En circunstancias normales, a lo largo del primer mes de embarazo, ambos lados de la columna vertebral del feto ya se unen para cubrir la médula espinal, los nervios raquídeos y los tejidos –meninges– que envuelven la médula espinal.

Recibe el nombre de espina bífida cualquier defecto congénito por el cual el cierre de la columna vertebral no se completa. El mielomeningocele es el tipo más común de la enfermedad y se debe a una anomalía del tubo neural que impide que los huesos de la columna se formen completamente, afectando a su vez al conducto raquídeo. Consecuencia de ello, la médula espinal y las meninges protruyen –desplazan la estructura hacia adelante– la espalda del niño.

En la actualidad se desconoce cuál es la causa del mielomeningocele, aunque hay indicios que señalan que los bajos niveles de ácido fólico en la mujer antes y durante el embarazo (sobre todo al comienzo) tiene mucho que ver con la aparición de esta anomalía. También parece que las familias que tienen niños con mielomeningocele corren un mayor riesgo que el resto de la población. Algunas investigaciones apuntan a factores ambientales, como la radiación, mientras otros señalan la presencia de algún tipo de virus, basándose en la mayor incidencia de casos en los niños nacidos a comienzos del invierno.

Por lo que respecta a la prevalencia de esta enfermedad, cabe decir que sufre algunas variaciones según sean las etnias en las que nos fijemos, pero aproximadamente 1 de cada 1.000 bebés nacen con algún defecto en el tubo neural. Existen otros tipos de espina bífida, siendo las más comunes la espina bífida oculta o el meningocele.

Síntomas del mielomeningocele

Es frecuente que los recién nacidos afectados por mielomeningocele presenten una especie de saco que sobresale entre la mitad y la parte baja de la espalda. Otros síntomas habituales son:

  • Falta de sensibilidad parcial o total.
  • Pérdida del control de los esfínteres.
  • Parálisis parcial o total de las piernas.
  • Debilidad en las caderas, las piernas o los pies.
  • Hidrocefalia, que afecta alrededor del 90% de los recién nacidos.
  • Meningitis.
  • Infecciones urinarias.
  • Pelo en la parte posterior de la pelvis.
  • Depresión del área sacra.

Pruebas y diagnóstico para el mielomeningocele

Una prueba que suele efectuarse durante el segundo trimestre del embarazo –entre la semana 16 y 17– y que recibe el nombre de prueba de detección cuádruple, puede diagnosticar esta afección. Lo habitual es que las mujeres con un bebé con espina bífida muestren niveles altos de una proteína llamada alfafetoproteína materna. Esta prueba también sirve para detectar el síndrome de Down y otras enfermedades congénitas. En el caso de que dé positiva, deberá confirmarse el diagnóstico con una ecografía y con la amniocentesis.

Tratamiento del mielomeningocele

Cuando se trata de un defecto muy severo se puede tomar en consideración la posibilidad de abortar. Una vez nacido el bebé se recomienda la cirugía.

En los casos donde exista hidrocefalia puede ser necesaria la colocación de una derivación ventriculoperitoneal, lo que ayudará a drenar el líquido.

La administración de antibióticos también puede ser necesaria tanto para tratar como para prevenir las infecciones. Lo más probable es que la mayoría de los afectados requieran un tratamiento de por vida.

El pronóstico dependerá de la gravedad de la afección, aunque en general puede decirse que con la ayuda de la cirugía y con el tratamiento adecuado, las expectativas de vida no se ven excesivamente afectadas.

El daño neurológico, por otra parte, casi siempre es irreversible. A lo largo de la vida, también, pueden surgir problemas relacionados con la médula espinal, sobre todo durante el crecimiento, como la escoliosis, deformidades del pie o del tobillo, dislocación de cadera, contracturas articulares y otros problemas ortopédicos.

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