En nuestros pocos años de vida hemos sido testigos de dos acontecimientos muy importantes, el fin de un siglo y al mismo tiempo de un milenio, el término de una etapa histórica y el comienzo de otra. Este es, de alguna manera, un privilegio que no muchos seres humanos han podido experimentar a lo largo de la historia. Estamos comenzando un nuevo período histórico y esto significa que somos testigos de importantes cambios en la humanidad. Esos cambios se presentan a veces en forma abrupta, otros se van dando paulatinamente y son más difíciles de percibir. La historia se arma con cada hecho, desde el más abrumador hasta el más pequeño. La Europa de finales del siglo XIX, sufrió tal transformación, que se piensa a nivel macro como uno de los cambios de mayor importancia en la historia de la humanidad.

Hace cien años, los habitantes del mundo, y especialmente los de Europa, vivieron un período de drásticas variaciones que transformaron radicalmente la historia de la humanidad.

De la "belle epoque" al desmoronamiento de un sueño

A comienzos del siglo XX Europa parecía vivir los frutos de un sueño hecho realidad. Sus posesiones coloniales habían convertido al viejo continente en el líder indiscutido del mundo en el ámbito económico y militar, mientras que los valores ideológicos y sociales de su cultura, se habían transformado en modelos dignos de imitación en muchas regiones del planeta.

El crecimiento económico, los avances científicos y tecnológicos que permitían prolongar la vida, viajar con facilidad a otros lugares y avanzar cada vez más en el conocimiento y conquista de la naturaleza, eran el telón de fondo de un ambiente de optimismo y confianza que vislumbraba el futuro como un espacio lleno de esperanzas y oportunidades. Hasta los conflictos de intereses suscitados entre los países del continente solían resolverse mediante soluciones pacíficas.

Desde 1815, ninguna gran potencia de Europa se había enfrentado a otra en alguna guerra importante, aunque sí fueron frecuentes las expediciones agresivas de países imperialistas contra países significativamente débiles.

El ambiente de paz, de optimismo y de progreso reinante, dio la denominación de "belle epoque" a los años transcurridos entre 1880 y 1914, teniendo como protagonista a la burguesía. Pero esa misma clase social en ese período fue abandonada paulatinamente los rígidos valores morales que la habían caracterizado en la etapa anterior, donde la austeridad y el trabajo constituían jerarquías de primer orden. Cierto tono frívolo y despreocupado comenzó a dominar la vida de la clase alta en las principales ciudades de Europa, estilo que cundió con rapidez en los grupos de la llamada clase media o pequeña burguesía, que a través de la moda, la arquitectura, la decoración y los modos de dividirse, aspiraban a diferenciarse de los obreros urbanos.

No olvidemos que antes de este periodo histórico ocurrió el llamado siglo de las luces o ilustración, que se extendió en algunos países, hasta los primeros años del siglo XIX. Este periodo se vio influenciado por la aparición de filósofos que promovieron el uso de la razón antes que el dogmatismo religioso, cuya validez hasta hoy se discute, sobre todo en áreas filosóficas.

Crisis de 1914

En 1914 la prosperidad y estabilidad de Europa fue bruscamente interrumpida al declararse la primera guerra mundial. Desde entonces, todos los fundamentos sobre los que se había organizado la sociedad europea del siglo XIX, y que había proyectado a gran parte del denominado "mundo occidental", entraban en una profunda crisis, que seguiría durante 31 años, hasta el término de la segunda guerra mundial (1945). Para entonces el orden político y económico del mundo había experimentado profundas transformaciones, lo mismo que los valores, convicciones y esperanzas que hasta 1914 parecían inmutables.