Virginia Berlinerblau, especialista en psiquiatra infantil y medicina legal, consultora en Psiquiatría Forense Infantil del Servicio de Pediatría del Hospital Tornú y miembro de la Comisión de Asesoramiento sobre "Delitos Sexuales Contra Menores" del Ministerio de Justicia de la Nación, entre otros cargos y funciones, habla sobre las dificultades para detectar un abuso sexual infantil.

¿Cómo se demuestra un abuso?

La evaluación de niños por presunto ASI en la justicia es una tarea compleja; requiere profesionales médicos y psicólogos altamente capacitados, actualizados y comprometidos éticamente con la tarea, así como una justicia actualizada. Esto implica no sólo evaluar la probabilidad de que haya ocurrido abuso, sino también considerar factores de riesgo y si el niño necesita tratamiento.

Muchos casos son ambiguos. Los más complejos son aquellos que involucran niños pequeños, de edad preescolar, ya que sus relatos son típicamente incompletos y breves, descansando desproporcionadamente en la capacidad del evaluador para lograr su confianza y comunicación.

¿Cuál es la realidad en Argentina?

En la Argentina, y más precisamente en Capital Federal, la investigación de las denuncias de ASI se apoyan fuertemente en las pericias médicas, psiquiátricas y psicológicas y en la valoración de la credibilidad del testimonio infantil. Sin embargo, a la fecha (mayo de 2010) todavía no se ha logrado el suficiente consenso y la imprescindible articulación intra e interdisciplinaria en el proceso. El tipo de abordaje y la calidad pericial resultante dependen del profesional que lleve el caso, de su compromiso con la tarea y de su formación científica.

¿Cuál sería la clave?

Creo que el factor humano es clave, así como las condiciones relativas a la infraestructura y los tiempos. En los últimos años la literatura científica ha avanzado significativamente respecto de las capacidades de los niños como testigos, la valoración de la credibilidad del testimonio y del impacto traumático del abuso y de los procedimientos judiciales en los niños y sus familias. Sin embargo, persiste en la sociedad y en la Justicia una suerte de no reconocimiento del efecto de estos abusos ni de los desafíos que plantea un niño que es puesto en la posición del testigo para dar testimonio.

Hay una falta de empatía con los niños en cuanto a sus padecimientos. Se tiende a hablar del abuso sexual y del incesto paterno filial como hecho pasado en la vida de un niño o adolescente. No se reconoce la gravedad del impacto traumático en el psiquismo infantil ni sus derivaciones en la adultez. En la Justicia suele considerarse que si se interrumpió el abuso se acabaron sus efectos, salvo los casos considerados más graves, y es difícil adjudicarlos cuando, como pasa en la gran mayoría de los casos, no hay evidencia física específica.

Desde una visión objetiva, para trabajar con niños maltratados en la Justicia se requieren antecedentes de experiencia clínica con niños, la especialización y aún la subespecialización, la supervisión, el control con pares, la actualización permanente y el trabajo interdisciplinario.

Hay distintos enfoques profesionales

La perspectiva subjetiva de cada profesional (médico, psiquiatra, psicólogo, ginecólogo) se pone éticamente a prueba en cada caso. Escuchar a niños abusados suele generar emociones y sentimientos encontrados. Aparecen la pedofilia y el incesto, y están en juego la relación padre niño, la función paterna, la relación adulto niño y la historia personal de cada uno. Nuestra historia personal, ideología, prejuicios y preconceptos, aún los no reconocidos, entrarán en escena, así como nuestros antecedentes personales, la motivación para la tarea, el grado de compromiso y la plasticidad de nuestra personalidad. No debemos desconocer ni minimizar la influencia de estos factores en nuestra capacidad de escuchar y ponderar luego la posibilidad de abuso sexual.

La capacidad de un niño o niña para comunicar sus experiencias abusivas está en directa proporción con la disponibilidad de escucha del evaluador. Hay muchos modos de callar a un niño, directa o indirectamente.

¿Qué debería hacerse para que hable?

La práctica diaria nos indica la predisposición a hablar de los niños y adolescentes cuando hay una escucha cuidada y respetuosa, contradiciendo la afirmación universal de la revictimización en las entrevistas investigativas. También se niega la subjetividad del evaluador que busca incesantemente mecanismos de verificación diagnóstica carentes de validación científica específica para abuso sexual infantil (a través de test psicológicos), adjudicándoles una especificidad para la detección de ASI de la que carecen. Los test no suplantan la escucha y en ocasiones, a juzgar por sus resultados, parece obturarla. Algunos evaluadores convierten la pericia en un hecho burocrático, ignorando que se trata de un acto que tiene consecuencias de vital importancia para el niño, el acusado y su entorno. El acto pericial debe contribuir a la investigación judicial y determinar si ese niño o niña corre el riesgo de ser revictimizado o si necesita ayuda terapéutica para superar los efectos del trauma.

Una adolescente víctima de incesto paterno, decía en la entrevista psiquiátrica: ¨En la Cámara Gesell me puso un poco nerviosa ver las sillitas chiquitas y pensé cuando yo era chiquita y me dio impresión, yo no tenía solución de chiquita. Yo de chiquita no tenía a quién concurrir, por lo menos a estos chicos le dan solución…¨. La joven se muestra esperanzada, espera una respuesta judicial acorde, la única que pueda pacificar su reclamo. Confía en un acto de justicia que permita la reubicación de los lugares: el del niño en el lugar de la víctima y el del abusador en el del pedófilo.

La pericia, por consiguiente, es un acto que tiene importantísimas consecuencias para el niño, ya que puede contribuir a hacer Justicia (configurándose en acto reparatorio) o permitir la impunidad (con posibilidad de revictimización de ese mismo niño o de otros) y es lo primero lo que aporta ética a la tarea pericial.