La eutanasia o, lo que es lo mismo, la decisión que toma una persona, consciente y voluntariamente, de no prolongar su vida artificialmente, es una cuestión donde los aspectos morales y las creencias religiosas juegan un papel tan importante como frontalmente opuesto al derecho del individuo a decidir sobre la posibilidad de tener una muerte digna, siempre y cuando no existan expectativas de llevar una vida en condiciones igualmente dignas.

Eutanasia: entre la moral colectiva y la libertad individual

Los avances científicos han influido notablemente en la longevidad del ser humano, así como en su calidad de vida. Dicha influencia se ha extendido al proceso de la muerte, hasta el punto de mantener con vida artificialmente a una persona que carece de posibilidades de recuperar las condiciones mínimas que permitan una vida digna. Es en este punto donde aparece el debate entre la omnipotencia tecnológica y el derecho a una muerte digna.

La polémica sobre la libertad del individuo para decidir sobre su propia muerte es un asunto que ya lleva tiempo instalado en la conciencia social. Un posicionamiento considera que la eutanasia es una de las libertades básicas de la persona mientras que en el otro extremo se observa la eutanasia como un acto inmoral que atenta contra los principios de cualquier sociedad civilizada.

Legislación sobre la eutanasia

No es nada nuevo afirmar que enfrentarse a la tarea de reflexionar sobre la propia muerte sea un ejercicio demasiado habitual en nuestra sociedad. Todo lo contrario. La idea ilusoria de inmortalidad con la que nos manejamos, rehuyendo una realidad que a todos atañe, impide la toma de conciencia sobre la inevitabilidad de nuestro final.

España cuenta, desde 2008, con el derecho a morir dignamente, lo cual queda recogido a través del testamento vital. Cada ciudadano está en su derecho de dejar escrito qué tratamientos médicos está dispuesto a recibir y cuáles no. No obstante, no se trata de una garantía de aplicación obligada, ya que viene condicionado por el beneplácito del médico y, en última instancia, refrendado por el consentimiento de los familiares más directos para que puedan llevarse a la práctica las últimas voluntades del afectado.

En nuestro Código Penal, en el artículo 148, se recoge lo siguiente:

  1. El que induzca al suicidio de otro será castigado con la pena de prisión de cuatro a ocho años.
  2. Se impondrá la pena de prisión de dos a cinco años al que coopere con actos necesarios al suicidio de una persona.
  3. Será castigado con la pena de prisión de seis a diez años si la cooperación llegara hasta el punto de ejecutar la muerte.
  4. El que causare o cooperare activamente con actos necesarios y directos a la muerte de otro, por la petición expresa, seria e inequívoca de éste, en el caso de que la víctima sufriera una enfermedad grave que conduciría necesariamente a su muerte, o que produjera graves padecimientos permanentes y difíciles de soportar, será castigado con la pena inferior en uno o dos grados a las señaladas en los números 2 y 3 de este artículo.

Eutanasia activa y eutanasia pasiva

La eutanasia pasiva se da cuando se eliminan los instrumentos de todo tipo, incluidos los medicamentos, para que se produzca una muerte natural. Muchas veces se trata de un término que se utiliza erróneamente, introduciendo conceptos que nada tienen que ver con la ley natural.

La eutanasia activa sí implica una intervención directa. Se refiere a la muerte que se produce de una manera premeditada con el objeto de poner fin al sufrimiento del paciente. Un concepto parecido, aunque debería distinguirse de la eutanasia activa, es el del suicidio asistido, el cual se produce cuando se le proporcionan al paciente los medios para que pueda terminar con su propia vida.

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