
- dont mess serie - miguel ugalde
Se atribuye a Voltaire (1694-1778), el filósofo ilustrado francés la frase: “No estoy de acuerdo con lo que dices pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. Sintetiza el sentir de una época que veía en la capacidad de discrepar un don y no una amenaza.
Cuando en un grupo humano, secular o religioso, se anula la capacidad de opinar diferente, en aras de la convivencia o la democracia, se termina asesinando uno de los mayores dones que posee el ser humano: la capacidad de pensar por sí mismo.
Pensamiento crítico
La capacidad de analizar críticamente lo que se piensa o dice es una posibilidad netamente humana. Por dicha potencialidad se han podido producir las grandes obras de todos los tiempos y en todos los ámbitos.
La mayoría de los científicos, literatos, creadores e inventores han sido catalogados en algún momento como personas revolucionarias, peligrosas o altaneras porque se atrevieron a poner en duda el pensamiento consensuado de su tiempo.
En lo que se refiere a la verdad, no hay autoridad que sea suficiente. Cuando alguien pretende persuadir que algo es correcto sólo porque posee un puesto administrativo, un currículum universitario, un cargo político o una determinada especialidad, es caer en una tiranía del poder.
La verdad es verdad, porque es verdad. No porque la dice alguien renombrado o con determinados laureles. Como decía Albert Einstein (1879–1955): “El respeto irreflexivo por cualquier autoridad es el mejor enemigo de la verdad”.
Sólo en el contexto de la libertad de pensamiento es posible desarrollar pensamiento crítico.
Todas las dictaduras de la historia, en todas las áreas, en el campo académico, científico, político o social, han pretendido anular el pensamiento crítico porque lo han visto como un atentado a su poder.
Cuesta entender que no es la posición la que hace a una persona. La posición no otorga libertad para ejercer poder arbitrariamente sobre otros. Creerlo es infantil.
Sin embargo, pretender anular la capacidad de análisis crítico para supuestamente mantener el orden establecido o la cadena de poder o la dignidad del cargo, es un atentado en contra de la verdad, y a la larga, todos pierden.
Quienes tienen poder, relativo porque lo da la fama o los puestos políticos o administrativos, cometen un error cuando pretenden que su rol les asigna sabiduría. Eso recuerda la ironía del poeta y novelista norteamericano Stephen Vincent Benét (1898-1943) cuando decía: “Creíamos que, como teníamos poder, teníamos también sabiduría”.
Una cosa no va acompañada necesariamente de otra. Al contrario, la historia demuestra que el poder tiende a quitar sabiduría en vez de proveerla, porque hace de quienes tienen poder personas tendientes a la presunción o individuos que dejan de escuchar a los otros.
El poder es generalmente muy solitario, si no se aprende a compartir y a escuchar, termina siendo fatalmente desequilibrante. Cómo diría la famosa frase de John Acton (1834-1902): “El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente”.
El pensamiento crítico es una salvaguardia contra la corrupción. En muchos aspectos, debería ser visto como el mejor aliado de quienes tienen poderes administrativos, políticos, religiosos o sociales.
En una empresa, organización, religión o país donde se anula la capacidad de pensar por sí mismo, se empobrece el pensamiento.
Disidencia
En el contexto de pensar por sí mismo surge la disidencia. Una capacidad del espíritu humano que es capaz de decir: No estoy de acuerdo.
Giordano Bruno (1548-1600) es recordado en la historia por dar su vida por el derecho a expresar su opinión contraria al status quo imperante.
Alguna vez el dictador de Rusia, Joseph Stalin (1879-1953) dijo: “Las ideas son más poderosas que las armas. Nosotros no dejamos que nuestros enemigos tengan armas, ¿por qué dejaríamos que tuvieran ideas?”. Y tenía razón, los libres pensadores representan un peligro para quienes tienen la tendencia a vivir un proyecto de sociedad sin posibilidad de disidencia.
En realidad, el peligro no es la disidencia, sino la revolución, que es la reacción extrema de quienes han perdido la capacidad de expresarse y llegan a la conclusión de que la única forma de hacerlo es destruir a quienes le impedían dicha posibilidad, sin darse cuenta que por ese camino se llega a la anarquía.
Dudar, examinar críticamente, y luego expresar un desacuerdo no es malo en sí mismo, al contrario, representa un triunfo del espíritu humano que puede expresar con honestidad su perspectiva.
Los seres humanos tenemos vislumbres de verdad, no somos dioses. Sólo en el consenso, cuando somos capaces de mirar las múltiples perspectivas podemos medianamente acercarnos en mayor grado al conocimiento verdadero en cualquier área de la existencia humana.
Cuando alguien sospecha de la disidencia es digno de ser mirado como sospechoso él mismo. En todo aquel que pretende anular la capacidad de discrepar hay un tirano en potencia y un déspota en gestación.
La historia lo demuestra, nada bueno ha sucedido cuando se ha anulado a los que piensan por sí mismos y a quienes quieren expresar su punto de vista.
Ética y disidencia
Lo ético es que nada limite la capacidad de pensar por sí mismo. Es un derecho humano básico el respeto a la conciencia individual y a la capacidad de opinar.
Cuando alguien pretende, por la razón que sea, limitar la capacidad de pensar por sí mismo y el derecho a expresar libremente una opinión, atenta contra la ética misma.
En el ejercicio del poder hay un delicado problema. Gobernar, dirigir o administrar, sin caer en la falacia de anular a quien se atreva a expresar una idea contraria.
La grandeza de los gobernantes o líderes que se recuerda es precisamente porque aprendieron a vivir con personas que expresaban opiniones diferentes y no los trataron como enemigos, sino como aliados.
Porque esa es precisamente la grandeza de la libre opinión, permite ver otras perspectivas y evaluar mejor los caminos a seguir.
