La cibernética, como teoría y práctica de las máquinas inteligentes, junto a la biología moderna, reformularon la realidad desde la perspectiva de la teoría de los organismos y sistemas. Con este espíritu objetivo se transforma el principio de información; este principio transita entre los pensamientos y las cosas, entre el espíritu y la materia.

Máquinas y artefactos son negaciones realmente-existentes de las condiciones que se verifican antes de que se imprimiera la información en el soporte. Según Peter Sloterdijk,“las máquinas inteligentes -como en general los artefactos creados culturalmente- obligan también eventualmente al pensamiento a reconocer en un ámbito más amplio el hecho de que aquí, bastante obviamente, se infunde `espíritu´, o reflexión, o pensamiento, en las colecciones de cosas, donde permanece listo para ser recuperado y eventualmente reelaborado”.

La manipulación genética

Cuando se dice “hay información”, se habla de sistemas, recuerdos, culturas, inteligencia artificial; cuando se dice “hay genes”, se habla del producto de una nueva fase, donde se produce la transferencia del principio de información a la esfera de la naturaleza. En este proceso disminuye la relación sujeto-objeto de la teoría tradicional.

El hombre comienza a manipular algo que no entra en la categoría sujeto-objeto (esta categoría refuerza todo lo sucedido durante la modernidad). La comprensión de esto se hace difícil para los intelectuales que vivieron sumergidos en la antítesis naturaleza-cultura, y se encuentran ocupando una posición reaccionaria. Sloterdijk afirma que estos “dividen a los entes en subjetivos y objetivos, y colocan al alma, el yo y lo humano de un lado, y la cosa, el mecanismo y lo inhumano, en el otro.

La aplicación práctica de esta distinción se llama dominación”. Surge una nueva visión de los objetos culturales y naturales; la materia con información funciona parasubjetivamente. Es la hora de la verdad anti-humanista, que colocará al yo en lo material y lo externo, y pueda perderse allí.

La industria de lo humano

La nueva tecnología (que Sloterdijk denomina homeotecnología, opuesta a la alotecnología caduca) produce una forma de operatividad no-dominante, que no desea nada diferente de lo que las cosas mismas son o pueden llegar a ser de propio acuerdo. Según otros pensadores, con las nuevas tecnologías genéticas se pretende alterar las condiciones elementales que hicieron posible la humanidad, que resulta inconcebible sin el azar de la reproducción.

Héctor Schmucler afirma que la biotecnología, y la industria de lo humano que resulta de ella, intenta ir más allá de cualquier límite. Para este sociólogo argentino, “ya no se trata de otorgarle a la vida una significación previamente establecida, sino de modificar las bases sobre las que la vida se sustenta".

La bioética

A pesar de este tipo de objeciones, Sloterdijk cree que desde el punto de vista ético, la tecnología genética se ve frente a información realmente-existente, lo que determina que avance en el camino de la no-violación de los entes; se caracteriza por la cooperación, no por la dominación. Según Sloterdijk, la clave de esto, es que la aceleración de la inteligencia pueda ser “alcanzada por el problema del mal. El mal, sin embargo, ya no se presenta tanto bajo la forma de una voluntad de esclavizar a entes y seres humanos, sino como el deseo de sacar ventajas sobre los otros en la competencia cognitiva”.

La errancia cognitiva es la denominación de la carrera actual por el genoma y su explotación económica: ejercicio de poder por parte de sujetos sobre materias primas. Si esto es superado, la errancia quedaría reducida, mientras crecería un espacio para la satisfacción y vínculos positivos, siempre y cuando los potenciales de civilización se establecieran por sí mismos.

El ser, el clon, y la cuestión de la reproducción natural

En referencia a la conducta inesperada de los seres humanos a partir de la intervención genética, Schmucler se pregunta si es posible llamar “hombres” a los seres clonados que poseen comportamientos esperables. La industria de lo humando es una sentencia sobre un mundo que no sabría cómo ser sin la conducta inesperada de los seres humanos.

Para los psicólogos Juan J. M. Fariña y Carlos Gutiérrez, “no hay producción de humanos, a menos que la aceptación social de tal práctica encuentre en ese término industrial el nombre que más conviene a sus propósitos. (...) La reproducción, en cambio, es repetición sin mimesis. Hay reproducción de aquello que nunca es idéntico. Volver a reproducir lo reproducido: procrear”. La producción es creacionista, la reproducción es sexuada. La clonación y las técnicas de la biología genética se colocan por fuera del campo del deseo; la producción prescinde del sexo mismo, de lo sexuado de la reproducción.

El clon y la libertad

Según David Le Breton, “la vida ya no comienza solamente en la profundidad del cuerpo humano sino en las probetas de fecundación in vitro, a través del proyecto de un equipo médico y de la voluntad de tener un hijo de una pareja”. El hijo creado está disociado de la sexualidad, de la pareja, del cuerpo de la mujer. El hijo se convierte en cosa, en una mercancía que puede ser instrumentalizada. El ser humano se cosifica. La maternidad pierde su objeto ante el avance y la práctica de la tecnología y ante la imperiosa voluntad.

El placer, como sucedía con la intervención del poder pastoral en la Edad Media, queda escindido del acto reproductivo. El hijo es producto de una operación donde el placer y el acto sexual parecen proscritos. La persona surgida de una intervención genética deberá ser instruida, educada y protegida a través de nuevos parámetros legales; “al producto de la clonación se le ha robado de antemano la libertad, que sólo puede prosperar bajo la protección de la ignorancia. Robar premeditadamente esta libertad a un futuro ser humano es un crimen inexpiable, que no debe ser cometido ni una sola vez”, afirma el pensador Hans Jonas.

El ser humano pierde en este mundo su libertad una vez que ha nacido; el ser clonado perderá su libertad antes de su nacimiento: su vida está predeterminada.

El cuerpo-cadáver fuera de la ley

El filósofo italiano Giorgio Agamben dice que lo específico de un campo de concentración es que su población se encuentra aislada de la ley: es un estado de excepción, donde las garantías constitucionales quedan suspendidas. El espacio político de la modernidad queda marcado con el surgimiento del campo de concentración; el Estado se erige, ante la crisis del sistema político del Estado moderno, como el protector de la vida biológica de la nación. Para ello, el campo es el nuevo regulador oculto de la vida en el orden jurídico.

El orden jurídico sin localización que se presentaba en el estado de excepción, ahora se convierte en una localización sin orden jurídico, donde el campo es un espacio permanente de excepción. Agamben habla de Auschwitz como “fábrica de cadáveres”: ahí no se moría, se producían cadáveres; cadáveres que no habían llegado a serlo por medio de la muerte.

El campo de concentración era el lugar de un experimento en que la moral y la humanidad se pusieron en duda. Al ser clonado parece esperarle el mismo camino, donde la ley queda restringida y la oscuridad es la regla. Si Auschwitz fue una fábrica de cadáveres, los laboratorios, hoy, serían fábricas de cuerpos, en tránsito a convertirse en cadáveres.