La existencia de Dios, probablemente, sea un asunto que ha preocupado al hombre desde los inicios de su historia. Los dioses de la antigüedad y, posteriormente, el monoteísmo encarnado por un único Dios, ha estado siempre presente en la historia de la humanidad, sentando las bases ideológicas, sociales y de comportamiento que han regido a las civilizaciones humanas a lo largo del tiempo.

Antaño la religión representaba el poder; no era posible hacer una distinción –como en la actualidad– entre religión y política. Era todo uno. Tampoco era posible cuestionar en ningún sentido la existencia de Dios ni ninguno de sus atributos, preceptos o leyes, a no ser que se tratara del Dios de otras culturas.

¿Existe Dios?

La existencia de Dios –o no– plantea, sin duda, muchos interrogantes. Podríamos empezar con dos cuestiones: ¿por qué necesitamos creer en Dios? O bien ¿por qué Dios necesitaba crearnos? Buscar el sentido a ambos planteamientos no es nada sencillo. Quizá lo sea un poco más buscárselo a la primera cuestión, donde la necesidad del ser humano de creer en un ente superior que llene al vacío existencial siempre ha estado latente en todas las culturas.

Las necesidades humanas de otorgarle sentido a su existencia pueden servirnos para comprender porque surgió la idea de un Dios creador y protector, sin embargo, es más complicado cuando invertimos los términos y pensamos en qué necesidad podría tener Dios para crearnos. Es algo que no parece tener mucho sentido desde un planteamiento estrictamente humano; a no ser que “humanicemos” a Dios o, como suele ocurrir, que se explique desde la fe.

Argumentos a favor y en contra de la existencia de Dios

Hay muchos argumentos sobre la existencia o no existencia de Dios; argumentos que parten desde diferentes puntos de vista. En general se pueden clasificar entre teístas (que creen en Dios), ateístas (que no creen en Dios) y agnósticos (que creen que el hombre no está capacitado para acceder el conocimiento de Dios). Aunque cabe decir que estas posturas han derivado en otras corrientes que tratan de precisar y profundizar en la existencia –o no– de Dios.

Las pruebas más o menos inteligentes que pretenden demostrar la existencia o la inexistencia de Dios son interminables. A modo de pincelada, una frase de Voltaire que, a su modo, pretende dotar de sentido la existencia de Dios: “Hay Dios, porque no hay reloj sin relojero”. Por su parte, Bertrand Russell, que de hecho no buscaba una especial trascendencia teológica, hizo fama con lo que se llamó la Paradoja de Russell donde se priva a Dios de uno de sus atributos esenciales: “Si el Dios omnipotente existe, ¿podría crear un peso tan pesado que ni él pudiera levantar? Tanto si puede como si no puede, no existiría un Dios omnipotente”.

Stephen Hawking también levantó bastante polvareda cuando, no hace mucho, descartaba la existencia de Dios para explicar la formación del universo; conclusiones que recogía en su libro "The Grand Design".

¿Qué espera Dios del hombre?

La Biblia –por mencionar el Libro que a casi todos nos resulta más cercano– está repleta de promesas, recompensas, amenazas y castigos. No se requiere demasiada objetividad para ver que las exigencias del Dios de la Biblia son, sobre todo, de obediencia, sin importar demasiado el sentido o la lógica de lo que se exija. La Biblia está llena de relatos a los que resulta muy difícil darles una explicación, a no ser que se haga bajo los parámetros de fe que nada cuestiona. Por citar alguno de los más extraños, está el pasaje del Génesis donde Dios toma la decisión de destruir Sodoma y Gomorra, avisando previamente a Lot para que huya con su familia. Al parecer Dios les apremia para que se marchen sin dilación y no miren hacia atrás. La esposa de Lot, sin embargo, mira hacia atrás y es convertida en una estatua de sal. ¿Por qué? Por desobedecer. Si eso les pasaba a los “buenos”… También es curioso que Lot no se lamente ni se cuestione ni, de hecho, si diga nada más sobre este episodio.

¿Qué espera el hombre de Dios?

Está claro que en esta vida –y parece ser que también en la otra– nada es gratuito ni se hace por amor al arte. La creencia en Dios por parte del hombre no es en absoluto desinteresada. Muy al contrario; es egoísta, incluso se diría que egocéntrica, ya que considerarse uno mismo lo suficientemente importante para que Dios lo considere digno de la vida eterna es, cuanto menos, bastante inmodesto.

Objetivamente, alguien que aspira a hacer el bien –sea lo que sea hacer el bien– no debería estar condicionado por el temor que puede inspirarle un ser superior que, de infringir sus normas, se corre el riesgo de terminar en el infierno. ¿Haría igualmente el bien de no existir este temor? El valor de las acciones se sublima cuando no espera nada a cambio.

La creencia aporta seguridad, pero también monotonía; la duda aporta incertidumbre, pero también pasión.

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