencia de Dios. En palabras de Copleston:

"Por experiencia religiosa... entiendo una apasionada, aunque oscura, conciencia de un objeto que irresistiblemente aparece al sujeto de la experiencia como algo que le trasciende... algo que no puede ser imaginado ni conceptualizado, pero cuya realidad es indudable, al menos durante la experiencia".

Para Copleston, las experiencias místicas de determinadas personas constituyen un argumento a favor de la existencia de Dios. Russell, sin embargo, indica que una argumentación que se derive de los estados de conciencia subjetivos y que, además, apela a la experiencia de algo cuya existencia no puede ser corroborada por una mayoría de sujetos no constituye una prueba. Copleston está de acuerdo, pero sostiene que, aunque no se trate de una prueba, aceptar que Dios es la causa objetiva de la experiencia religiosa proporcionaría la mejor explicación al fenómeno.

Copleston apela a la transformación en términos de bondad y benevolencia que se han producido tras una experiencia trascendente y cita el caso de Plotino. Bertrand Russell sostiene que los efectos moralmente positivos de una creencia no constituyen una evidencia de su verdad, a lo que Copleston contesta que se puede considerar una prueba, al menos, de su cordura.

El argumento moral, ¿es necesario Dios para fundamentar los valores?

El argumento moral se basa en la afirmación de la necesidad de la existencia de Dios como fundamento de los valores morales. Copleston piensa que la ley moral solo se explica atribuyendo a Dios su autoría y que desde el ateísmo no se puede justificar la obligación moral. Russell no acepta esta explicación y ante la pregunta de Copleston sobre la naturaleza de su criterio moral apela al sentimiento y al cálculo de consecuencias de las acciones. Copleston rechaza el emocionalismo moral y el consecuencialismo de Russell y reivindica una concepción de los valores como realidades objetivas independientes del sujeto.

Como conclusión, el absoluto desacuerdo

Copleston el escolástico y Russell el neopositivista no llegaron a un acuerdo sobre la existencia de Dios, lo cual era predecible. Más significativo es el hecho de que ni tan siquiera se pusieran de acuerdo con el lenguaje. Los conceptos y procedimientos argumentativos planteados por Frederick Copleston carecían de sentido para Bertrand Russell. Los argumentos de Russell no constituían, según Copleston, auténticas explicaciones. Si se sitúa el debate en su contexto, no es de extrañar que no pudieran acordar un lenguaje común: sendos discursos pertenecían a ámbitos filosóficos tan dispares como la metafísica y lógica clásicas, y el cientifismo y la lógica contemporáneos. Ambos debatieron utilizando una expresión de Ludwig Wittgenstein, desde distintos juegos del lenguaje.